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Tierra de campos

Tierra de campos
David Trueba
Anagrama

Hay dos tipos obvios de reseñas sobre novelas (positivas y negativas), pero uno diría que debería existir un tercer tipo de reseña: para las novelas que cuentan historias que importan. Sobre la gente que importa. Sin necesidad de defenderlo así, ni de reivindicarlo. Simplemente en un recorrido por el tiempo que sucede dentro de un viaje por Castilla, y que adquiere tintes de retrato generacional.

Hay algo muy especial en esas novelas, que solo de tarde en tarde nos caen en las manos, en las que los personajes nos parece que podrían haber formado parte de nuestro círculo de amigos. Y nos hacen caer en la cuenta de que, más allá de nuestra etiquetado social (y por lejos que estemos de la vida de un guitarrista de rock), a la gente nos van pasando y nos van concerniendo las mismas cosas (aunque siempre de una manera diferente, por eso sigue habiendo novelas, y buenas conversaciones, y encuentros).

Gus, Dani, Animal… es inevitable encabezar con Gus, el recuerdo de los amigos que forman el grupo musical, Gus, ese chaval deslumbrado por el éxito y la posibilidad súbita de reinventarse frente, a la marginación del pasado, en un personaje irresistible que arrasa con todo por un mundo donde todo vale. Dani Mosca, el centro de gravedad de este relato generacional, es un tipo que toca y toca la guitarra y sigue tocando sin angustias creativas y a la vez sin tregua, alguien que va escribiendo la novela, en primera persona, pero a menudo contándonos las historias de otros, de sus amigos, de sus padres, de las chicas que quiso, de las cosas que le pasaban a la gente en medio de un país que, como se dice en algún lado, transitó de la dictadura franquista a la dictadura del éxito económico sin demasiado avance moral, con las consecuencias conocidas. En cuanto a Animal, al que su apodo ya define, es el tercer amigo imprescindible para el equilibrio, el especialista en eliminar falsas trascendencias con un comentario zafio, pero certero.

Mención especial merece el padre de Dani, representante emblemático de una generación que mantenía el empeño de llamar a las cosas por su nombre (“procura no trabajar para ricos, nunca van a apreciar tu trabajo porque ellos no saben lo que es”) y que nunca ha perdido el instinto de vivir pegado a la tierra y de charlar con los vecinos en la calle.

La prosa de la novela remite al pulso rebelde de ese chaval de barrio que no olvida sus fuentes por el éxito y que renuncia a adquirir los códigos más estilizados de cierta pose intelectual; tiene un punto de generación beat. Es la prosa de una literatura real, sin preciosismos ni moralejas sentimentales, la que escribe un tipo a los cuarenta y tantos años para repasar el tiempo sin más, sin un porqué; una prosa que no mitifica ningún recuerdo ni se deleita en sí misma y que no obstante logra que nos leamos cuatrocientas páginas en una semana, a pesar de un sinfín de ocupaciones.

En las páginas finales, asoman dos reflexiones que iluminan la novela y le dan una cierta trascendencia, una profundidad de la que el autor parecía haber huido hasta ese momento. No puede adelantarse aquí mucho más, para el que aún no haya leído hasta ahí. Solo que uno siente que esas páginas finales podrían llevarnos a un tiempo de más verdad.

Sí vale la pena repetir ese agradecimiento a las novelas que nos llevan por las vidas de la gente que importa, que no es noticia pero que hace importantes las vidas de quienes tienen cerca. Un amigo en el momento adecuado, nuestros padres, los libreros de La Buena Vida… personas humanamente extraordinarias que se empeñan en parecer normales, como seguramente le pase también al autor (lo que distingue además a David Trueba, entre otras cosas, con perdón, es que sabe contar historias de puta madre).

Emilio T.

Contra el tiempo. Filosofía práctica del instante

Contra el tiempo. Filosofía práctica del instante

Luciano Concheiro – Anagrama

Finalista Premio Anagrama de Ensayo 2016

El capitalismo trinfó cuando se hizo con el control de las manillas del reloj. Se dedicó a acelerar su marcha, poner en todas las bocas el rendimiento y hacer que el dinero creciera más rápido. La revolución industrial es, en suma, la búsqueda de la aceleración del tiempo para transformar más materia en más dinero. Y desde esa conquista era fácil llegar a otros territorios, como la comunicación: el capital es hoy una fuerza que no quiere hacernos consumir más y más gratuitamente, sino que se ha resemantizado, es la forma que tenemos de comunicarnos, de dar voz a nuestro lugar en el mundo.

