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8 canciones y una conversación con Ricardo Lezón (McEnroe)

8cancionesEn 8 canciones y una conversación nos damos el gustazo de invitar a algunos de nuestros músicos preferidos para poder conocerlos más de cerca y compartir una conversación participativa y canciones en acústico. Tomando algo y en un espacio pequeño e íntimo. Os iremos comunicando nuestros próximos invitados pero, por el momento, esta es nuestra programación:

Sábado, 17 de diciembre de 2017, a las 20:30 horas: Ricardo Lezón, de McEnroe. En esta ocasión com parte de #UnpluggedMoments

La inscripción de 10€ incluye el acceso al encuentro con el invitado, algo de picar y vales descuento para compras a los asistentes. Puedes reservar en la librería o en este enlace.

Los discos del verano de LBV

Crítica-Tulsa-La-calma-chicha1El verano pasado nos propusimos repasar los mejores discos de cada década, nacionales como extranjeros, y en un giradiscos pinchábamos y pinchábais los vinilos que queríais.

Este año estamos muy por la labor de apoyar a esos tipos que Montoro no quiere y que, en su casa y con una guitarra, producen Marca España de verdad,  con investigación y desarrollo y que, desde sus cabecitas, nos dan minutos de felicidad o apoyo en nuestras agonías.

progresolo malo

Así que hemos elegido 4 discos del verano de músicos que cantan en castellano y cuyas letras nos resultan seductoras. Los pincharemos en la librería todo el verano y dispondremos de sus últimos discos y vinilos al mejor precio tanto en la librería, como para enviar a toda España.

Esta es nuestra selección:

terroresFran Nixon y su “Lo malo que nos pasa”

Tulsa y su “La calma chicha”

Sr. Chinarro y su “El progreso”

 Luis Prado (Sr. Mostaza) y su “Mis terrores favoritos”

Música de mierda

musicademierdaMúsica de mierda  – Carl Wilson – Blackie Books

Hablar de Celine Dion en 2016 tiene algo de retro, como si me pusiera a rememorar las batallitas nocturnas con aquella camisa roja de flores que tenía el valor de ponerme hace quince años. O más. Pero después de leer Música de mierda -título sugerente donde los haya-, la figura de Dion sale reforzada, y uno no puede sino cambiar la idea que tenía sobre la cantante canadiense. No ocurre lo mismo con su música. Tampoco con la camisa roja. 

Wilson es crítico musical, entre otras cosas, y trata de averiguar, en un fascinante relato, si los gustos de la gente, y en particular el suyo, tienen algún tipo de base sólida. Para ello, toma como conejillo de india a Celine Dion y su disco Let’s talk about love, con todos los condicionantes sociales y personales a los que estamos sometidos, siendo consciente, primero, del odio personal que le profesa a las artistas y, segundo, de la naturaleza prosaica de su música.

Durante doscientas páginas, Wilson  desgrana la vida personal de la joven quebequense, su infancia en una familia numerosísima -eran 14 hermanos-  y su   ascenso en el mundo del pop, junto a su productor y después marido, René Angélil. El escritor bucea en las  las influencias  de la  música de salón de la que bebe la cantante. Destaca de estilo italiano del gorgorito y el corte nostálgico irlandés, que había venido a hacer ascuas a la hoguera del pop para dejarlo arder en el siglo XX.

¿Quién escucha a Dion y toda esa batería de baladas sentimentales? Muchos millones de personas, de los cuáles Wilson toma una muestra. Aunque lo verdaderamente interesante es adentrarse con el crítico musical  el vientre de la  de la cultura pop, hacer un repaso del gusto, con Pierre Bordieu y su ensayo La distinción como punta de lanza, pero disintiendo y siendo crítico con el sociólogo francés. También es interesante el recorrido que el autor hace por temas como los prejuicios, el elitismo, lo cool, los críticos, la sensiblería, o  los valores que sustentan la música, como el individualismo, la subversión y la rebeldía, en detrimento de los sentimientos más buenistas y de pertenencia a la comunidad.

Música de mierda es un ensayo que  ayuda a mirarte el ombligo, no para ver lo bonito que es, sino para entender que todos tienen uno y que el tuyo, aunque pese, no es el más redondo y perfecto, sin miedo a preguntarse el porqué.

