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Internet Safari

Internet Safari

Noel Ceballos – Blackie Books

Que Internet es el nuevo mundo al que ya nos hemos habituado es algo que ni nos paramos a pensar. Cada vez que subo al metro y abro el libro, levanto la cabeza y todo lo que veo son caras iluminadas que observan fijamente sin que nada cruce por su cabeza.

Internet Safari es un viaje por este nuevo mundo, donde Noel Ceballos nos sube en una camioneta y nos guía por sus distintas atracciones: la azul y abarrotada Primera Iglesia Unificada de Mí Mismo (con oraciones a Zuckerberg en su puerta), el campo de los trolls, el estadio de los hackers que luchan por diversión, los bares para echar redes al amor, las pantallas de selfies para nuevos famosos o los sótanos del espionaje más oscuro de esta máquina binaria.

La pregunta con la que Facebook carga su interfaz es casi una duda ontológica: ¿Por qué es tan importante que Internet crea que soy feliz? Nuestra nueva vida social se ha convertido en un escaparate en el que vender gustos, intereses y datos que empresas recopilan y sintetizan para la nueva publicidad. Esta Primera Iglesia Unificada de Mí Mismo es la máscara a la que rendimos culto, donde lo malo, lo triste y la frustración no tienen hueco ni botón con el que interactuar.

Pero esta máscara no sirve solo para hacernos más atractivos. El mundo digital traza un nuevo círculo de tiza sobre la moral, el límite de las convenciones sociales se extiende y llegar al dolor es mucho más fácil. La máscara sirve para aruinar vidas, con una media sonrisa en este triunfo de la ironía y lo irreverente que es Twitter. Internet es un lugar donde el activismo político y social se transforman, no se revientan líneas de tren sino que boicotear la web de una empresa es un acto más cercano a la diversión punk que a la lucha por un mundo mejor..

También la fama se ha transformado, de las fotos perfectamente iluminadas que se colgaban en las paredes la fama se logra hoy en forma de memes, de sátiras. La estrella no es un personaje admirado sino un recurso expresivo, un mensaje banal de una vida que ya no se admira sino que sirve como parte de la media sonrisa.

Esta falta de autenticidad en lo que vivimos, en lo que no se borra tras el scroll infinito, es lo que despierta el gusto actual por lo retro. La moda en la era de la explosión digital es mirar al pasado, traerlo de nuevo y revivir lo que en otros días era algo intenso. Lo retro hace que caminemos entre fantasmas, revivamos series de hace dos décadas para sentir una sorpresa que ya no es posible. Los espectáculos no son más que simulacros de un recuerdo: vivimos más pendientes de compartirlos y dejar constancia de que estamos recordando que de pensar en lo que nos cuentan.

Pero este mundo en el que todos estamos conectados, llenos de admiración y preocupados por vender la mejor versión de nosotros mismos, también tiene sus fantasmas. Esta Arcadia no se libra de su pesadilla: como un laboratorio secreto, en las catacumbas de cualquier palacio lleno de flores y salones de espejos, Internet se ha convertido (sobre todo a raíz del 11-S) en una justificación para la paranoia gubernamental. Es fácil observar por la mirilla de nuestros teléfonos, leer nuestras notas llenas de ira y ver las fotos más íntimas del Whatsapp para parar un peligro fantasma o, más bien, controlar mentes desde la sombra.

La vida digital aparece resplandeciente como un lugar en el que ser mejores. Muchos no dudan en encerrarse delante de un videojuego, dejar que su máscara en Twitter tenga una vida mucho más interesante que sus expectativas. Muchos no dudarían en cruzar la pantalla y pasar el resto de sus días rodeados de incorruptibles píxeles.
Emily Dickinson también dejó de lado el mundo real para vivir en la poesía, pero seguro que ahí podía sentirse triste, exultante y, sobre todo, una persona auténtica, sin necesidad de que nadie levantara el pulgar cuando uniera cuatro versos.

Solo

Solo
August Strindberg – Mármara

Cuando uno lee las frases de las fajas de los libros pasea ya la mirada sin esperar encontrar nada más que frases sacadas de contexto, o citas interesadas de apoyo entre escritores. Yo leí:
“Me siento mucho mejor porque he leído a Strindberg”. Frank Kafka
Esta impresa en la contraportada de esta edición de la muy sugerente Mármara Ediciones.