Concheiro, con tan solo 24 años, abre el engranaje del sistema, analiza su historia desde el siglo XIX hasta nuestros días y observa cómo afecta la aceleración de la maquinaria a la vida humana, cómo le roba el aire y las seguridades. Este joven mexicano traza un discurso sobre la época que nos toca vivir, en la línea de Byung-Chul Han o Gilles Lipovetsky, para conseguir sintentizar el diagnóstico y el tratamiento más acertado para el mal de la época. Concheiro entiende la filosofía como una forma de encontrar el buen vivir, ese que nos limpie las gafas de la vida para poder cambiar la visión de un mundo que, ni económica ni estéticamente, podemos transformar.

Ese cambio en la visión del mundo es la salida que plantea el mundo, la filosofía del instante. Solo en los tiempos que no corren, pero que significan, se puede encontrar la tangente del sistema. Contra el tiempo no es un libro revolucionario, sino un manual para jugar al escondite, para escaparse de las reglas aceleradas. Cuando se hace de noche, La Buena Vida se convierte en un refugio perfecto, un lugar donde los instantes se hacen lectura y ahí se resiste, se huye y se rehace el tiempo, y Contra el tiempo ayuda a plantear una nueva posición estética, como al incluir las fotografías de Gabriel Orozco, momentos que están a punto de difuminarse pero en los que queda un destello de algo inacabable.

Pilar Torres

La Triunfante

Processed with VSCO with 6 presetLa Triunfante – Teresa Cremisi – Anagrama – Traducción de Jordi Terré

Las doce y media. Rápido ha pasado el tiempo
desde las nueve en que encendí la lámpara
y me senté aquí. Sentado sin leer,
y sin hablar. Con quién hablar
tan solo como estoy en esta casa.

 
Los destellos del Mediterráneo son el espejo donde se han mirado todo tipo de historias. Desde Homero, que miraba el azur y contaba naves y pueblos, las vidas en tránsito constante, los comerciantes y viajeros que veían desde lejos los brillos de Oriente, han creado amarres cuando aparecía la tierra. De alguna manera todos los puertos del Mediterráneo se tocan, hablan el idioma de un agua donde las batallas llenaban la espuma de sangre y los aromas se mezclaban de una bodega a otra.
La Triunfante del título es uno de esos barcos que desplegaba las velas más allá de las paredes de rocas. Confunde, porque su deriva elegante no pertenece a los grandes hechos de la historia, ni aparece en películas y grandes museos. Como la narradora de esta novela, su triunfo se pierde en el horizonte, sin más huellas que las que deja en el recuerdo.
La primera novela de Teresa Cremisi, importante editora de las francesas Gallimard y Flamillion, toma esos reflejos del Mediterráneo para hablar  de sus recuerdos sin traicionar nunca a la elegancia. Están los ambientes que construyen su vida, la infancia en Alejandría cuando las orillas del mar se mezclaban de un extremo a otro, con pasaportes falsificados. Está la llegada a Italia y el caos, donde el conde Mosca de La cartuja de Parma es la voz de la conciencia para sobrevivir lejos del mar. Están el éxito, los vértigos, la huida y el cansancio. París y la felicidad, tan efímera que solo la descubres cuando se ha desvanecido. Y, al fin, una retirada en la calma amalfitana, con la frescura de la juventud en la mirada pero con toda la historia ya contada.
En La Triunfante el éxito no sabe a victoria, sino siempre a incomodidad y sorpresa. Es una novela sobre el trabajo, que se aleja de muchas expectativas pero que enseña a caminar en otros paseos. Sobre la familia, los secretos que guarda y cómo la admiración y el misterio de la infancia tiñen toda la vida. Sobre el amor que se toma con calma, sin mareas. Un libro que se sienta, como el poema de Cavafis, a dejar que deambule la mirada por las aristas de la vida y que, sin grandes rimbombancias, traza una travesía de Oriente a Occidente, de la infancia a la desubicación adulta sin perder la sorpresa en la mirada. Desde La Buena Vida no puede verse el mar, pero siempre quedan libros llenos de sal entre las guardas.
Pilar Torres

Musa

labuenavidalee_musaMusa – Jonathan Galassi – Anagrama – Traducción Jaime Zulaika

Jonathan Galassi (Seatlle, 1949) conoce el sector editorial desde dentro. Comenzó en Houghton Mifflin, ha trabajado en  Random House. Y actualmente dirige y preside Farrar, Straus and Giroux, por la que han pasado autores como Pablo Neruda, Susan Sontag, Jonathan Franzen, Jeffrey Eugenides o Tom WolfeMusa es, precisamante, una ficción inspirada por esa larga trayectoria: un viaje por las tripas del mundo editorial neoyorquino, donde la intelectualidad y glamur maridan con las  las mediocridades que compartimos todos los seres humanos.

