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Tiene que llover

Tiene que llover
Karl Ove Knausgard
Traducido por Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo
Anagrama

Título húmedo el que ha utilizado  Karl Ove Knausgard para la quinta entrega de Mi lucha. Y aunque es el menos poético de todos, razón no le falta, porque si deja claro algo en este volumen, el más largo hasta ahora, con 691 págs. en la edición en español, es que la geografía y el clima también le han forjado el carácter.

En Tiene que llover se comienza narrando un viaje de vuelta a casa sin dinero y sin comida, con las hechuras de un  beatnick nórdico que busca con deseperanza su propio On the road.  El escritor noruego relata las andanzas de 1988 a 2002, con la ciudad de Bergen como epicentro, cuando las dudas, el miedo y la frustración del veintañero que fue rezuman como gotas de sangre en la piel.

Knausgard se acerca al estereotipo de escritor atormentado, bebedor y autodestructivo que, en la lucha por encontrar su camino en el mundo de la literatura, se enreda hasta dar de bruces con borracheras que degeneran en violencia, autolesiones y una diversidad de pérdidas de control que el escritor cuenta al detalle.

En Bailando en la oscuridadla cuarta entrega- ya había dado claras señales de su incipiente vocación de escritor. En esta entrega la lucha contra la hoja en blanco se vuelve  tema principal -también en Un hombre enamorado lo fue-, así como sus relaciones de pareja, el azote de su padre, sus miedos más íntimos: ahí están la eyaculación precoz, el complejo de inferioridad subyacente y una baja autoestima punzante y desoladora  a la que combate como puede.

Todas estas cuestiones se abren paso en la novela y crean un microcosmos adictivo, que de pedestre en la realidad, se convierte en  literatura.

El fraseo largo, los párrafos cortos alternados con grandes bloques, junto a los diálogos, le dan una textura, a esta quinta parte de Mi lucha, más que sugerente. Entiendo que el trabajo de los dos traductores para que el todo fluya de esta manera ha sido importante.

Tiene que llover, para mi gusto, no es la mejor de las cinco partes.  Pero es tan necesaria como las otras. Aun así  hay momentos de gran lirismo y aborda las descripciones y los paisajes con gran sensibilidad.

Por otro lado, tiene la elegancia de engarzar con finura cada escena y cada página, a pesar de la voluminosidad. Construye breves ensayos literarios que iluminan el relato de lo cotidiano. Tiene un gran ojo para el detalle, siempre de lo macro a lo micro.

Aunque quizá, lo que convierta a Karl Ove Knausgard en un escritor arriesgado y valiente, son esas páginas en las que ahonda en la complejidad del ser humano, donde no duda en exponerse personalmente, como un cordero abierto en canal. Pero no por la falta  de pudor, sino por la hondura de su apuesta.

Si Michael Leiris hablaba de La literatura  considerada como tauromaquia, donde el escritor es un tipo que en cada párrafo se juega la vida, no hay duda, Karl Ove Knausgard es uno de ellos.

@cercodavid

 

 

 

Bailando en la oscuridad

BailandoenlaOscuridadBailando en la oscuridad – Karl Ove Knausgård – Anagrama

Una de las cosas más difíciles cuando se tienen dieciocho años es mantener a raya la llama que se lleva dentro y no dejarse arrastrar por las quimeras que la caldean.  He ahí la gracia: hay jóvenes que llevan empedrado al pecho un Don Quijote. Es el caso de Karl Ove Knausgård que, una vez más, vuelve a demostrar, con esta cuarta entrega titulada Bailando en la oscuridad, que sobran razones para seguir leyendo esta celebrada sexalogía conocida como Mi lucha.

Primero fue La muerte de padre. El propio título indicaba cómo el cabeza de familia era  central en esta larga e íntima historia. Después, con el hombre de mediana edad como centro, los hijos, la esposa… la familia, en definitiva, y todas las correlaciones de fuerza que ejercen sobre el individuo, el escritor ensambló Un hombre enamorado. El tercer volumen, La isla de la infancia, el noruego nos dio algunas claves para entender algunas cosas de su vida: un padre más que desnortado, una madre débil y ausente y un Knausgård tan llorón que por momentos irritaba. Un niño sensible y ensimismado pilotaba los recuerdos del escritor, e imprimía el ritmo, el estilo y la tensión de ver cómo el lenguaje iba levantando sobre el papel una montaña sólida, una vida. KOK consiguió que la infancia del niño que fue, un periodo difícil para que brille en una biografía, se leyera con el mismo interés que las anteriores entregas.