Le en el interior:
“Lo primero que uno alcanza en la soledad es un compromiso consigo mismo y con el pasado. En mi caso, el compromiso comenzó hace diez años, cuando conocí a Balzac. Durante la lectura de sus cincuenta volúmenes no me di cuenta de lo que sucedía en mi; fue al terminar. Resultó que me había descubierto a mí mismo, que podía hacer la síntesis de las antítesis que habían permanecido sin resolver durante toda mi vida. En mi itinerario por la comedia humana, de la mano de Balzac, conocí a cuatro mil personas y creí vivir una vida distinta, más grande y más rica que la mía, de forma tal que, al final, me parecía haber vivido dos vidas humanas”.

Como pensamientos perdidos en un largo paseo, como reflexiones andando de vuelta a casa después de una cena entre amigos en una noche fría… así se van dejando leer estos párrafos que hablan con una agudeza de observación que reconforta en la soledad de la lectura. Un paseante atento por el mundo, que recuerda pasajes de conversaciones participadas o entreoídas, de fogonazos entrevistos al pasar delante de ventanas descubiertas, que se mira a sí mismo en la soledad de una habitación. Un libro que reconforta y nos vuelve sobre nuestra más inteligentes puesto que nos expone e incita a ser autores de una lectura de todo lo que nos rodea: la primavera, las personas, el tiempo, el paisaje, la palabra, la soledad, los barruntos del amor, todo merece, en este diminuto libro para una paseo otoñal, una línea al menos de un genial Strindberg.

La familia llagada de Antonio Lucas

IMG_6756El niño Lucas paseaba entre las mesas del café Gijón con un mechero en la mano, regalo de Alfonso ‘El cerillero’. El niño Lucas se sentaba a hacer los deberes del cole junto a Buero Vallejo. Más allá estaba Gerardo Diego. En frente, la mesa de los cómicos. Con Algarrobo y Fernando Fernán Gómez. Con Manuel Alexandre atado a su voz de querubín. Caras familiares a las que todavía no hacía falta ponerles nombre. El niño Lucas era el único niño en aquel café. No leía a Nabokov, ni se enredaba en metáforas imposibles. Jugaba, se abismaba, se empapaba de palabras y humo, mientras su padre estaba de tertulia.
En la leyenda espesa del cafetín andaba Raúl del Pozo, Manuel Álvarez Ortega. O Francisco Umbral, alicatado de dioptrías y periódicos. De ninfas ochenteras. A los catorce años plantó a su padre. Dejó de ir al Gijón de manera asidua. Antonio Lucas (Madrid, 1975) cuenta esto sentado en un sofá de La Buena Vida, con Vidas de santos (Círculo de Tiza, 2015) entre las manos, su último libro, un conjunto de semblanzas publicadas en el periódico El Mundo entre 2013 y 2015. Un devocionario estético por el que se pasean personajes jodidos y llagados. Una gran familia valiente y anarca que aceptó «el riesgo como único dios verdadero», espeta.
 
-¿De quién fue la idea de reunir en un libro este conjunto de biografías bonsái?
-Eva Serrano, editora de Círculo de Tiza, leyó los perfiles que había escrito en el periódico y me hizo ver que se podían leer igual que la secuencia que establece una novela coral, aunque sin trama. Era como tener la posibilidad de ver una sucesión de vidas cruzadas, a lo Robert Altman. Al principio fui reticente, pero después me di cuenta de que estaba en lo cierto. Ella se encargó de modularlos para que no fuera sólo un volcado de recortes de periódico en formato libro, sino que tuvieran una respiración propia. Las 50 semblanzas que componen Vidas de santos forman un conjunto de personajes completamente dislocados, de homosexuales, drogadictos, alcohólicos, suicidas, delirantes, gente con trastornos mentales severos, generadores de una cultura y de unos puntos de luz que hoy resultan imprescindibles.
 