El protagonista de esta magnífica novela es Paul Dukach, un tipo que trabaja para una editorial independiente. Entre el éxito y él se interponen su jefe, Homer Stern, y Sterling Wainwright, un editor de la competencia que tiene la suerte de tener en su filas a la gran poeta del momento: Ida Perkins. Una mujer fascinante que ha encandilado al público y a la crítica desde que publicara su primer poemario Virgin Again. La obra y la agitada e interesante vida de Perkins van a ser uno de las líneas argumentales sobre las que se sostiene la novela.

En Musa entran y salen muchos personajes arquetípicos que  dan al lector una idea de cómo funciona el sector editorial y de qué tipo de fauna se nutre lo que suele denominarse el mundillo literario. A punto de desfallecer la novela, irrumpe para salvarla uno de los  gran acontecimiento: la Feria de Frankfurt, donde agentes y editores sacan el rifle como los cazadores de safari. Algunos viven a cuerpo de rey, otros, en cambio, regresan de la caza magullados. Negocio, egos, talento. Algo parecido a aquel libro de  Juan Cruz titulado Egos revueltos.

La mirada de Gallasi es perspicaz, a veces incisiva. Con el escalpelo  afilado por la sátira, este editor atraviesa diferentes épocas hasta llegar al mundo contemporáneo. Aquí, en el presente, el autor plantea algunas de los tics, miedos y prejuicios que vive el sector editorial, y el modelo de negocio, con el complicado salto, o descalabro, a lo digital. Musa no es sólo una primera novela divertida, es, además, un libro escrito desde el amor a los libros y a la literatura.

@cercodavid

 

De la ligereza

De la ligereza

Gilles Lipovetski – Anagrama

Cada tiempo tiene un aroma que marca cada uno de sus gestos. Gilles Lipovetski, que el año pasado ya nos trajo a La Buena Vida un ensayo gigantesco sobre la moda y la estética como las marcas de nuestros días, fabrica en De la ligereza la mezcla de todas las esencias: las industrias modernas, la cultura, la moda, el arte, el amor o la política van sedimentándose entre sus páginas para exaltar la legitimidad de lo ligero y desenmascarar el uso perverso que se hace hoy en día de esta necesidad antropológica.

Desde la Grecia clásica, la ligereza es el camino por el que acceder al placer de existir, el vehículo con el que podemos estar en el mundo como lo hacen los dioses. Su máxima expresión es la alegría, ese viento que se siente cuando, como decía Spinoza, nuestra fuerza vital está en su apogeo. Hasta la risa, el gesto más puro de felicidad, se transforma hoy en día en otra máscara y pierde su naturaleza comunicativa: ya no es esa forma de acabar con la distancia que nos separa del otro que describía Bergson, sino que cada vez se ríe menos y sin escándalo. La felicidad se ha acabado convirtiendo en un objetivo imposible de satisfacer, provocando que la vida se cargue con el peso de la decepción, porque nunca es lo suficiente ligera, ni divertida, ni móvil.

Este ideal del buen vivir que es la ligereza, con el que curar el peso de la vida, se convierte en una máscara bajo la sombra del capitalismo. Es una utopía light basada en lo frívolo, el cambio continuo y la inconstancia y, así, el poder económico utiliza esta necesidad antropológica de tomar aire para conquistar el terreno de la ética. Impone una ética de la satisfacción inmediata que genera una cultura del entretenimiento no ya basada en la búsqueda del sentido y el conocimiento, sino en la evasión, el ocio y el derecho a la despreocupación. La memoria pierde su valor para dárselo al espectáculo, a la moda que seduce por su apariencia, provocando que el placer ya no sea una búsqueda intelectual sino de consumo. Ver más, escuchar más, disfrutar más antes que adentrarse en la oscuridad y ver mejor y explorar los detalles, porque esta ligereza superficial se convierte en asesina de lo sublime.