@cercodavid

 

 

Instrumental. Memorias de música, medicina y locura

Instrumental. Memorias de música, medicina y locura
James Rhodes – Blackie Books

Nos lo habían hecho llegar antes de su salida a la venta desde Blackie Books. Inmeditamente empezaron a aparecer las reseñas y comentarios sobre el libro en los medios, en las webs de librerías, y nos quedamos sin palabras, porque sentíamos que, como somos meros libreros, nada podíamos aportar para dar a conocer este libro.

David Trueba escribió en El País. “El caso de este pianista es particular. Acaba de aparecer en España su libro de memorias precoces, porque apenas tiene 40 años, pero ya ha dedicado programas ingeniosos al piano y la música clásica. El libro se llama Instrumental y arranca con ramalazos apasionados por algunas piezas clásicas y sus intérpretes y compositores. Son defensas del poder sanador del arte, pero también del empeño por seguir hablando de música sin etiquetas, poniendo a Bach o Ravel en nuestra oreja, contando la grandeza de la música sin esclavizarla al muermo, la petulancia y la incomprensión generalizada. En su memoria personal, la música es la tabla de salvación. Porque es en las páginas sobre su experiencia como niño violado por el instructor de boxeo, degradado y herido en el infierno de las escuelas de élite, hundido en los antidepresivos, las autolesiones y el desequilibrio mental, donde su narración suena escrita a golpes de piano.”

Le dejamos nuestro ejemplar a Tulsa que además de cantante, compositora y buena lectora, es psiquiatra, y nos lo devolvió después de lanzarlo a redes “Impactante y recomendable para músicos y psiquiatras. Hay que perdonar el moralismo final. Gracias @LaBuenaVidaLib

Y poco a poco la pila de ejemplares iba cayendo y sentimos que, por muy generalista que vaya a ser el impacto, no podemos dejar de colaborar en él. Hay tres realidades que se entrecruzan en el libro con la misma fuerza. La primera no la hacemos nuestra suficientemente. Cuando años después de sufrir abusos y violaciones sexuales Rhodes nos cuenta cómo puede distinguir a un pederasta solo con cruzarse la mirada con él, independientemente de que este vaya feliz de la mano de su mujer y  sus hijos por un parque de atracciones, y lo hace narrando una escena brutal por su crudeza, su realismo y las consecuencias que debemos sacar. Nos hace pensar en toda la gente herida por siempre después de haber sufrido un abuso, para quien la vida ya nunca será igual, para quien la percepción de los demás y de sí mismo quedará condicionada para siempre. Este trazo es el que, al cerrar el libro, nos debería hacer descalzarnos al pisar el cesped, ser más cuidadosos con nuestras huellas.

La segunda realidad es la del poder de la música. Cómo tanto en el ámbito absolutamente privado de las emociones y sensaciones personales, la música nos acompaña y ejerce una influencia salvadora y gratificante en nosotros, para sacarnos del sopor, para acompañarnos en nuestra vida. En Rhodes, como en una caricatura gigantesca, la música consigue lo que parece imposible. Acaba suponiendo para él la medicación perfecta para sus múltiples traumas, la cuerda que convierte la soga del suicidio en el cabo del que se agarra para seguir a flote.

Y por último, la suerte. En una singladura vital como la de Rhodes, queda patente cómo nuestra patética seguridad de merecer lo que tenemos (sobre todo cuando nos va bien) choca con la diosa fortuna. Cómo somos fruto de nuestro esfuerzo y nuestras decisiones, sí, pero también de haber nacido en Madrid y no en Siria, de haber crecido felizmente protegidos y no habernos cruzado con una animal humano que nos arrebatara la infancia… Con Rhodes, una vez tras otra, la mala suerte y la divina fortuna son el oleaje infatigable sobre el que su vida va a la deriuva a veces y avanza con el viento a favor, dependiendo del momento y, de esta manera, la vida se convierte en el fruto del azar, del efecto de la más leve brisa, en la bocanada de aire que nos saca de debajo del agua cuando habíamos abandonado las ganas de vivir.

Libros con música

La publicación de una novela como Canciones a quemarropa, de Nikolas Butler, nos ha inspirado una pequeña selección de libros, todos recomendables, en los que la música es el argumento, la excusa o, incluso, tan solo un paisaje imprescindible. La ficción construida alrededor de los amigos del músico Bon Iver en su pueblo de Winsconsin nos muestra la fuerte relación de los creadores con sus raíces y, en una novela sentimental y optimista, la importancia de la amistad en nuestras vidas.