Explica el XXVI Premio Loewe que de niño tenía toda la poesía posible del mundo en la biblioteca de su padre. Pero ni caso. Como el que oye llover. A él le gustaba más hacerse el cimarrón. En octavo de EGB lo expulsaron del colegio. Fue con 14 años cuando sintió el fogonazo de la poesía, al leer aquello de «Sucede que me canso de ser hombre, sucede que entro en las sastrerías y en los cines…» que el poeta chileno dejó escrito en Residencia en la tierra. Igual que Nacho Vegas, pero más púber e inocente, ese día el Lucas adolescente hizo crack. Y el calambre ciego de las sinfonía surrealista de Pablo Neruda despertó el recuerdo de las lecturas que de pequeño su padre le hacía de Machado, de Lorca, de Alberti. También avivó en su imaginario aquellas cuatro o cinco navidades que, junto a su familia, pasó en casa de Dámaso Alonso. Todo un flashback aderezado de Josie Bliss, Hijos de la ira y árboles de navidad.
 
Enganchado a aquel incendio de palabras, el Lucas adolescente comenzó a copiar poemas con fervor para enseñárselos a los amigos del instituto, y un día, trascribiendo Se querían, de Vicente Aleixandre, alguna palabra se le atascó en el oído. Fue en ese momento, en un traspié de músicas, que el joven poeta corrigió el verso y siguió escribiendo el poema del Nobel sevillano hasta hacerlo suyo. Con ese injerto de palabras comenzó a dibujar un laberinto poético aún por cerrar
 
-En Vidas de santos la mayoría de las semblanzas son de origen europeo.
-Sí, es verdad. Me entusiasma lo que ha sucedido en este continente. EEUU apenas tiene historia. Todo lo bueno que les ha sucedido, principalmente es de raíz y de origen europeo. El caso de que haya más europeos es que la mayor parte de los elegidos son del siglo XIX y principio del XX. En ese momento EEUU estaba dando menos. Aunque es verdad que ellos han dado muchísima zoología. Me hubiera encantado meter a un japonés, tipo Mishima o Kawabata, pero tampoco tengo tantos conocimientos. En Vidas de santos algunos de los personajes me los descubrieron amigos. Blanca Luz Brum me lo sugirió Juan Bonilla. Keith Douglas, Javier Marías.
 
-Como Chusé Izuel…
-A Chusé Izuel loconocí a través de Jonás Trueba y Daniel Gascón. Me dijo que iba a publicar la historia de un tipo cuya obra quedó muy difusa y murió muy joven. Ya verás, te voy a mandar Amarillo de Félix Romeo, me dijo. Lo leí y me gustó mucho. Lo conocí así, de manera espontánea. A Chusé no le sirvió la capacidad lenitiva que tiene la literatura para poder superar sus problemas de desamor. Y al final acaba arrojándose por el balcón. Eso es lo que me hizo sensibilizarme con el personaje de Chusé Izuel. Es un malogrado. Por eso es uno de lo santos.
 
-Igual que Félix Francisco Casanovaque muchos le han colocado la etiqueta de malditos con afán marquetiniano. 
-El maldito es uno que tiene vocación de margen, de extravío. El maldito busca estar fuera de los cauces habituales por los que discurre la vida. Y no es el caso de Félix Francisco Casanova. Él es un malogrado porque lo que tuvo fue mala fortuna. Tenía mucho talento, es el tipo de poeta que desangraba por las manos escribiendo, pero eso no lo hace maldito, eso lo hace malogrado.
 
-¿Cómo diste con un personaje como Juan Crisóstomo de Arriaga?   
-Me gusta la música clásica. Un día leí una crítica sobre un concierto que hacia referencia a un chico que se llamaba Juan Crisóstomo Arriaga, bilbaíno y muerto a los 18 años. Y que en París había despertado muchos atenciones en los sectores más cultos. Me compré un libro y me puse a leer. Me pareció un personaje fascinante. Empezó a tocar el violín a los tres años, como Mozart. Cuentan que a los seis compuso su prieta obra, también como Mozart. Cómo es posible que un tío tan joven sea capaz de arrojar tanta luz y que por un mal zarpazo de la vida todo se vaya a la puta mierda. Son vidas acojonantes.
 
FullSizeRender(69)A la vez que el Lucas adolescente desbroza a los nuevos poetas que va descubriendo, monta una radio con parche pirata sufragado por su nuevo instituto, junto a un par de compañeros. Una mesa de mezclas barata y una antena con menos potencia que un vespino es suficiente para que el periodismo se le agarre fuerte a la pleura. El ronroneo se hace realidad cuando se matricula en la facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid. Y se verbaliza cuando empieza las prácticas en el diario El Mundo, periódico donde lleva casi 20 años. 
 
