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Drogadictos

Drogadictos
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La mesura no es la característica principal de los adictos a las drogas. Aunque demonizarlas es tan  alarmante como ponerlas en un pedestal. Aun así, en el uso, y no el en abuso, en educar, en informar, en poner los medios adecuados, está el equilibrio.

Lo explica muy bien Antonio Escohotado en Historia general de las drogas: la misma soga que sirve al escalador para coronar la montaña le sirve al suicida para ahorcarse, concederle el mérito de lo uno o echarle las culpas de lo otro a la soga es una insensatez.

De esta misma cita echa mano Juan Bonilla en uno de los 12 cuentos de los que consta este volumen que hace de la adición a las drogas su piedra angular. El escritor y poeta gaditano cuenta su experiencia con el MDMA en lo que parece un relato biográfico. El viaje -en la jerga- lo hace  mientras trabaja en Barcelona  para la mítica publicación Ajoblanco, dirigida por Pepe Ribas. El cuento se titula Entre dos aguas, para mi gusto uno de los relatos más conseguidos. El personaje de Bonilla encarna al que busca en las drogas la experiencia de lo nuevo, el placer, pero también el conocimiento. El miedo y la angustia a verse embarcado en un mal viaje lo lleva a ambrazarse en una experiencia grupal, guía incluído.

Aunque no todas las adicciones que  Drogadictos muestra están tan planeadas e intelectualizadas. En el caso de Carlos Velázquez, el autor de la Biblia Vaquera narra su idilio con la cocaína peruana, una de las mejores del mundo, según explica. Vibra el cuento en el empeño de mostrar la peripatética imagen del escritor -el cuento también está teñido de aparentes toques biográficos- fuera de sí. Velázquez derrama gracia y desparpajo, mientras sus vida se consume por la nariz.

Peor suerte corre el personaje de Richard Parra, destrozado física y mentalmente por los abusos de base. No es el caso de Irazoki, el poeta navarro escribe  con brevedad el placer familiar del cultivo y consumo de tabaco.

Lara Moreno cuenta el idilio con el opio con una niña cuando se instala junto a su novio en un edificio del extrarradio. O la arqueóloga que Marta Sanz pone en relación con el orfidal. Estas  son algunas de las narraciones que conforman este viacrucis de las adicciones.

Cierra este volumen un cuento de José Ovejero. El autor de La invención del amor (Alfaguara, 2013) deja a un lado las sustancias y  cuenta su experiencia con su insaciable necesidad de tener sexo. Ficción o no ficción, la droga sigue siendo un tema literario. De Baudelaire a Valle-Inclán pasando por Huxley y la Generación Beat se ha escrito sobre cómo el hombre ha buscado extraños caminos de evasión al que ahora se suman este puñado de historias.

@cercodavid

La banda de la tenaza

La banda de la tenaza
Edward Abbey – Berenice

El barbas y yo lo llevábamos pensando mucho tiempo. Esta ciudad, este país, nos estaba agobiando, ya no había sitio para la belleza. Un día, en la barra de la librería , lo comentamos entre cervezas con una clienta, muy lectora, y con una pareja de abogados forrados vecinos. Casi sin acordar nada, teníamos un plan. No podíamos seguir dejando que nuestras calles fueran conquistadas únicamente por grandes cadenas de ropa “made in china”, que las mejores esquinas las ocuparan las tiendas de llaveros y bufandas de la selección de fútbol; que echaran a nuestros mejores restaurantes, agobiados con los alquileres, para implantar sus cadenas o locales sin cocina donde solo se emplataba la comida traída en latas o bandejas industriales… Habían quitado los árboles de nuestras plazas, y los bancos cómodos de madera, los había puesto en los cruces de las corrientes de aire o bajo el sol abrasante de Madrid. Todos estábamos de acuerdo, y el 15M no nos valía de nada. Decidimos pasar a la acción.

Financiados por nuestros generosos amigos abogados, aburridos de defender a todos los pederastas y estafadores de guante blanco, pasamos a la acción. En la primera semana, no quedaba un solo cajero automático funcionando en 1 km a la redonda; todos los parquímetros estaban fuera de uso porque les habíamos inyectado un efectivo líquido abrasante y, el barbas y nuestra clienta, con monos de trabajo del ayuntamiento, habían colocado bancos preciosos y macetas con arbustos en todos los rincones de las plazas, en cada calle ancha.

No tardaron en pillarnos, sobre todo porque mi mujer se dio la vuelta en la cama y me caí al suelo, pensando que estaba descendiendo de algún tejado bajo para una nueva acción guerrillera. El golpe me recordó que lo que estaba leyendo era La banda de la tenaza, con las maravillosas ilustraciones de Robert Crumb. Era el libro perfecto para tiempos irritados, para calmar las ganas de dejar a un lado la paciencia, para disfrutar como de una vieja película del oeste y, entre risas y acción, había soñado, había soñado… El recuerdo de los hippies ’70.