En esta novela, suena de fondo música, pero también el silencio y la quietud de la vida rural. El maravilloso silencio al que nos invita Murray Schafer en su fascinante El paisaje sonoro y la afinación del mundo, donde pretende con ingenio y utopismo, contarnos la sinfonía permanente en la que vivimos y nuestra capacidad para escucharla y construirla si prestamos atención y consciencia. Y era El ruido eterno, un idea relacionada con la de Schaffer, como titulaba el fantástico periodista del New York Times Alex Ross su libro sobre la música, principalmente americana, del siglo XX. Mezclando anécdotas, biografías, historia y una vasto y crítico conocimiento musical, nos apasiona por lo que sabe y, como solo los buenos hacen, nos invita a saber.

De ahí, viajamos por ediciones fantásticas y para todos los lectores e intereses, y queremos empezar por dos libros muy personales: Lost in music, que cuenta desde la experiencia personal de un excelente escritor periodístico, lo que supone la pasión musical en nuestras vidas, desde una frustrada vocación de rockero, hasta un fanático amor por el coleccionismo de vinilos y discos, hasta el convencimiento de que no hay ningún momento importante en nuestras vidas que no esté asociado a su particular banda sonora. El otro, no podía ser de otra manera, es Cosas que los nietos deberían saber, las memorias de Mark Everett, de los Eels, donde nos cuenta su vida entre éxito y fracaso, giras y separaciones, mudanzas y músicos, en lo que se ha convertido en un merecido clásico del relato biográfico musical.

En cómic, hemos querido recomendaros Ausencias, donde The New Raemon nos relata con perspectiva y deseo de comprender la relación personal y artística con los episodios de ausencia que sufrió durante buena parte de su vida; a él acompaña la iniciática edición de El pequeño libro de The Beatles.

Entre las biografías, nos parecía imprescindible volver a recomendar la del salmón (el pez que nada a contracorriente) Mezz Mezzrow, el blanco y enclenque judío que tocaba con las, por muchas razones, negras bandas de jazz de su época y sobrevivía como camello para sus sensibles amigos; y la autobigrafía del único Miles Davis y de Patty Smith que, en Éramos unos niños, nos cuenta con humor una mítica relación y época en el Chelsea Hotel, un homenaje a la amistad y a la vitalidad del arte. Más literaria y en forma de novela, la del Montero Glez sobre nuestro gran cantaor Camarón, en Pistola y cuchillo.

En el formato de conversaciones, dos pequeñas delicias: My favorite things. Conversaciones con Coltrane, donde el tímido e inteligente saxofonista habla con el periodista Michel Delorme, y las no por estar fechadas en los años ’30 menos actuales,  Conversaciones sobre música, entre el crítico musical Abendroth y el director de orquesta Futwängler, donde pasa revista a temas tan de actualidad y necesitados de divulgación como la capacidad de creación del intérprete, la música atonal o la capacidad de la música para influir en la vida de las personas.

Y no queríamos dejar fuera a los dos poetas musicales más influyentes y que serán más llorados en el mundo cuando ya se hayan muerto: Leonard Cohen y su casi fetichista Libro del anhelo y las Crónicas de Bob Dylan.

Finalmente, para celebrar que en el desierto de la industria musical todavía encontramos en nuestro país editores y autores incontestables, o superrecomendamos El ritmo perdido de Santiago Auserón y Jinetes en la tormenta de Diego Manrique. Sube el volumen o págalo del todo y siéntate en un lugar especial disfrutando de la música que sale de cualquiera de estos libros.