Entre esas dos tierras -poesía y periodismo- que se juntan y se separan, se bastardean, al joven Lucas ya le ha dado tiempo de tropezar con la librería Visor, “una estafeta de afectos”. Ahí es donde comienza su andadura por el filo de las estanterías de las que penden el corazón herido de bardos como Rimbaud. Y se zambulle en la poética latinoamericana de Vicente Gervasi, César Calvo, Blanca Varela, Alejandra Pizarnik, Rafael Cadenas, Nicanor Parra, Enrique Molina, Pablo Roca o Oliverio Girondo. Una geografía altamente dispar y enriquecedora que desagavilla fórmulas y lugares comunes en la cabeza de este pimpollo que ya empieza con la alquimia de mezclar información y poesía.
 
Vida de santos está dividido en tres partes, la segunda, Heterodoxas, está dedicada a las mujeres.
-La historia de la cultura del siglo XX ha sido escrita con el escroto. Y claro, eso se nos nota. Hay mujeres con obras extraordinarias. Mujeres que han sido principales a la hora de establecer un código moral y un código ético, o un código estético del siglo XX, y tienen muy poco eco a día de hoy. Al margen de que vivieron vidas fascinantes, dejaron obras fundamentales. El caso de Simone Weil o Anne-Marie Schwarzenbach es de mujeres a las que el tiempo ha dejado casi como una falsa generosidad de exotismo. Pero sus obras son lo suficientemente solventes como para que fueran ahora mismo un referente. Sin embargo, quedaron ahí en una especie de pabellón de silencio.
 
-Es muy llamativa la capacidad de resistencia que tienen estas mujeres. 
-La vida de Anna Ájmatova es feroz, por poner un ejemplo. Estas mujeres fueron capaces de aguantar los embates de la vida, y además escribían, cantaban o lo que hiciera cada una. La vida de Billie Holiday es devastadora. Es una mujer violada por un familiar a los 8 años. Trabaja en un burdel limpiando palanganas. Después su madre la pone a trabajar en otro burdel cuando llega a Nueva York. Vuelve a ser violada, apaleada, vejada, humillada. Joder, y sin embargo, cuando la oyes cantar y sabes algo sobre su vida, notas las filtraciones de ese infierno.
 
FullSizeRender(70)Como el que acostumbra a mirar por la ventana para ver qué tal anda la mañana, al autor de Los mundos contrarios (Visor, 2009) le gusta pasarse todos los días por el periódico y sentir la adrenalina, acariciar el jaleo, perfumarse con la poca atmósfera canalla que queda en estos espacios asépticos que son ahoras las redacciones. Lucas explica, echando el cuerpo hacia delante, con voz gruesa y eréctil, que otra cosa no, pero que trabajador es bastante. Que le gusta el lío y enredarse con la manigua de la información, y de la vida. Por eso intenta escribir mucho, en distintos géneros, buscándole las cosquillas al fracaso para que cada texto le genere una sensación de vértigo y, a ser posible, de mejora. Sin perderle el respeto a la página en blanco, apunta. Y como queriendo ratificar con pruebas fehacientes sus palabras, cuenta que este verano estuvo en Grecia de vacaciones con su pareja, también periodista. Allí le pilló el corralito, las elecciones y pudo ver en primera línea cómo se desangraba la sociedad griega. No lo dudó. Encendió la grabadora y se puso a escribir y a a mandar crónicas a su periódico mientras el cielo derrochaba días felices de playa.  
 
-La tercera y última parte del libro la has titulado Vidas revueltas. El acercamiento es diferente, son personajes contemporáneos a los que has conocido de primera mano, a muchos de ellos los has entrevistado. Manuel Agujeta, Antonio Escohotado, Carlos Oroza, Joan Colom, Arrieta, Sánchez Ferlosio… Tengo entendido que lo de Ferlosio fue antológico.
-Ferlosio me parece el más punk de los escritores españoles. Estaba muy interesado en conocerlo. Y una amiga nos puso en contacto. Le dijo que le escribiera una carta y que contara en ella qué es lo que quería. Me advirtieron que no le gustaba el halago. Tampoco había que hablarle nunca de literatura. Le escribí una carta, y dos, y tres, y ocho, y nueve. Hasta doce. No contestó a ninguna. Pero al año me llama esta amiga y me dice que Ferlosio le ha dicho que lo llame a las 17h. Así que lo llamé. [Pone voz de Ferlosio]
-Don Rafael, soy Antonio Lucas.
-Sí, cuénteme…
Quedé con él en su casa, en la antigua casa del portero que le sirve de estudio. Me dijo que me había comprado unas cervezas, pero me sirvió vino. Estuvimos más de tres horas. Después nos fuimos a un bar cercano en su barrio. Aprendí mucho aquella tarde. Al otro día me llamó a la redacción y me dijo que si quería acompañarlo a tomar unas cervezas. Lo dejé todo y salí pitando en un taxi. Pero es que al día siguiente, me vuelve a llamar con la excusa de que quiere matizar unas respuestas. Me metió una chapa de 15 minutos en latín. Me divertí mucho con aquella entrevista. Ferlosio es un hombre sin más límite que los que pueda poner su extremada inteligencia.
 