Lo ligero es el dictador de la estética de la sociedad, es la marca de su apariencia. La belleza, el cuerpo, los objetos, el arte, la política o el amor se consagran a la sencillez de sus formas, pero bajo esta capa de maquillaje crece el peso de los recursos energéticos, de la dictadura del físico, de la sospecha y la vigiliancia como medio de supervivencia. Lipovetski pasea por todos los temas claves que nos construyen como humanos modernos y los hace girar para encontrar sus caras positivas y los puntos de vacío porque, como todo, la vida siempre mejora arrastrando el humo que extienden el terror y el vacío.
Pilar Torres

El amor del revés

labuenavidaleeelamordelrevesEl amor del revés – Luisgé Martín – Anagrama

En varias ocasiones el autor de este libro autobiográfico menciona a Lea Vélez y su teoría sobre las sesenta escenas con las que se debería poder narrar la vida de una persona. No las he contado, por lo que desconozco si Luisgé Martín ha seguido a rajatabla la propuestas de la escritora madrileña. Si algo queda claro es que El amor del revés es un libro valiente, sentimental, literario y vital donde las escenas se encadenan unas con otras con la identidad y la homosexualidad como epicentro.

El escritor madrileño comparte la obstinación autobiográfica de Michel Leiris y su Edad del hombre, a la cual hace mención: “Para lograr esa plenitud vital literaria, el escritor debe comportarse como se comporta el torero ante el toro: arriesgando su vida, exponiéndose a la cornada, corriendo el riesgo de que el lector encuentre en él lo vergonzoso o lo infame”.  Y eso es lo que hace Martín, se toma al pie de la letra las palabras de Leiris y airea su vida personal, narra anhelos, miedos, complejos, derrotas, aciertos, intimidades, noviazgos, chismes, orgasmos y sodomías.

Es posible que contar las gamberradas de un homosexual español de clase media acomodada que vivió en los años los ochenta y los noventa a todo trapo en Madrid no sea algo nuevo. Pero en Literatura el cómo siempre ha sido más importante que el qué. Y es por eso que esta autobiografía sentimental -así la definen- se lee casi de un tirón. Si Luisgé entra en un tugurio de Chueca o si se relaciona con jovencitos a través de anuncios o si se inicia sexualmente en los sórdidos urinarios públicos es algo anecdótico. La profunidad de su experiencia y la forma  de transmitirla  la convierte inmediatamente en literatura.  Si para el autor es liberador y catártico, para el lector, El amor del revés es un libro que muestra los titubeos, las inseguridades y los conflictos del ser humano.

La honestidad es la clave de este libro. Eso no quiere decir que la ficción no corra libre por sus páginas, y que todo se haya escrito tal y como fue.  En la literatura del yo, tan importante es la  imaginación como la memoria. Martín se recrea en su propia experiencia y reflexiona sobre su pasado. No es benevolente consigo mismo, todo lo contrario. Entomólogo de sus sentimientos, busca los porqués e indaga en ellos en un conmovedor ejercicio introspectivo.

@cercodavid

Oona y Salinger

Oona y Salinger
Frédéric Beigbeder – Anagrama

El misterio que crea el silencio sobre la historia de los escritores es un manto que muchas veces cubre toda su obra. Los libros de Salinger se han editado desde el primer ejemplar sin sinopsis, con las cubiertas más sencillas posibles y sin ninguna pista mercadotécnica que marque la lectura. Son unos cantos chocan contra el agua de la lectura, donde crean melodías inesperadas, roban el aliento y dibujan una sonrisa triste llena de comprensión.

A Salinger se le reconoce en tres fotos: una de militar, otra con la típica pose del escritor envuelto en humo y una en la que intenta destruir el objetivo que inmortaliza su desaparición. Este encierro en vida, entre los árboles de un bosque de Cornish, es una de esas luchas silenciosas contra el mundo y su reconocimeinto que solo sirven para crecer la expectación.

La reconstrucción del silencio de este escritor empezó en Salinger, de David Shields y Shane Salerno, un monumental intento de biografiar un hombre que se esforzó por no dejar huellas. En este libro se mezclan las pocas entrevistas que dió, las palabras de quienes lo conocieron o la reconstrucción más bien ficcional de estos dos autores para crear un mapa de ecos donde se proyectan las sombras de Salinger, sin usar en ningún momento la luz frontal.

