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Tiene que llover

Tiene que llover
Karl Ove Knausgard
Traducido por Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo
Anagrama

Título húmedo el que ha utilizado  Karl Ove Knausgard para la quinta entrega de Mi lucha. Y aunque es el menos poético de todos, razón no le falta, porque si deja claro algo en este volumen, el más largo hasta ahora, con 691 págs. en la edición en español, es que la geografía y el clima también le han forjado el carácter.

En Tiene que llover se comienza narrando un viaje de vuelta a casa sin dinero y sin comida, con las hechuras de un  beatnick nórdico que busca con deseperanza su propio On the road.  El escritor noruego relata las andanzas de 1988 a 2002, con la ciudad de Bergen como epicentro, cuando las dudas, el miedo y la frustración del veintañero que fue rezuman como gotas de sangre en la piel.

Knausgard se acerca al estereotipo de escritor atormentado, bebedor y autodestructivo que, en la lucha por encontrar su camino en el mundo de la literatura, se enreda hasta dar de bruces con borracheras que degeneran en violencia, autolesiones y una diversidad de pérdidas de control que el escritor cuenta al detalle.

En Bailando en la oscuridadla cuarta entrega- ya había dado claras señales de su incipiente vocación de escritor. En esta entrega la lucha contra la hoja en blanco se vuelve  tema principal -también en Un hombre enamorado lo fue-, así como sus relaciones de pareja, el azote de su padre, sus miedos más íntimos: ahí están la eyaculación precoz, el complejo de inferioridad subyacente y una baja autoestima punzante y desoladora  a la que combate como puede.

Todas estas cuestiones se abren paso en la novela y crean un microcosmos adictivo, que de pedestre en la realidad, se convierte en  literatura.

El fraseo largo, los párrafos cortos alternados con grandes bloques, junto a los diálogos, le dan una textura, a esta quinta parte de Mi lucha, más que sugerente. Entiendo que el trabajo de los dos traductores para que el todo fluya de esta manera ha sido importante.

Tiene que llover, para mi gusto, no es la mejor de las cinco partes.  Pero es tan necesaria como las otras. Aun así  hay momentos de gran lirismo y aborda las descripciones y los paisajes con gran sensibilidad.

Por otro lado, tiene la elegancia de engarzar con finura cada escena y cada página, a pesar de la voluminosidad. Construye breves ensayos literarios que iluminan el relato de lo cotidiano. Tiene un gran ojo para el detalle, siempre de lo macro a lo micro.

Aunque quizá, lo que convierta a Karl Ove Knausgard en un escritor arriesgado y valiente, son esas páginas en las que ahonda en la complejidad del ser humano, donde no duda en exponerse personalmente, como un cordero abierto en canal. Pero no por la falta  de pudor, sino por la hondura de su apuesta.

Si Michael Leiris hablaba de La literatura  considerada como tauromaquia, donde el escritor es un tipo que en cada párrafo se juega la vida, no hay duda, Karl Ove Knausgard es uno de ellos.

@cercodavid

 

 

 

Lou Reed era español

fullsizerender4 Lou Reed era español – Manuel Vilas – Malpaso

Un día Manuel Vilas (Barbastro, 1962) escuchó una voz. No una voz cualquiera, sino la Voz con mayúsculas. Como a Dios cuando le ponen copete. Sin saber la razón, aquella voz  llegó a lo más hondo de aquel muchacho ingenuo del Aragón profundo.  La voz cavernosa y gutural venía de Nueva York y tenía nombre y apellido: Lou Reed. Entonces el niño tuvo una epifanía. ¿Quién demonios era aquel hombre  de negro que parecía que le susurraba  directamente al oído  sin entender qué es lo que cantaba? ¿Qué poder era ese? Es ahí cuando el adolescente emprende un viaje. Primero a Lérida. Después a Andorra. Y así hasta recorrer la geografía española y su historia popular más reciente.  Lou Reed era español es una crónica, una autoficción borracha de licencias, una road movie alucinante y descabellada, escrita por un escritor con un gran sentido del humor y una fuerza poética genuina.

Ese viaje que emprende el protagonista es un viaje geográfico y físico, pero también cultural, moral, político. Y como si de un personaje de Conrad se tratase, también es un viaje a las tinieblas de la España casposa y cerril de finales de los 70, donde los pasajeros de los autobuses fuman puros farias y comen bocadillos de sardinas. Si el artista neoyorquino era el hombre de negro, Franco era el de blanco, además de un muro de censura y un estado mental del que España todavía no se ha repuesto aún del todo.