Un cielo plomizo cubre Madrid. Antonio Lucas tiene aparcada afuera una vespa de mediana cilindrada. Se va como llegó, con el pelo un poco a lo loco. Gabardina. Zapatos de piel. Jersey de pico. Y una ortodoncia muy bien disimulada. Se despide, pero antes se compromete a venir a las sesiones de Los poetas son un asco. Me alegro, te llamo pronto, le digo. E igual que sale por la puerta, noto llegar en lento déjà vu este jirón de palabras:

«La primera noche que entré en el Café Gijón puede que fuese una noche de sábado. Había humo, tertulias, un nudo de gente en pie, entre la barra y las mesas, que no podía moverse en ninguna dirección, y algunas caras vagamente conocidas, famosas, populares, a las que en aquel momento no supe poner nombre».

Ensayos del dolor propio

ensayosdeldolorpropioEnsayos del dolor propio
Salva G. Barranco – Contraescritura

Hay varias cosas que nos llaman la atención al coger este libro. No tiene título en su cubierta, sólo en el lomo, y su lugar lo ocupa un breve fragmento de su contenido. Aunque en su título aparece la palabra ensayo, no lo es, tampoco es novela y en poesía, a donde podría ir destinado, tampoco acabamos de encontrarle un hueco a medida. No verás versos en sus páginas, ni capítulos al estilo tradicional, sino que el autor juega con las letras, los párrafos y la composición en cada momento para encontrar la mejor forma de narrarnos cada fragmento.

Porque podríamos hablar de breves fragmentos que forman este libro. Retazos de pasado e historias recientes se alternan y sirven al autor para desnudarse, como nos advierte en el prefacio: “Voy a escribir sobre lo que conozco hasta en sus límites más remotos: lo que me asusta y lo que me duele”. Un desnudo sin florituras, violento, apurado. Y como en cosas de miedos y dolor los humanos compartimos algunos temas, es fácil que la lectura nos toque en algún punto débil.

Historias de parejas, de la infancia, la enfermedad, su nacimiento y el de su hermano gemelo, el dolor, se cuentan en páginas en blanco con letras negras, páginas negras con letras que luchas por salir, líneas que se quedan agazapadas en los márgenes, párrafos justificados y otros centrados…

¡Ah! Si vienes a por él a La Buena Vida, pregúntanos dónde encontrarlo que aún estamos debatiendo en qué sección encaja mejor.

La forja de Juan Tallón

Attachment-1Cuenta que su padre tenía dos estribillos que le solía soltar al llegar a casa. El primero era uno que les debe sonar a muy pocos: «Chaval hay que leer a los rusos». Un tarareo mecánico y persistente anunciaba el segundo, más exigente si cabe: «Lee a Papini». Juan Tallón hizo caso a aquellos consejos y puso el oído sobre el pecho oscuro de Dostoievski. También bajó a los sótanos de la literatura italiana de preguerra para abismarse con libros como Jucio universal. Prueba fehaciente de que hay libros -y padres- que dejan una huella más honda que la canción del verano.

¿Cómo comenzó tu pasión por los libros?

La arqueología de las pasiones es difícil de rastrear. Pero la influencia paterna fue definitiva. También tuve una etapa en la adolescencia que acabó siendo muy importante en la constitución de mi educación literaria. Los años de BUP y COU fueron decisivos. El hecho de la escritura es una prolongación del hecho de la lectura. Al final acabas queriendo parecerte a las personas que te han hecho feliz cuando las has leído.