Pequeño. El disco que salvó a Bunbury

Pequeño. El disco que salvó a Bunbury
Josu Lapresa – Lengua de Trapo 2014
Nuevo Romático, roquero y estrella del mainstream, hombre galáctico abrazado al compás de la música electrónica, crooner mediterráneo, boxeador de golpes nostálgicos… son algunos de los epítetos que se le podrían colgar a la figura de Enrique Bunbury, como si a lo largo de su carrera, lo único que pretendiera, además de escribir canciones, fuera escapar de la imagen que defendía unos momentos antes. Lo cuenta con acierto Josu Lapresa, autor de este breve acercamiento al álbum Pequeño, publicado por Chrysalis en 1999. Es verdad que si hay alguien que ha influido en su obra, no ha sido Jim Morrison, con el que probablemente no comparta más que su afición a la poesía y algún que otro errático peinado, sino el artista británco, David Bowie.
¿Es posible que te salve un disco o un libro o una pintura? Los que siguen la carrera de Bunbury reconocen que Pequeño fue más que un Lp. Fue un salto con traje de tres piezas al proscenio del teatro, al que muchos roqueros en su vida habían pisado. Una búsqueda que intentaba ensamblar músicas que confluyen en la península ibérica. Un intento de redimir algunos excesos pasados mirando hacia un futuro que estaba por escribir. La respuesta a la pregunta formulada es que sí.
El primer single, de título camusiano, fue El extranjero. El silbido del barco a punto de partir, los graznidos de las gaviotas en el puerto, la música zíngara como si Búnbury hubiera echado una temporada en un carromato con gitanos centroeuropeos, errantes. Pequeño estaba lleno de nuevas sonoridades que, a los que llegaban del rock, por mucho que hubieran oído a Leonard Cohen o a Serrat o a Nino Bravo en algún transistor de casa, producían extrañeza. Fue aquella una apuesta arriesgada. Lo que vino después es historia de la música española. Imposible negar el rubor que a algunos les producía escuchar versos como:“(…) y decían que bonito era vernos pasear queriéndonos infinito…” Hoy suenan honestos y atrevidos para haber sido escritos por un roquero que venía de la poesía crepuscular.
Pequeño. El disco que salvó a Bunbury es un libro que busca explicar las razones que tuvo el artista para escribir esas canciones, su estado de ánimo, las dificultades y el contexto en que aconteció su creación y su publicación. Para ello, Lapresa se retrotrae en el tiempo y hace un poco de biografía. La mayor parte de las fuentes que usa son los documentales y la hemeroteca, en las que se pueden leer, además, opiniones de periodistas y críticos musicales de la época. Algunas partes del libro suenan a cosas ya leídas en la biografía de Pep Black, Enrique Bunbury. Lo demás es silencio. También aprovecha el autor como fuente de información, Fragmentos de un diario europeo, una especie de bitácora que el cantante escribía cuando Héroes del silencio estaban en lo más alto, pero las cosas ya no fluían entre sus componentes.
Esta colección es especialmente meritoria y querida en La Buena Vida. El libro ha sido prologado por Nacho Vegas, amigo y compañero de estudio y escenario del artista maño. En 2006 publicaron conjuntamente El tiempo de las cerezas. El ex-Manta Ray habla desde su perspectiva, personal y de primera mano, y aporta otra mirada a sumar al personaje de EB. Si bien el libro no abandona la corrección periodística, puede ser una buena oportunidad para volver a escuchar Pequeño, un disco valiente que comienza con maullidos de gato.

Vinilos de una década

Hemos seleccionado algunos de los vinilos nacionales y extranjeros que marcaron una época en la música popular en las décadas de los ’60 a los ’90. Los pincharemos en la librería y os invitamos a que traigáis vuestra selección, siempre en vinilo, para compartir y discutir afinidades. Nada más inocente, ninguna excusa mejor para comenzar la noche.

Tráete a los amigos y vamos a ver qué escondemos en el trastero donde dejamos los vinilos de cada década.

Hora: 20:00 horas
Días: jueves según calendario
Disfruta de un rato de música con tu consumición

El calendario propuesto es el siguiente:

Jueves, 24 de julio de 2014      Vinilos de una década    Años 60 – Revolver, The Beatles
Jueves, 31 de julio de 2014      Vinilos de una década    Años 60 – Los Brincos, Los Brincos
Jueves, 7 de agosto de 2014      Vinilos de una década    Años 70 – Bloods on the track, Bob Dylan
Jueves, 14 de agosto de 2014      Vinilos de una década    Años 70 – Mediterráneo, Joan Manuel Serrat
Jueves, 21 de agosto de 2014      Vinilos de una década    Años 80 – The Joshua Tree, U2
Jueves, 28 de agosto de 2014      Vinilos de una década    Años 80 – De un país en llamas, Radio Futura
Jueves, 4 de septiembre de 2017      Vinilos de una década    Años 90- Nevermind, Nirvana
Jueves, 11 de septiembre de 2014  vinilos de una década    Años 90 – Pequeño, Bunbury