Las drogas, los matrimonios, los hoteles, los conciertos, la vida en la carretera, la censura, los poetas y los artistas, la confusión de una época convulsa y la huida hacia el siglo XXI, se suceden de manera trepidante en esta antifiesta loureediana que apela por el disfrute y la libertad absoluta a la hora de escribir y plantearse la literatura. El narrador muta, porque muta el paisaje y el paisanaje. España es el marco geográfico pero también un personaje.

Si con Setecientos millones de rinocerontes (Alfaguara, 2015) el escritor le daba un codazo a la novela, con Lou Reed era español, Vilas penetra en el género de la biografía que muta en autobiografía para  buscar el sentido de su obsesión. Igual que no hay un solo Lou Reed, tampoco hay un solo Vilas. Santos y locos. O locos y santos, en este  libro que germina cuando el rock’n’roll y la literatura se mezclan con la vida.

@cercodavid

La España vacía

img_0780La España vacía – Sergio Del Molino – Turner

Hay narradores que encuentran en el ensayo un espacio donde  ampliar el espectro de sus intereses, y el de sus lectores, alejándose de lo estrictamente  literario. España, como tema, ha sido  tratado, y mucho. Desde Unamuno a Madariaga, por citar a dos grandes de las letras españolas. O aquel Gárgoris y Habidis. Una historia mágica de España (1978) con el que el  controvertido Sánchez Dragó se llevó el Premio Nacional de Literatura.  Con La España vacía, Sergio del Molino (Madrid, 1979) viene a ampliar, de manera inteligente y poco convencional, la basta bibliografía sobre nuestro país.

Es en un viaje por Gales, cuenta en el prólogo el escritor madrileño, como comienza este relato fascinante donde el autor de Hora violeta (Literatura Random House, 2013) le toma las medidas a su país, al ámbito rural y más deshabitado. ¿Sabía el lector que España es geográficamente más grande de lo que vemos en los mapas? ¿Qué relación existe entre Las Hurdes, Marañon y Buñuel con el socialista Fernández Vara? ¿Cómo juntar sin que chirríe al locutor de los 40 Principales Joaquín Luqui con las Guerras Carlistas?  Estos son sólo algunas ejemplos.  Del Molino despliega originalidad,  mezcla con acierto ámbitos y personajes, épocas históricas y sensiblidades muy diferentes para ofrecer un trabajo ameno, divulgativo y personal.

Si con sus dos últimas entregas este maño de adopción había acostumbrado a sus lectores a la literatura del yo, con La España vacía abre el diafragma, y de contarse como individuo, pasa a contarnos como sociedad. Del yo al nosotros. Un nosotros que nos enfrenta con las contradicciones, las carencias, lo peor y lo mejor de los españoles. De la visión ruinoso con la que Cervantes pinta  Castilla, al terregal luminoso con el Azorín lo ve, pasando por el contemplativo beatus ille de Bécquer -por poner otro ejemplo-. El  recorrido por la historia y la geografía española es pertinente, alejado de academicismos y convenciones.  La mezcla de datos y experiencia personal confluyen en su justa medida. Y consiguen que  sea una lectura apasionante. La España vacía  ha sido galardonada con  el Premio del Gremio de Libreros de Madrid’16 en  no ficción.

@cercodavid

Despedida que no cesa

img_0489Despedida que no cesa – Wolfgang Hermann – Periférica – Traducción de Richard Gross

La vida no te prepara para la muerte. Los libros tampoco. A pesar de ello, hay muchos escritores que han volcado sobre el papel ese vómito de pena al perder a un ser querido. Desde Francisco Umbral, pasando por Joan Didion, o los contemporáneos españoles Milena Busquets o Sergio del Molino, han acudido a la literatura en busca de un lenitivo, un bálsamo  que, aunque amargo, les ha servido para -no sé si  seguir adelante- contar su experiencia.  Es este, también,  el caso del escritor austriaco Wolfgang Hermann (Bregenz, 1961).

Despedida que no cesa comienza con un lirismo contemplativo. La luz, las hojas, la naturaleza conducen al lector a un pesimismo sobre el que el escritor construye su voz, una voz dolorida y angustiada que se forja así tras la pérdida de su hijo adolescente Fabius. WH es un hombre profundamente afectado por esa muerte. A partir del fatídico hecho, el escritor, dando saltos en el tiempo, reconstruye su vida, la de Fabius y la de la mujer, Anna, con la que concibió al niño.