En Oona y Salinger Beigbeder sigue este ejemplo de reconstrucción histórica pero le suma unas cucharadas más de ficción. El resultado tras un horneado largo es una facción, donde la sucesión de los hechos es histórica pero a la que se le suman palabras, diálogos, cartas, pensamientos y lamentos creados por el escritor francés. Una especie de reconstrucción de un fan para una historia misteriosa, en la que el amor duró un suspiro pero que dejó su huella durante bastante tiempo.

Aunque la historia de amor entre el autor de El guardián entre el centeno y la futura mujer de Chaplin no encuentra muchas veces las palabras ni las fórmulas creíbles (rozando muchas veces el carril de lo cursi), Beigbeder sí que consigue recrear el clima que vivían los soldados mientras liberaban poco a poco Europa. Este Salinger ve cómo la playa de Normandía tiene más sangre que sal, se emborracha con Hemingway en medio de la felicidad de la liberación parisina y sus pesadillas se llenan del horror de encontrar los campos de concentración nazis.

Oona y Salinger es un disfraz para que Beigbeder consiga encontrarse con su ídolo, un Salinger que jamás le habría abierto la puerta de su guarida. La fascinación de decir no a la vida y dejar que pasen los años sobre sus palabras sin ninguna novedad en el frente, con una vida en la que el francés se ve reflejado (como Salinger, Beigbeder afronta los 50 al lado de una mujer mucho más joven que él), es lo que le empuja a actuar y rehacer lo que Salinger, como las cubiertas de sus libros, prefirió dejar en blanco.

Pilar Torres

Pétronille

pétronillePétronille
Amélie Nothomb – Anagrama

Nueva entrega de Amélie Nothomb, una de las escritoras en lengua francesa más populares, y ya van más de 15 en Anagrama. Tras ‘La nostalgia feliz‘ en la que viajábamos con la autora de vuelta a Japón, después de muchos años alejada de su país de nacimiento, ahora vuelve para brindar con champán y nos propone una continua celebración, porque siempre encuentra algo que celebrar, o mejor, algo por lo que beber.

Pétronille, que da título al libro, es el nombre de una admiradora que acabará convirtiéndose en compañera de ebrios momentos, siempre provocados por un buena botella de champán. Una joven extraña, con el mismo humor que Nothomb, capaz de seguirle el ritmo de la conversación y de la vida. Al menos a temporadas, porque ambas rivalizan en situaciones extravagantes. A las rarezas a las que ya nos tiene acostumbrados Nothomb, hay que sumarle aquí las de Pétronille. Como si de una lucha encubierta se tratase (o no tan encubierta), cuando no es la autora es este personaje el que provoca esas situaciones poco comunes.

En ‘Pétronille’ encontramos el estilo característico de Nothomb, con su humor, su ironía, y todo aquello en lo que reside la atracción que provocan sus libros en los lectores. Es probar uno y querer repetir en algún momento.

Una historia llena de energía para combatir lo absurdo de la vida con un punto de locura. En La Buena Vida parecemos también algo alocados, hemos terminado de leer ‘Pétronille’ con ganas de llamarla para invitarla a una botella de champán. Y uno no se emborracha con cualquiera.

Érase una vez el fin

FullSizeRender(1)Érase una vez el fin
Pablo Rivero – Anagrama

Después de leer el último Premio Dos Passos a la Primera Novela, Cocaína, del periodista Daniel Jiménez, pensaba que estaría un tiempo sin cruzarme con una novedad literaria de un escritor español que le buscara la crudeza a la vida de esta manera.  Me equivocaba, Érase una vez el fin va en esa línea,  aunque  el tratamiento y la resolución sean diferentes. Es cierto que el  entorno barrial y lumpen en el que se mueve el personaje de ésta difiere de la novela de Daniel Jiménez.  No obstante, el proceso de degradación a la que llegan los personajes, la intensidad de la narración y la calidad literaria, las acerca.

En Érase una vez el fin un pianista de hotel con  problemas de adicción, entre otros,  deja una deuda pendiente en una partida de cartas. A partir de ahí, el joven se ve envuelto en una persecución por un Gijón decadente, donde se va a encontrar con el presente y el pasado de una vida marcada por la familia, las relaciones afectivas y la pobreza inherente a la clase obrera.

Pablo Rivero (Gijón, 1972)  le imprime al personaje un carácter fuerte y una  acitud desafiante frente a la vida. Su voz es corrosiva, y está cargada de rabia y frustración. Más que hablar, a veces parece que escupe. Pero a su vez, la ferocidad personal con la que convive el personaje  es suavizada por una visión poético que deja en cada párrafo luminosidades de sucia belleza.