El porqué de nuestra elección:

Nevermind, Nirvana
Parecía que todo estaba dicho en el rock a principios de los 90, cuando la irrupción de ‘Nevermind’ dejó boquiabierta a toda una generación. Ser joven, o adolescente, en esa época, era entender el grito desesperado de Kurt Cobain. Participar de él. Disfrutar del nihilismo sónico de Nirvana, mientras los familiares hilvanaban las prosaicas convenciones, ajenos a aquel sonido arrasador envuelto en melodías tan pop, que sabías que hasta la abuela un día podría llegar a tararear. Después de ver el vídeo clip de ‘Smells like teen spirit’, entre vaharadas enrarecidas de luz neblinosa y aquel señor de la limpieza balanceándose con alma de metrónomo, creer que lo más importante era tener una banda de rock estaba más que justificado -no era la 1ª vez.  Es por eso que en La Buena Vida hemos elegido el segundo disco de Nirvana como el mejor de la década de los 90, no sólo por la cantidad de grandes canciones que contiene, sino por las puertas que abrió a otras bandas. Con la escena musical en su punto y los medios especializados empujando por detrás, el movimiento cultural del grunge se extendió por occidente con rapidez. La ingravidez del derrotismo y la insatisfacción de aquellos jóvenes inadaptados se instaló en la cultura pop. No había joven/adolescente víctima de la camisa de leñador y del sonido de Seattle.
Cuenta Butch Vig, productor del disco, que al llegar al estudio de grabación Sound City en Los Ángeles, después de más de 3000 kilómetros de viaje sin parar, Nirvana olía bastante mal. Pero se le olvidó rápido. El talento de Cobain, y ese primitivismo al tocar la guitarra, como a golpes, junto a la camaradería que vivía la banda, hizo que el álbum se grabara en un buen ambiente. No ocurrió lo mismo con las mezclas. Al cantante no le gustaban los sonidos brillantes que le suelen dar los agudos, buscaba una mezcla menos luminosa, más cerca del espíritu de sus letras. El resultado fue una obra llena de rabia, con guitarras sencillas y una base rítmica contundente. La voz de Kurt aún suena vibrante, a veces demediada, otras como si se adueñara de ella un animal temerario y enfermo. Siempre humedecida de inconformismo. ‘In bloom’, ‘Lithium’, ‘Come as you are’, ‘Polly’ o ‘Something in the way’ forman parte de la historia de la música. No se entienden los 90 sin Nirvana. Su actitud frente a la industria, su post-gamberrrismo punk/intelectual o su incendiaria manera de implantar de nuevo el rock en los bares. Eso sin olvidarnos de su portada.
De un país en llamas, Radio Futura
Radio Futura dio a luz tres grandes discos uno detrás de otro: ‘La La ley del desierto/la ley del mar'(1984), ‘De un país en llamas'(1985) y ‘La canción de Juan Perro'(1987). El primero fue embrionario. El segundo de desarrollo. El tercero nació con vocación de culminar nuevas sonoridades que se venían explotando tiempoatrás. En los tres álbumes se despliegan los mecanismos indecibles de las grandes canciones, pero es el segundo, como en una suerte de trilogia que necesita un centro en el que mantener el equilibrio, el que hemos escogido en La Buena Vida como mejor álbum nacional de los 80. ‘De un país en llamas’ es un disco rock que rumia en atmósferas oscuras, más cerca de lo industrial y lo punk que del rock latino. La vía por la que Auserón y los suyos se decantarían en su siguiente trabajo de estudio. No obstante grabaron el ‘El tonto simón’, una minibiografia musical más cerca de los trópicos que de la New wave. Para escribir se encerraron en una casa de El Escorial, donde vivieron semanas de presión y lucidez. Londres fue la ciudad elegida en la que plasmar toda esa energía y creatividad vivida en la sierra madrileña. El disco fue producido por Duncan Bridgeman y Joe Dworniak. Éste último repetiría en el siguiente trabajo de la banda. Musicalmente es un disco complejo, lleno de sonoridades y atmósferas abiertas y metálicas, muy en consonancia con la portada en la que se ven los rostros quebrados de los componentes de la banda. También hay espacio para el juego vocal en las ‘Alas de la mentira’. O ‘La ciudad interior’, que comienza con una batería que podría sonar en un disco de Trent Reznor. O ‘Un vaso de agua al enemigo’. Las letras conjugan un aura de misterio y poesía que pocos grupos se han atrevido a imitar en España, porque aquí se está más a gusto entre las cuatro paredes de lírica amatoria. El mayor de los Auserón prefería acercarse a este tema universal de una manera más críptica en ‘Han caído los dos’: “Ella sabe lo que el hombre espera sin haberlo aprendido, y él encuentra un sentido al enigma que no le dejaba existir.” Los 80 dieron muchos grupos en España, pero pocos que tuvieran tanta consistencia.