WH reflexiona sobre los aciertos y los errores en la vida. Sobre la juventud y el egoísmo. Sobre la responsabilidad, la familia y la paternidad. Todo visto a través del velo oscuro por el que mira el padre herido. Con sensibilidad de poeta, WH se sumerge en el pasado para dar sentido la presente y asirse a los recuerdos que han conformado su experiencia. En Despedida que no cesa hay pasajes dolorosos de gran lucidez. Recuerdo leer, tumbado en la cama, la escena de la operación con un nudo en la garganta. O la reunión en el bar después de despedir a Fabius, en la que el escritor y Anna conocen a Julia, la novia del recién fallecido.

“Anna se sentó con nosotros y me abrazó a mí y también a Julia. Éramos una familia que nunca habíamos estado reunida y sin embargo formaba una unidad. Anna me miraba, en sus ojos había un océano de amor y de pena que abarcaba el espacio del tiempo”. (26)

Despedida que no cesa es (1)dura, (2)lírica, (3)contemplativa en la medida que el dolor es grieta por la que se cuela el recuerdo, y (4) reflexiva como cuando el tiempo zumba en un túnel y al final sólo hay una niebla densa por la que apenas se filtra la luz. Este magnífico librito -apenas sobrepasa las 100 páginas- es un esfuerzo poético por componer con retazos la experiencia del desorden que supone vivir la muerte del hijo.

@cercodavid

 

 

Vivir

vivirVivir
Anise Postel-Vinay – Errata Naturae

Desde luego no es el primer testimonio de un superviviente de los campos de concentración que se publica, ni es tampoco el primero que leemos en La Buena Vida, pero es imposible acostumbrarse a tanto horror y no seguir leyendo y releyendo mientras a una le sigue costando creer que aquella barbarie tuviera lugar.

En 1940, y según se precipitaban los hechos en París, Anise Postel-Vinay decidió no permanecer parada ante la amenaza alemana. Fue así como, con la ayuda de su madre, logró entrar en contacto con las redes de la Resistencia. En 1942 fue detenida y deportada al campo de concentración de Ravensbrück.

‘Vivir’ cuenta en primera persona las atrocidades que allí tuvieron que soportar Anise y sus compañeras, y cómo por encima del terrible día a día, asomaba, a veces con las fuerzas mermadas y otras pleno de energía, el empeño por seguir peleando y más aún, la solidaridad que les hacía estar pendientes unas de otras para salvar sus vidas. Cuidadas, camufladas o escondidas por sus compañeras, algunas consiguieron sobrevivir.

Aunque el relato quita el aliento por la brutalidad de los hechos, y hasta una aparta sin darse cuenta la vista del papel como si estuviera viendo una película y pudiera evitar contemplar una escena terrible, reconfortan las pequeñas victorias que ellas van consiguiendo en su lucha diaria.

El empeño no era sólo vivir, sino también registrar todas las muertes que se producían para poder informar a los familiares cuando aquello terminase y contarle al resto del mundo lo que había sucedido en ese rincón de Europa.

Estos hechos atroces demuestran que el ser humano es capaz de cosas inimaginables. El empeño de aquellos que, desmantelados los campos de concentración, intentaron hacer como si nunca hubiesen existido, también.

Paula Fuertes

Cada día es del ladrón

img_0209Cada día es del ladrón – Teju Cole – Acantilado

El regreso a Lagos (Nigeria) después de 15 años en Nueva York como médico y el choque cultural que esto produce es la experiencia que el autor de Ciudad abierta (Acantilado, 2012) relata en estas páginas.  La corrupción a todos los niveles y sus consecuencias sumerge al protagonista en una ciudad profusa y farragosa, imposible de transitar sin pagar los peajes cotidianos a los que sus ciudadanos oriundos ya están acostumbrados. Desde bandas criminales, muy peligrosas, hasta la policía, pasando por vendedores y pequeños rufianes, la capital nigeriana es una ciudad llena de trampas a las que este flâneur decide tomar el pulso.