Ahora llega a las librerías el Knausgård de los dieciocho años, un chico confuso, ardiente, sensible, abierto al mundo pero  tímido y orgulloso. Con este volumen el escritor coloca otra pieza fundamental para entender el puzzle knausgardiano. En esta ocasión, el joven se va a Hagfjord, un pueblo del norte de Noruega donde ejerce de profesor en un colegio. El colegio será en un espacio, más que para enseñar, para aprender. Allí tendrá que lidiar con los alumnos y con los instintos propios. En el pequeño pueblo pesquero de Hagfjord las cosas son diferentes a la ciudad. El amor, las borracheras, las drogas, las adversidades de la vida y los primeros pasos como  escritor se mezclan con un paisaje frondoso, frío, hermoso y cruel, que Knausgård coloca en la narración como otro personaje más.

En Bailando en la oscuridad hay mucho sexo, un sexo iniciático y traumático. También, mucha  música: el lector puede dibujar una banda sonora mientras se adentra en este Combray nórdico y crespuscular. KOK capta la insolencia y las contradicciones de la juventud con acierto. Mira al pasado y trabaja con  el yo, el subjetivismo de la memoria y la temporalidad -a veces un pelín confusa. Es difícil vaticinar si en un futuro  alguien recordará esta narración total, pero en el presente este escritor ensimismado y valiente ha conseguido atrapar, y con razón, a muchos lectores. Entre los que me incluyo. Suerte que quedan dos entregas más.

@cercodavid

 

La isla de la infancia

La_isla_de_la_infancia_COB.inddLa primera vez que vi en la mesa de novedades de La Buena Vida el primer tomo de Mi lucha del escritor noruego Karl Ove Knausgard, La muerte del padre (Anagrama, 2012), me llamaron la atención dos cosas. La primera fue la foto amarillenta de la cubierta en la que un niño aparecía junto a un adulto sobre una piedra a los pies de un lago. La segunda, el nombre impronunciable del autor. Nada indicaba que el voluminoso libro fuera a acabar entre mis manos. Tres años después, he leído los tres tomos en el orden que el autor ha decidido y espero con ganas el cuarto volumen de la sexalogía.

El día exacto que me cambió el chip y decidí entrar en el universo Knausgard, no lo recuerdo, pero sé que ocurrió después de leer tantas críticas positivas, que reconocí que estábamos frente al último gran fenómeno literario. Se publicitan tantos libros de manera exagerada, y hay tan pocos que merezcan de verdad la pena. Otra cosa es si dentro de 50 años el escritor noruego será materia de estudio en las universidades, igual que hoy lo es Marcel Proust, uno de los escritores más recurrentes cuando se habla del autor de Un hombre enamorado (Anagrama, 2013).

En esta tercera entrega Knausgard rompe definitivamente con la cronología habitual y se despacha con 500 páginas. En ellas narra la infancia, ese periodo  tan especial y enigmático. En las anteriores entregas ya escribió sobre la adolescencia y la madurez -matrimonios, paternidad y las dificultades de conciliar esa realidad con la escritura-. En general, el tono y su capacidad narrativa son tan envolventes que en su país llegaron a decretar el día No-Knausgard, en el que estaba prohibido hablar de todo lo que estuviera relacionado con los libros y con el escritor.  En España no se ha llegado a tanto. Aunque sí he notado entre los lectores cierto enfebrecimiento en la lectura de esta autobiografía novelada.