Hay lecturas como la de American psycho o La novela luminosa que te hicieron cambiar tu perspectiva sobre cómo y sobre qué se puede escribir.

Nadie se hace escritor porque ha leído un libro concreto. Aunque hay libros que te hacen tropezar de algún modo. Nunca había leído nada parecido a la novela de Easton Ellis. Había hecho las lecturas obligatorias del currículum del bachillerato, pero al leer un libro sobre la época contemporánea como American psycho fue como ver una luz cenital. Hasta ese momento sabía que quería caminar, pero no sabía por dónde. Ese libro despejó cierto terreno. La novela luminosa también tuvo ese efecto. Deduje de su lectura que se podía hacer literatura con cualquier cosa, no necesitabas tramas sofisticadas, misterios insondables o un ritmo trepidante para escribir. Con un fraseo personal y con unas vivencias casi anodinas podías escribir un libro inolvidable.

Cuando Tallón llegó a la facultad de Filosofía, ya le flapeaba el veneno de la escritura, sabía que quería ser escritor. Fue allí, entre textos de Parménides y de Kant, donde planeó mil fórmulas para colocar sujeto, verbo y predicado. En aquellos años el ritmo de lecturas fue muy intenso, señala. Los textos iban dejando su poso como esa materia que sirve de abono, pero que huele mal, hasta que de la podredumbre nace algo bello que incluso sirve de alimento. El autor de A pregunta perfecta (o caso Aira-Bolaño) cree que aquellos años, además de los café y las birras, le dejaron una actitud narrativa tendente a filosofar sobre aquellos asuntos que conciernen a los personajes y a sus conflictos. A inocular en el texto cualquier cosa que remita a algo profundo.

Empezó publicando en gallego, dice. Sólo se decidió a hacerlo en castellano cuando no encontró editorial que quisiese publicar su novela El váter de Onetti, escrita durante una temporada que pasó en Madrid. La editorial Edhasa se interesó por su trabajo una vez que él mismo la tradujo. Desde entonces no ha vuelto a la lengua de Rosalía de Castro. «Yo me dedico a hacer literatura, da igual que sea en español o en gallego, la escibiría en chino si fuera necesario. La lengua es un asunto importante, pero no tanto como para imponerse sobre el literario», explica  con un marcado acento que no podría disimular ni debajo de agua.

En tus textos se puede apreciar cierta fascinación por el lado más oscuro de los escritores. En una referencia a Albert Cohen, dices que una novela no se pone cómoda, como si estuviese  en casa, hasta que no se accede al infierno.

Sí, porque la literatura siempre trata sobre un infierno personal que tiene que ver con una modalidad de enfermedad que casi no tiene cura, la de ser escritor. Es raro que un escritor deje de serlo, aun cuando no escriba. Philip Roth decía que un buen libro nace de un montón de basura a la que se le echa gasolina, después se le echa más basura y al final igual sale un libro decente. Si eres capaz de hallar ese combustible, puede salir un libro interesante.

La escritura y los escritores son dos de tus grandes obsesiones.

Me interesa mucho el proceso creativo. Esta ignorancia sobre mi propio trabajo acaba volviéndose material de trabajo. Este uso tiene que ver con la dificultad para curarme de algunas preguntas que no sé cómo responder, como el hecho artístico. Que el ser humano, que en principio es un animal social que tiene necesidades físicas y fisiológicas que satisfacer, acabe generando inquietudes intelectuales y manifestaciones artísiticas para mí es algo fascinante.

En Libros peligrosos el escritor hace un recorrido por cien obras que ardieron como atardeceres rojizos en su memoria. Libros de Perec, Aira, Faulkner, Cortázar, Talese, Morabito, DeLillo, Bunker, Carver, Cheever, Gopegui, Umbral, Walser, Piglia, Cioran, Lispector o Foster Wallace son materia prima para que Tallón comente y retoce y reflexione siempre con comentarios personales y, en muchas ocasiones, brillantes. No son reseñas. No es un canon. No son críticas balanceándose en el regio columpio de la academia. La idea es que estuvieran más cerca del entusiasmo de la novela que de la severidad del ensayo. Cada libro sobre el que se abalanza es engarzado con el siguiente. A veces los une con un fino hilo. Otras, tiende puentes como si los libros fueran dos ciudades lejanas que sólo su experiencia de lectura pudiera unir. Al final uno tiene la sensación de haber transitado por una novela autobiográfica con un lector compulsivo como protagonista.