La indignación con la que ve los desmanes, que además vive en su propia carne, pero también las ganas de recuperar la ciudad de su infancia, hacen de esta novela autoficcional un  texto íntimo, de denuncia y reflexivo que consigue llevar al lector a lugares a los que no tiene acceso el turista convencional .  Encuentros con familiares, amigos o ex novias devuelven a este joven médico a una realidad dolorosa y difícil de cambiar. Cole escribe en primera persona. Su prosa es directa y  angulosa. Encuentra en la sencillez la profundidad. No sé qué culpa de de ello tiene el traductor Marcelo Cohen, pero el libro se lee de una sentada. Cada día es del ladrón muestra cómo en un país empobrecido -Nigeria es rica en petróleo- convierte el día a día en un tesoro a saquear debido al abandono, a la corrupción y a la falta de sensibilidad de las grandes corporaciones y del gobierno.

@cercodavid

Me llamo Lucy Barton

IMG_0178Me llamo Lucy Barton – Elizabeth Strout – Duomo

La protagonista de esta novela estuvo en el hospital durante casi nueve semanas. Allí, en una habitación aséptica y blanca frente al edificio  Chrysler de Nueva York, “con su esplendor geométrico de luces”, comienza el relato de Lucy Barton, una mujer que echa la vista atrás y sumerge al lector en su historia personal. Escrito en primera persona, la voz narradora parece ligera, pero es vibrante, de vuelo sutil y delicado como el viento que levanta sábanas a última hora de la tarde.

Barton remonta los recuerdos y nos muestra a la niña que fue. Nacida en una familia muy pobre, donde la televisión era un lujo que no se  podían permitir, la joven se inicia en la lectura, junto a su hermano. Pero ella tiene la suerte de ir a la universidad. Esta experiencia la vive como si fuera un sueño. A veces tiene miedo de que sea un sueño al que no pueda volver a entrar. También nos cuenta cómo pasa por el matrimonio y la maternidad. Hay un pudor del que se va deshaciendo Lucy hasta llevar al lector al tuétano contra el que choca la vida. Porque es eso, la vida, lo que la narradora ensambla en estas páginas que rozan la ingenuidad de la experiencia de ir haciéndose fuerte en el camino. Como un címbalo en movimiento, el tiempo se pasea a saltos por las páginas de Me llamo Lucy Barton y el lector se suma a esta estrategia de romper la cronología y viajar de adelante hacia atrás, y de atrás hacia adelante.

Entre otros personajes, por aquí pasan sus dos hijas, su marido, sus hermanos y su madre, de la que ha vivido separada, pero con la que mantiene una relación  a distancia que se rompe cuando irrumpe  la enfermedad en sus vidas, como si en el hogar no hubiera habido espacio para que el amor filial brotara en toda su intensidad. Sarah Paine es otro de los personajes, una escritora que da color a la narración. La relación que  Lucy Barton mantiene con todos ellos preña de literatura la novela.

En otro plano, no menos importante, está la escritura. Porque Lucy Barton es escritora. Y esa lucha que mantiene con la difícil tarea de juntar palabras corre como un río subterráneo, casi como una fiebre, a lo largo de esta novela escrita por Elizabeth Strout, que obtuvo el Premio Pulitzer con la novela Kitteridge, entre otros galardones, y que consigue,  por unas horas, que todo se pare y la ficción sea, de nuevo,  dueña de nuestras vidas.

@cercodavid

La guerra no tiene rostro de mujer

FullSizeRender(43)La guerra no tiene rostro de mujer – Svetlana Alexiévich – Debate

Cuando Svetlana Alexiévich (Ucrania, 1948) era niña, escuchaba a su abuela materna contar historias sobre las hambrunas provocadas por el estalinismo y sobre las calamidades que pasaron en la II Guerra Mundial. Las mujeres se reunían en las cocinas y dejaban sobre la fría la tarde un sin fín de historias que calaron en la joven Svetlana.   Imágenes como la de un mercado lleno de tullidos a los que la policía dispersaba con las porras quedaron grabadas en las memoria de la futura Premio Nobel que no entendía bien el porqué de esa situación. Por un lado, la formación académica y oficilista. Y por  el otro, a modo de contrapeso, una maraña de narraciones orales, vivas, espeluznantes, azarosas, necesarias. Aquello fue el comienzo de un largo proceso:  el de entender y contar una historia paralela a la oficial del regimen soviético.