The Joshua Tree, U2

¿Qué sucede cuando una banda de rock irlandesa como U2 escucha música norteamericana? La respuesta es que corre el peligro de escribir ‘The Joshua Tree’, el disco que en La Buena Vida hemos  seleccionado como el más destacado de la década de los 80.  Se publicó en el año 87, y fue producido por Brian Eno y Daniel Lanois -este último trabajaría más adelante con Bob Dylan por recomendación de Bono-. El quinto trabajo de U2 es un disco en  el que influyen los viajes que la banda hace por el continente  americano, sobre todo por el norte. En la portada se puede ver  al cuarteto despojado de instrumentos en el parque The Joshua tree, donde descansa el cuerpo de Gram ParsonThe Byrds y Fliying  Burrito-. Todos miran a la cámara, excepto Bono, que da la espalda  a un paisaje austero y montañoso. El disco suena a rock, a rock templado por los medios tiempos, y está lleno de hits, sobre todo  la cara A. ‘Where the street have no names’, ‘I still haven’t found what I’m looking for’ o ‘With or wihtout you’.  Canciones redondas que derivan a terrenos oscuros conforme avanzamos en la escucha. Era la época en la que el tándem político de Reagan/Thatcher ya había implantado las políticas de privatización y  de desmantelamiento de la industria. En el caso de Reino Unido, una de los sectores más perjudicados fue el minero, acompañado de una demonización y debilitamiento de los sindicatos. Como consecuencia el paro se disparó, U2 quiso dejar constancia de esta penosa situación con la canción ‘Red Hill Mining Town’. En ‘One tree hill’, la banda se lamenta de la pérdida de Gregg Carroll, un amigo  maorí con el que, sobre todo Bono, tenía una gran amistad.  La canción acaba con un guiño gospel, una de las músicas de raiz que caló en la banda en aquellos viajes por norteamerica. En ‘Exit’ se puede escuhar a unos U2, en Jam session, improvisando, adentrándose en terrenos oscuros y no tan complacientes. Cierran el disco con ‘Mothers of the disappeared’, una canción dedicada a los  desaparecidos en la última dictadura Argentina. Parece mentira que un trabajo musical de finales de los 80 esté tan de actualidad en el 2014.  En ‘The Joshua tree’ Bono todavía no había explotado su capacidad vocal al 100%, lo dejaría para más adelante, pero se puede disfrutar de  la variedad de su registro vocal. El irlandés es de esos cantantes que tiene la capacidad de rasgar la voz y, a la vez, tener un temple vocal cercano a tonos miel. Con este disco U2 consiguió asegurarse su espacio en planeta de los grandes de la música. Después llegaron grandes discos, pero en aquel momento era imposible de saber.