En este viaje al infierno, van a aparecer más demonios que santos: chulos, prostitutas, yonquis,  jefes déspotas, cuñadas de dudosa  eticidad, policías corruptos, padres pusilánimes y borrachos, entre otros. Con ellos, el autor  traza un recorrido para que su protagonista colisione con violencia contra todo el mobiliario sentimental que ofrece la ciudad.

Rivero no se corta, y en esa visión de euforia y odio que caracteriza al pianista, arremete contra una sociedad estática, idiotizada, inmovilista, sumisa, corrupta, vulgarizada y decadente.

Si tuviera que poner un pero es  la sensación de urgencia que Rivero parece imprimir a la narración para darle fin. Pero no obstante, Érase una vez el fin es una novela muy entretenida, que sumerge al lector en el inframundo que aflora en los márgenes de la sociedad y muestra aquello que nadie quiere ver ni leer.

@cercodavid

En movimiento. Una vida

En movimiento. Una vida
Oliver Sacks – Anagrama

Esta es la historia de un joven realmente descerebrado. Si uno lo tuviera en su familia, sería durante años la oveja negra. En cierto modo lo fue en la suya propia. Saltear sus estudios con una pasión desaforada por comer kilómetros a gran velocidad en moto, el culturismo más macarra de las playas de California, las anfetas, el LSD… El tipo era para echarle de comer aparte. Súmale el hecho de ser gay y sentir que tenía que ocultarlo, o su abstinencia sexual durante décadas y tienes la fotografía de un tarado en toda regla.

Pero claro, ya conocemos a Oliver Sacks por sus escritos. En “El tío Tungsteno” nos contó su infancia apasionado por la química. Pero luego nos acercó a su trabajo con “Despertares”, “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero”, “Un antropólogo en Marte” y sus viajes e inquietudes científicas e intelectuales con “La isla de los ciegos al color”, “Musicofilia”, “Veo una voz” o sus viajes como en el “Diario de Oaxaca”.

Así que sabemos que si hay algo que defina a este neurólogo poco ortodoxo es, en primer lugar, su concepto humanista de la medicina y la ciencia; al mismo nivel, su marcado entusiasmo por la individualidad, aquellas particularidades de nuestro cerebro que hacen que cada persona sea única e irrepetible, y su convencimiento científico de que ninguna de las diferencias biológicas nos hacen mejores o peores, sino eso, diferentes, y su fascinación por cómo la naturaleza nos permite adaptarnos a nuestras limitaciones y potenciales hasta crecer de entre la masa y convertirnos en un algo único. Y todo ello trufado de una empatía y comprensión por el otro que simpre quisiéramos encontrar en las visitas al médico.

Por eso, su biografía es un mapa de la dificultad de crecer, de la dureza, sensación de pérdida y dolor, salpicados de alegrías y éxtasis, que supone encontrar un camino propio en nuestra vida. Esta biografía es realmente inspiradora. Tiene intimismo, el de alguien que hace de la escritura una forma de pensamiento íntimo, que rellena cuadernos para entenderse y comprender el mundo que le rodea; tiene aventura, cuando ya parece que no hay sitio para ello, su deseo de conocer, audacia y una personalidad muy marcada le convierten realmente en un aventurero tanto físico, como mental (más arriesgado en los años en que transcurre su juventud). Tiene ciencia, capítulos enteros donde consigue transmitir su pasión por la neurobiología y la práctica de la medicina hospitalaria e, incluso, cuando ahora sabemos que se sabía enfermo y tenía cercana su muerte, lo que nos deja son mágicas páginas donde se despide de todos los adelantos que la ciencia nos va dar en los próximos años en un relato genial en el que va descubriéndonos con una humildad casi cómica, lo equivocado que estaba y la felicidad que le da descubrirlo y saber que hay más. Amor, instrospección, tensión, no le falta de nada a este libro.

Sentimos en La Buena Vida que debería ser un maravilloso libro de cabecera de todo universitario, y un ejemplo de una vida dedicada a disfrutar y entender lo que nos hace únicos, siendo en sí misma un ejemplo de alguien que se perdía y se encontraba, que luchaba contra lo establecido, que gustaba del orden y la razón que ayuda a tirar muros. La historia, vaya, de una vida bien vivida, muy bien contada.