Con La guerra no tiene rostro de mujer (Debate, 2015), publicado en 1983, en la revista Octubre, censurado y llevado un par de años más tarde al teatro, la periodista  inicia un ciclo artístico documental al que tituló Voces de la utopía. Cuenta Alexiévich que al leer  Soy de una aldea en llamas, del escritor bielorruso A. Adamóvich, “mi maestro”, aclara ella, dió con el método y la forma para narrar una gran parte del siglo XX soviético. Para ello, la autora de Voces de Chernóbil (Siglo XXI, 2006) tuvo cientos de encuentros con mujeres que fueron a defender la patria y a morir por ella.  Parte de estos encuentros son los que constituyen este artefacto difícilmente clasificable.

Este retrato polifónico y confesional recoje todos esos testimonios y y alumbra los oscuros de la historia, que son muchos. La escritora se reúne con algunas de las mujeres que estuvieron en el frente y aguarda el momento adecuado para atrapar las emociones que éstas vuelven a revivir. Cada una tiene su experiencia, cada una cuenta su guerra, matiza, enriquece, contradice y ofrece puntos de resistencia frente a la épica a la que nos tiene acostumbrado el discurso histórico masculino.

A través de entrevistas, charlas, encuentros, monólogos, retazos de recuerdos deshilachados por el tiempo, la Premio Nobel abruma al lector con la contundencia de los testimonios, lo satura de emoción con un montaje  rítmico que rompe la línea temporal y muestra la realidad en crudo, lejos de  tópicos. Este libro es un retrato del mal, además de mostrar las consecuencias perversas de un sistema capaz de reducir a la nada a la mujer. El absurdo, la barbarie y monstruosidad son también los otros protagonistas de esta guerra.  Aunque La guerra no tiene rostro de mujer fue  publicado hace más de 30 años, Alexiévich es una intelectual muy preocupada por la deriva actual que ha toma la antigua URSS, ahora en manos de Putin, y lo advierte.

@cercodavid

 

 

 

 

Bailando en la oscuridad

BailandoenlaOscuridadBailando en la oscuridad – Karl Ove Knausgård – Anagrama

Una de las cosas más difíciles cuando se tienen dieciocho años es mantener a raya la llama que se lleva dentro y no dejarse arrastrar por las quimeras que la caldean.  He ahí la gracia: hay jóvenes que llevan empedrado al pecho un Don Quijote. Es el caso de Karl Ove Knausgård que, una vez más, vuelve a demostrar, con esta cuarta entrega titulada Bailando en la oscuridad, que sobran razones para seguir leyendo esta celebrada sexalogía conocida como Mi lucha.

Primero fue La muerte de padre. El propio título indicaba cómo el cabeza de familia era  central en esta larga e íntima historia. Después, con el hombre de mediana edad como centro, los hijos, la esposa… la familia, en definitiva, y todas las correlaciones de fuerza que ejercen sobre el individuo, el escritor ensambló Un hombre enamorado. El tercer volumen, La isla de la infancia, el noruego nos dio algunas claves para entender algunas cosas de su vida: un padre más que desnortado, una madre débil y ausente y un Knausgård tan llorón que por momentos irritaba. Un niño sensible y ensimismado pilotaba los recuerdos del escritor, e imprimía el ritmo, el estilo y la tensión de ver cómo el lenguaje iba levantando sobre el papel una montaña sólida, una vida. KOK consiguió que la infancia del niño que fue, un periodo difícil para que brille en una biografía, se leyera con el mismo interés que las anteriores entregas.

Ahora llega a las librerías el Knausgård de los dieciocho años, un chico confuso, ardiente, sensible, abierto al mundo pero  tímido y orgulloso. Con este volumen el escritor coloca otra pieza fundamental para entender el puzzle knausgardiano. En esta ocasión, el joven se va a Hagfjord, un pueblo del norte de Noruega donde ejerce de profesor en un colegio. El colegio será en un espacio, más que para enseñar, para aprender. Allí tendrá que lidiar con los alumnos y con los instintos propios. En el pequeño pueblo pesquero de Hagfjord las cosas son diferentes a la ciudad. El amor, las borracheras, las drogas, las adversidades de la vida y los primeros pasos como  escritor se mezclan con un paisaje frondoso, frío, hermoso y cruel, que Knausgård coloca en la narración como otro personaje más.

