Archivo de la etiqueta: Francisco Javier Irazoki

Drogadictos

Drogadictos
VVAA
Demipage

La mesura no es la característica principal de los adictos a las drogas. Aunque demonizarlas es tan  alarmante como ponerlas en un pedestal. Aun así, en el uso, y no el en abuso, en educar, en informar, en poner los medios adecuados, está el equilibrio.

Lo explica muy bien Antonio Escohotado en Historia general de las drogas: la misma soga que sirve al escalador para coronar la montaña le sirve al suicida para ahorcarse, concederle el mérito de lo uno o echarle las culpas de lo otro a la soga es una insensatez.

De esta misma cita echa mano Juan Bonilla en uno de los 12 cuentos de los que consta este volumen que hace de la adición a las drogas su piedra angular. El escritor y poeta gaditano cuenta su experiencia con el MDMA en lo que parece un relato biográfico. El viaje -en la jerga- lo hace  mientras trabaja en Barcelona  para la mítica publicación Ajoblanco, dirigida por Pepe Ribas. El cuento se titula Entre dos aguas, para mi gusto uno de los relatos más conseguidos. El personaje de Bonilla encarna al que busca en las drogas la experiencia de lo nuevo, el placer, pero también el conocimiento. El miedo y la angustia a verse embarcado en un mal viaje lo lleva a ambrazarse en una experiencia grupal, guía incluído.

Aunque no todas las adicciones que  Drogadictos muestra están tan planeadas e intelectualizadas. En el caso de Carlos Velázquez, el autor de la Biblia Vaquera narra su idilio con la cocaína peruana, una de las mejores del mundo, según explica. Vibra el cuento en el empeño de mostrar la peripatética imagen del escritor -el cuento también está teñido de aparentes toques biográficos- fuera de sí. Velázquez derrama gracia y desparpajo, mientras sus vida se consume por la nariz.

Peor suerte corre el personaje de Richard Parra, destrozado física y mentalmente por los abusos de base. No es el caso de Irazoki, el poeta navarro escribe  con brevedad el placer familiar del cultivo y consumo de tabaco.

Lara Moreno cuenta el idilio con el opio con una niña cuando se instala junto a su novio en un edificio del extrarradio. O la arqueóloga que Marta Sanz pone en relación con el orfidal. Estas  son algunas de las narraciones que conforman este viacrucis de las adicciones.

Cierra este volumen un cuento de José Ovejero. El autor de La invención del amor (Alfaguara, 2013) deja a un lado las sustancias y  cuenta su experiencia con su insaciable necesidad de tener sexo. Ficción o no ficción, la droga sigue siendo un tema literario. De Baudelaire a Valle-Inclán pasando por Huxley y la Generación Beat se ha escrito sobre cómo el hombre ha buscado extraños caminos de evasión al que ahora se suman este puñado de historias.

@cercodavid

Orquesta de desaparecidos

orquesta_irazoki_webOrquesta de desaparecidos – Francisco Javier Irazoki – Hiperión

La prosa poética de Francisco Javier Irazoki (Lesaka, 1954) conduce al lector a lugares poco habituales, con una sutileza y unos giros que hace que todo lo que toca parezca nuevo, un espacio abierto donde el universo que se nos presenta está por descubrir. No puedo dejar de imaginar a este poeta en una pequeña habitación parisiense, bajo el espacio diáfano de una claraboya dejándose empapar por la  luz y las palabras que alumbran las luciérnagas de sus ensueños.  Algo así  sugiere Portal 2 , un texto que habla sobre el trabajo, la escritura, el tiempo y el hogar. Pero esto es sólo un  ejemplo de tantos que se podrían extraer de Orquesta de desaparecidos, una reunión de textos que el escritor navarro ha ido agavillando entre el 2007 y el 2014. Bajo esta armonía de anhelos y necesidades, el polifacético escritor ya había entregado Los Hombres intermitentes (Hiperión, 2006).

En esta orquesta con vocación de fiesta surrealista, pero apacible -Irazoki formó parte del grupo de escritores surrealistas CLOC, junto a su amigo Fernando Aramburu- , el autor de Retrato de un hilo (Hiperión, 2013) hace camino, puebla las realidades inmediatas o lejanas, y se embriaga con palabras como «tundra» o «estepa». El poemario es un viaje que recupera los años de la adolescencia, moja y arranca la hierba de los espejos de la infancia, acaricia recuerdos de su padre, y se sienta, si es menester, junto a Leopoldo María Panero, al que prefería sin disfraces porque así «regresaba el poeta verdadero».

Suenan muchos instrumentos en la voz poética de Irazoki. Quizá tengo algo que ver en esto que fue periodista musical y que estudió Armonía, Composición e Historia de la Música. Se cuelan en sus líneas Monk, Holiday, Parker o Mozart, al mismo nivel que lo hacen su amigo Pinilla o la poeta rusa Ajmátova.  La sencillez convive con la profundidad, en esta sucesión de textos que podrían ser, por momentos, columnas exquisitas para publicar en un periódico valiente, otras veces un relato breve o un apunte que es atrapado como se atrapa con  cazamariposa a las musas.   Otras, en cambio,  respiran con la fuerza del poema. En todo caso, siempre colea el nervio de lo lírico.

La voz de Irazoki es uniforme y viva, la de un hombre que mira a fondo y con intensidad, haciendo de la poesía algo más que un mero ornamento. Vida, memoria, experiencia son las fuentes de las que se nutre esta música. Me contaba una amiga  que Aramburu decía sobre su amigo Irazoki que nunca un apellido había sido tan mal puesto. “Le sobra la mitad. De ira nada, sólo zoki”. Seguramente no le falte razón. De la lectura de esta  Orquesta de desaparecidos  el lector puede intuir que detrás hay un hombre que dirige con mesura y talento los intrumentos, sólo hay que acercarse al último poema titulado Testamento: «Me gustaría que sobre mi muerte se plantara el árbol de la discreción».  Pues eso: Ira-Zoki.

@cercodavid