Mediterráneo, Joan Manuel Serrat
No es por envidia que elegimos ‘Mediterráneo’ como mejor disco nacional de la década de los 70, ahora que Madrid se afloja con el calor, las calles lucen medio desiertas y el mar es una añoranza, un sueño de espumas, un delirio para aquellos que pasamos agosto en la ciudad. ´Mediterráneo’ se publicó en Abril del año 71, Serrat llevaba guitarra, donde todavía otros desenfundaban pistolas, bigotes perfilados, charreteras, mala sangre. El cantante ya había pisado la cárcel por motivos políticos, e igual escribía canciones protesta que cantaba poemas de Antonio Machado y, más adelante, en el año 72, de Miguel Hernández. Es como si a este catalán universal le atravesara el alma el retruécano de la hondura. Cuenta el protagonista que compuso las canciones en agosto del 70, junto al mar. Mallorca, Girona y Guipúzcua fueron los lugares donde le llegó la inspiración. Si para muchos el mar Meditarráneo es símbolo de paellas y sombrillas, vacaciones de sol y playa, para Serrat representa un carácter, una manera de ser:“Soy cantor, soy embustero,me gusta el juego y el vino, tengo alma de marinero…”, canta en la canción que abre y le da nombre al disco. Con este trabajo, Serrat da un salto adelante en su carrera. Su voz brota con fluidez entre las notas de una orquestación algo barroca, pero muy bien empastada. Al mando de ésta, y de los arreglos, estuvieron Juan Carlos Calderón y Gianpiero Reverberi. Se grabó en tan sólo una semana, en los estudios Fonit-Cetra de Milán. Este artista, delgado como un cirio y con melena setentera, con perfil tanto de raspsoda, como de cantautor o poeta, le tomó el pulso al mar y a la libertad, y lo conjugó con el amor, y al final de la cara B adaptó un poema de León Felipe titulado ‘Vencidos’. De fondo, la melancolía, anegando todos los rincones del disco. En La Buena Vida no tuvimos dudas, por eso levamos anclas, nos acomodamos  y  esperamos a que la música de Serrat nos transporte al Mediterráneo.
Contrabando, Los Brincos
Si hay un grupo de música que marcó la década de los 60, no hay duda que los elgidos son The Beatles. Por eso apostamos por Revolver como mejor disco internacional de la época, pero, ¿y en España, cuál fue la banda pop que marcó la banda sonora de esos años de represión y grisalla? En La Buena Vida hubo cierta discusión, aunque después de un par de cervezas llegamos al acuerdo de que Los Brincos eran la banda más representativa de aquel momento. Con tan sólo 4 discos, pusieron el pop nacional en muy buen lugar, pero sin llegar la repercusión internacional que a Fernando Arbex, líder de la banda, le hubiera gustado. De las dos etapas que vivieron, nos hemos decantado por la segunda. En concreto por Contrabando(1968), su tercer disco. En él ya no hay rastro de Juan y Junior. Y Arbex da un paso adelante en la búsqueda de un sonido más crudo y garajero. Para ello se ponen en manos de Larry Page, productor que ya había trabajado con The Kinks o The Troggs, entre otros. En Londres,  graban un disco que está a camino entre el pop y la experimentación. Su música comienza a alejarse de los guateques, de las letras ñoñas y el ponche, para mirar hacia lugares más osuros. Más adelante darían rienda suelta a esa expresividad desbocada cada vez más alejada de las canciones de corte pop  con Mundo, Demonio y Carne(1970), un disco pionero y atrevido para la época, incomprendido. Pero esa es otra historia que quizá contemos el verano que viene. Ahora nos quedamos con Contrabando, con portada de Iván Zulueta, y canciones como Lola, The Train, Nadir te quiere ya o So good to dance.

Revolver, The Beatles
Después de 300 horas de grabación, surgieron uno de los 35 minutos más maravillosos de la historia de la música Pop. Era agosto de 1966, The Beatles acababa de abandonar la vía rápida del directo. Una de las razones, el cóctel de ruido e histeria de los fans que  superaba, en decibelios, el sonido producido por los ‘four fabs’ en los conciertos. Fue en  los primeros meses de ese año cuando los estudios de Abbey Road dejaron de ser un pequeño taller de alquimia para convertirse en un campo abierto en el que experimentar. Revolver, el 7º disco de los británicos, abre con una canción escrita por George Harrison. El ritmo y el golpeteo acelerado e incisivo de la guitarra, el riff jugetón del bajo y las voces arrastrando a Taxman hasta la sonoridad de las seis cuerdas, hace que el tema se convierte en una pieza inolvidable. No es la única canción que escribe para este disco el más joven de The Beatles. Por otro lado,  McCartney, en Eleanor Rigby, da rienda suelta a una de las melodías más melancólicas y tarareables de su repertorio. Tampoco es la única pieza que deja en Revolver. En el recorrido nos encontramos con  For no one o And you bird can sing o I´m only sleeping, entre otras. No podemos olvidar a Ringo interpretando Yellow Submarine, una canción tocada por el surrealismo, muy alejada de la trascendental Love you to. El disco cierra con Tomorrow never knows, con un Lennon metido de lleno en el éter de la psicodelia. Dirigiendo el flujo de creatividad estaba George Martin. He leído que Revolver estuvo a punto de ser titulado como Abracadabra. No me extraña. Pero hasta el título es acertado, Revolver es un álbum que dispara magia y sueños, experimentación y atrevimiento. En definitiva, grandes canciones.