En Bailando en la oscuridad hay mucho sexo, un sexo iniciático y traumático. También, mucha  música: el lector puede dibujar una banda sonora mientras se adentra en este Combray nórdico y crespuscular. KOK capta la insolencia y las contradicciones de la juventud con acierto. Mira al pasado y trabaja con  el yo, el subjetivismo de la memoria y la temporalidad -a veces un pelín confusa. Es difícil vaticinar si en un futuro  alguien recordará esta narración total, pero en el presente este escritor ensimismado y valiente ha conseguido atrapar, y con razón, a muchos lectores. Entre los que me incluyo. Suerte que quedan dos entregas más.

@cercodavid

 

Cocaína

cocainaCocaína – Daniel Jiménez – Galaxia Gutenberg

Cada vez que relaciono la cocaína con la literatura recuerdo a Fogwill, el escritor argentino que escribió Los Pichiciegos hasta arriba de la sustancia blanquecina y amarga. Pero es es probable que después de leer este libro cambie de referencia.  Cocaína es una novela en la que el personaje se pierde por los meandros de la autodestrucción por el consumo del polvo blanco.

«Henry Miller escribió: la literatura del siglo XXI será autobiográfica o no será», señala el narrador en la página 97. Por lo que cabe preguntarse si estamos frente a una novela autoficcional. Es algo que no importa,  funcionaría igual de bien, pero el deseo de saber si lo que leemos está basado en la experiencia personal, influye. No obstante, el narrador, casualmente  se llama igual que el autor, Daniel, pero, para poner distancia, este ha decido escribir la novela en forma de diario y en  segunda persona. Lo que le imprime un tono  que oscila entre el reproche y la confesión, la crudeza del que mira desde fuera y el patetismo del que acata desde las páginas.

Cocaína va más allá del relato de la adicción de un joven que anda metido en el angustioso desacato  por ser un tipo normal. El consumo lo aísla y lo convierte en un tipo asocial, en un joven que pierde las riendas de su vida cometiendo el  error de asociar las rayas que esnifa al propio acto de escritura. Daniel se pone frente a la pantalla de ordenador a escribir con la idea de dejar huella en el panorama literario contemporáneo, ayudado por la coca, pero después de la primera raya, el libro al que el personaje aspira queda relegado a un segundo plano. Daniel abandona teclado, verbos, adjetivos, pronombres, sentido común, y entra en una espiral de destrucción anímica.  Sólo atiende a la gramática de esnifar.

Andrés, el camello, es junto a la cocaína y a Daniel, otro de los personajes. Aunque el protagonista nunca tenga contacto con él, más allá de la llamada telefónica en la que acuerda los gramos de droga que quiere. El juego literario que mantiene con ese personaje da muy buenos resultados. Esta escena se repite a lo largo de la novela en numerosas ocasiones e imprime a las páginas  un tono de humor dramático.

-¿Diga?
-Hola, Andrés.
-Hola.
-¿Cómo va todo?
-Bien. ¿Uno y donde siempre?
-Sí.
-Quince minutos.
-Como siempre.
-Sí.

Hay que decir que el  Daniel de la novela vive momentos familiares dramáticos. Su hermana se ha suicidado y sus padres viven en La Majada, un pueblo a casi 200 kilómetros de Madrid, a la espera de que de un momento a otro los deshaucien. Por lo que el entorno es deprimente y propicio para el joven escritor en ciernes  entre en barrena.

Como novela con fragmentos metaliterarios, no pueden faltar las referencias a otros escritores. Por sus páginas pasan Bryce Echenique y una atenta lectura de La vida de Martín Romaña; sus teorías sobre la triada de ídolos postmodernos: Bolaño, Casavella y Foster Wallace, en detrimento de la vieja escuela de los beat y los escritores vinculados al realismo sucio. La anécdota de Pérez Reverte tiene su gracia. Igual que la devoción que demuestra por algunos autores y periodistas contemporáneas.

Cocaína es una novela sobre la adicción, la literatura, la ambición, el desencanto, la pérdida, la soledad -buscada e impuesta-, la degeneración,  la incapacidad para amar, la frustración, el rencor y la lucha por ser diferente a través de caminos que llevan a Daniel a su ruina personal y social. Cocaína ha sido premiada con el II Premio Dos Passos a la Primera Novela. Aunque los premios no son garantía de nada,  creo que es una obra el muy recomendable, valiente y muy bien escrita. Aunque es comprensible que no a todos les apetezca entrar en el infierno -literario- de Daniel.

@cercodavid