“Un templado y nublado día del mes de agosto de 1969, un autobús por una estrecha carretera del extremo de una isla de la costa de Noruega, entre jardines y peñascos, prados y bosquecillos, subiendo y bajando pequeñas cuestas, doblando cerradas curvas, unas veces con árboles a ambos lados, como en un túnel, y otras pegada al mar”.  Así arranca La isla de la infancia donde el noruego cuenta su vida en la isla de Tramoya, cuando apenas era un bebé de ocho meses. En la narración el lector irá rellenando  huecos y entenderá cómo se formó el carácter del joven Karl,  junto a una madre, que  parece ausente, y un padre severo con un claro perfil de maltratador. En esta tercera entrega, el lector se acerca al niño plañidero y llorón, más tarde erigido en un rebelde que acaba convirtiéndose en un gran lector.

Este hombre de ojos ajados por un azul puro, con un busto como si éste hubiera salido de un buen peñasco – las mujeres que además de buenas lectoras no han pasado por alto el físico del escritor con halo de vikingo-,  rebusca en la memoria y muestra, con la mirada de un niño que sabe qué contar, un periodo de tiempo fundamental en la vida de cualquiera. Si las infancias siempre me parecieron definitorias en la formación de las personas aunque muy aburridas, Knausgard consigue encontrar el tono adecuado y convertir esos años en una narración trepidante y compleja, donde ficción y realidad, experiencias primigenias y de formación, se ensamblan en un texto verdadero, transformando, una vez más, la materia prima de la vida en una gran obra literaria.

@cercodavid

Un hombre enamorado

Club de LecturaUn hombre enamorado
Karl Ove Knausgard – Anagrama 2014
Acababa de terminar de leer hacía unos días la última entrega de Karl Ove Knausgard, ‘Un hombre enamorado‘, cuando un cliente se interesó en La Buena Vida por su obra. Tenía cierto temor de embarcarse en una lectura de tanta extensión y quedarse a medias. Son tan diferentes a nosotros, me dijo, en referencia a los escandinavos. Al parecer, el señor había estado viviendo durante algunos años en el norte de Europa y conocía la sociedad y el caracter de los noruegos. Me sorprendió el comentario, porque al margen de las temperaturas bajas y los paisajes níveos descritos por el escritor, no había sentido en  ningún momento que Knausgard contara nada ajeno a aquello que pueda sentir o vivir un occidental medio: la paternidad, el matrimonio y los conflictos que en éste se generan, los deseos, la frustración, la lucha -del artista- por sacar adelante el trabajo…Todo ello contado de una manera accesible, alcanzando momentos de auténtica belleza.
El señor era muy educado y tenía un acento sudamericano que yo identifiqué con argentino. Entonces le mostré la parte en la que Knausgard fantasea con irse a ese país, a través de google earth, como si ese pedazo del cono sur fuera un espacio perfecto para la literatura. Además, recuerdo comentar que el título provisional de la novela era ‘Argentina’. También le conté el momento en el que el escritor proyecta hacer una escapada de fin de semana a Barcelona para ver al Barca, ya que es un gran aficionado al fútbol. No sé qué es exactamente aquello que lo convenció, pero  al final decidió leer Un hombre enamorado y, también, La muerte del padre, la primera parte de los 6 volúmenes de los que consta Mi lucha.
Y es que Knausgard ha escrito una novela de aprendizaje, donde además de contarte sus rutinas, relata el proceso de maduración que vive a lo largo de su vida. “Pretendía descubrir cómo me había convertido en esa persona, cómo se construye una identidad. Ha sido una investigación existencial.”, comenta el escritor en una entrevista. Y es ahí cuando salta el resorte de la memoria -con sus manipulaciones y sus certezas, con sus confusiones y sus trampas- para dar forma al pasado y poder vivir a través del arte, de la mejor manera, el presente.  A partir de la literaturas del yo, las memorias, la autobiografía o la autoficción, el autor ha conseguido aunar la poético con lo banal de la existencia, con la intimidad, con el tedio, con el nacimiento y crianza de los hijos, con la muerte. Recuerdo cuando salía el señor de La Buena Vida con sus libros. Se volvió en un gesto rápido e inesperado para entregarme una tarjeta de visita. Cuando leí lo que ponía en ella y levanté los ojos, el señor ya había salido. Me dió la sensación que lo había hecho a conciencia. En la tarjeta rezaba: Embajada de Uruguay.

David García