David García

 

Portraits. Live at Montreaux

Portraits. Live at Montreaux
CD + Libro – Earbooks

El prologuista de esta estupenda edición con textos en inglés, Claude Nobs, fue el fundador en 1967 de este legendario festival de Jazz. Ahora, en un libro disco con más de 3 horas de grabaciones en directo en 2 DVD incluidos, podemos disfrutar de actuaciones desde Nina Simone a Alice Cooper, pasando por Jethro Tull, Johnny Cash, james Brown, Deep Purple, Rory Gallagher… la pasión del directo único en el marco incomparable del Festival nos permitirán hacer/nos un regalo para evitar aquello de: “qué pena no haber estado allí.”

Balas perdidas. Qué fue del siglo XX

 perdidas. Qué fue del siglo XX
Xavier Mercadé – 66rpm

Tengo un amigo ingeniero que me ha contado mil veces cuando, junto a su hermano, se colaban en las salas de conciertos abriendo por dentro la puerta de salida de emergencia, y podían disfrutar del sudor, humo y mal olor de los antros de mala muerte donde iban a escuchar música en directo en los ’80 de Madrid, armados con sus sobres de Tang, para pillar vasos ya usados, rellenarlos de agua en los lavabos y poder beber algo con color durante las horas que podían dedicarle a su sueño, su pequeña banda, su colección de radiocassettes. Más de 2 y 3 apuestas hemos ganado a los incautos primos cuando, en nuestra niñez, apostábamos con ellos a que existía un disco que se llamaba Necrosis en la poya, y lo sacábamos de la estantería donde nuestro hermano mayor guardaba los discos con gusto compartido con su amigo Andrés y le pedíamos cumplir con la apuesta sin piedad. Y años después, leíamos Bola y cadena para entender por qué había gente que se quedaba enganchada a un micro y una guitarra, por más que pareciera desde fuera que solo le daba problemas.

Por todo ello, os recomendamos este libro de Xavier Mercadé, con el que váis a sacar las lágrimas a más de un amigo/a con entre 45 y 55 años y, si no lo remediáis, tendréis que sufrir las siguientes 6 horas de anécdotas etílico-musicales de juventud.

Un tributo a un gran número de bandas y solistas que animaron los 80 y 90 a golpe de canciones imbatibles.

“Diarios” y “Golpes de fortuna y tiros de gracia”

Diarios y Golpes de fortuna y tiros de gracia
Rafael Berrio – CD y libro

Hemos podido compartir con Rafael Berrio cómo era el parto de su nuevo disco: Diarios. Su título, un homenaje a los diarios de Iñaki Uriarte, según él mismo cuenta, es un disco lleno de canciones con las que sonríes pero que no dejan ninguna grieta por la que escapar. Son textos de una melancolía e inteligencia fascinantes, que no pueden si no alegrarnos de la capacidad de destrucción y tristeza del mundo, una alegría que nos debe acompañar a estar rodeados de los amigos con un buen vino y esperar, esperar que la belleza… nos dé un respiro.

Rafael Berrio merecería cerrar todos los días las emisiones de las televisiones, como la antigua carta de ajuste, para reivindicar que puede ser que seamos unos perdedores, pero no somos gilipollas. Sus canciones serían algo así como el antiinflamatorio para poder dormir con los dolores provocados por los golpes del día y sentir que doler, duelen, pero los hemos vuelto a soportar.

Como el fracaso valiente  y suicida del artista solo debe perseguir una apuesta cada vez mayor, Rafael Berrio edita un pequeño libro con las letras de este disco, Diarios, las de su hermano grande, 1971, y los textos que recita en Phantasma, el espectáculo en directo en colaboración con la guipuzcoana Mursego.

No le vas a ver en un teatro lleno nunca, es una pena, pero donde le veas, vas a disfrutar de una voz absolutamente intranquilizante, una oda permanente a la vida al límite pero con sentido, un reconocimiento a todos los muertos que nos dejamos por el camino, un premio para acabar cualquier día. Si no lo conoces, debieras.