Si Joyce jugaba con el lenguaje, Faulkner con el punto de vista y la rebelde de Virginia Woolf con el monólogo interior, Proust fue aquel que vino a enredar el tiempo y todas sus posibilidades con gran acierto en la novela, viene a decir el autor de Manual de fútbol. Precisamente, en la cosmogonía de En busca del tiempo perdido, Tallón asocia la gran novela francesa con la literatura prostibularia, cuando estos espacios eran, además de un lugar de intercambio sexual, un lugar con gran vida social y cultural. Tampoco estuvieron al margen las obras de Vargas Llosa, Onetti o Donoso, explica en un tono pausado por el que trepan sus disquisiciones. «El boom en general trató mucho el prostíbulo pero a estas alturas ya era un lugar muy sórdido y empobrecido. Pasó de estar en el centro de las ciudades a estar en a la perfieria. Al principio era un punto de influencia, luego pasó a ser un lugar proscrito. Eso que hemos avanzado», añade.

Su última publicación en castellano es Fin de poema.  En sus páginas fabula con los útimos días de cuatro grandes suicidas de la literatura del siglo XX: Pizarnik, Sexton, Ferrater y Pavese. Tallón busca y encuentra. Halla las confluencia del alcohol y el tormento, los psiquiátricos y las  terapias de estas vidas truncadas en las que se detuvo la literatura. Esta fascinación por entender y dar sentido a la existencia de escritores que se abandonaron, cada uno a su forma, es hasta ahora sello de identidad de este hombre delgado al que se le llenan los ojos de nubes al hablar de escritores y libros. «No entiendo que ser ministro sea más interesante que ser poeta. O que ser ingeniero sea más interesante que ser un escritor de diarios. Si a caso ser librero es tan interesante como ser escritor».

Además de la literatura, Juan Tallón también ha ejercido el periodismo, aunque fue una romance amargo. La progresiva precarización del ejercicio de la profesión y el tono frívolo con el que los medios intentan atraer a los lectores que huyen en desbandada hicieron que este periodista a ratos se fuera alejando cada vez más de las redacciones. A pesar de ello, le sigue dando el toque literario a las mañanas de A vivir que son dos días, el programa de la SER dirigido por Javier del Pino. Y en El País publica una columna semanal en la que habla sobre fútbol, otra de sus grandes pasiones. La revista Jot Down es otro de sus trampolines. Para el escritor la literatura es arriesgar, esculpir el vacío, poner a cada obsesión su acantilado.

Heredero de Montalbán, de Fontanarroso o de Enric González, Tallón reivindica escribir sobre fútbol de la misma manera en la que se pierden los balones largos por la banda. En Manual de fútbol se recogen algunas de sus aportaciones literarias  a este deporte de masas. «Yo utilizo el fútbol para no hablar de fútbol, si se me premite la contradicción. Pero porque no sé hacerlo de otra manera. Me requeriría unos conocimientos que no tengo y me obligaría a escribir para un determinado público. No escribo para los seguidores de fútbol, sino para los lectores del fútbol». El fútbol es cultura y trae al presente la infancia, viene a decir este columnista melancólico e inusual.

¿Qué te da la literatura que no te da el periodismo?

La literatura no me mete prisa, me da libertad, no tengo a nadie por encima. Yo soy el tirano, quien gobierna el texto. Eso es impagable, conducir tu propia carrera y decidir por dónde van a ir tus textos.

@cercodavid

El último imperio. Los días finales de la Unión Soviética

El último imperio. Los días finales de la Unión Soviética
Serhii Plokhy – Turner

Entretenidísimo ensayo que nos cuenta la caída de la URSS, desde la perspectiva que asume que se trata del último imperio, después de los que el principio del siglo XX había visto desaparecer: austrohúngaro, británico, francés, otomano y portugués. Y que por esa misma condición de imperio, no pudo sobrevivir con la llegada de la democracia, que dio paso a una temporal C.E.I. y, finalmente, a la Europa del Este que ahora disfrutamos… y padecemos.

El punto de vista es americano y  el relato siempre toma como referencia los documentos desclasificados de la adminsitración Bush I, que sirven de hilo del que desmadejar la trama de acontecimientos. Es un relato histórico de las élites, donde todo lo que se cuenta son las decisiones, dudas y reacciones de las élites políticas y militares de la propia URSS y de los del resto de la comunidad internacional occidental, sus aliados desde la llegada al poder de Gorbachov y su liderazgo reformista.

Las reacciones populares son meras anécdotas, paisajes de fondo de una época revolucionaria que, salvo en el acompañamiento a la oposición al golpe de Yeltsin en las calles y a lomos de los tanques, se hace, como en el comunismo que se resquebraja, de espaldas a la gente.

El libro nos presenta claves de los actuales conflictos en Ucrania y Chechenia y, para un lector curioso pero no experto, ayuda a situar la realidad de una zona de Europa que, por desgracia, no estudiábamos en el colegio. Como ocurría con la educación sexual, se leía el enunciado del título y se pasaban de corrido las páginas del capítulo del libro de texto.

Por eso este libro es recomendable. Se lee como una novela, tiene una intención simplificadora y usa las pequeñas tramas, ya muchas conocidas,y los personajes para hilar los acontecimientos que dan como resultado la Europa que no conocemos.

La historia de una revolución que acaba con un imperio y de la que se intentó hacer una lectura en clave de victoria de EEUU sobre el comunismo, cuando la realidad era que el temor a la fragmentación de un poder nuclear impredecible y a la tranquilidad que da el enemigo conocido frente al que aún no se conoce la cara, convirtieron a la inteligencia americana en un freno de mano de emergencia como el de los camiones en la bajada de los puertos. La última gran historia del pasado siglo XX.

La Segunda República Española

La Segunda República Española
Glez. Calleja, Fco. Cobo, Mtnez. Rus y Schez. Pérez- Pasado & Presente

Este volumen de más de mil páginas intenta condensar la historia del periodo de nuestra España reciente más trascendental. Siempre en boca de todos, causa o razón de cualquier postura política actual y aún madera de muchas disputas, lo cierto es que no hay muchos libros que traten este periodo por su valor en sí mismo, puesto que suele ser contada como el proceso rupturista con nuestro pasado decimonónico o como punto de inicio de nuestra Guerra Civil.

Por eso el volumen no tiene que dar explicaciones a nadie. No hay en él, por tanto, nada de ¡otro libro de …! Es un libro importante y fijo ya en cualquier bibliografía. Su autoría colectiva marca su estructura interna y es posible fuente de algunas de sus pegas. Pero consigue transmitir un distanciamiento y objetividad historiográficas imprescindibles. Por ahí puede ser acusado de cierta asepsia, que si bien se valora, deja un regusto de libro de texto universitario que al lector no académico le puede resultar en algunos capítulos, algo arduo.

Pero todo es bueno en este volumen. Son importantes sus dos primeros capítulos, los referidos al periodo constituyente y al dedicado a las grandes reformas. Ambos desmitifican ciertas imágenes iconográficas ya asumidas, y suponen buenas columnas sobre las que entender mucho de la fragilidad y reversibilidad de algunas reformas, juzgando impulsos reformistas impetuosos y repartiendo responsabillidades contrarreformistas.

Me parece especialmente destacable el dedicado a la movilización colectiva y la contrarreforma, puesto que aclara muchas tomas de posición previas a la insurrección y responsabilidades políticas y civiles que luego resularon trascendentales en el golpe de estado que acabaría con la democracia en nuestro país.

Por contra, y teniendo en cuenta los múltiples e importantes libros editados en la última década, se queda un poco superficial el capítulo dedicado a la sociedad y la cultura durante la República. Al texto, acompañan un imprescindible buscador de curiosidades en forma de índice onomástico y una completa bibliografía citada en el texto y que da buena fe del rigor y espíritu objetivo de la obra.

Se trata de un libro fantástico, para leer mejor por capítulos, puesto que esto elimina ciertas repeticiones fruto, creo yo, de la coautoría y del distinto origen de cada apartado y que recomendamos como un entrenamiento intelectual imprescindible porque ilustra perfectamente los orígenes de los lastres políticos que aún hoy arrastramos, especialmente el que aún suponen determinadas posturas de la Iglesia católica y la derecha oligarca, que inteligéntemente han sobrevivido para defender un estatus que solo busca su propio beneficio en detrimento del de la sociedad civil.

El anzuelo del diablo

E​l anzuelo del diablo. Sobre la empatía y el dolor de los otros

Leslie Jamison – Anagrama​

“Hombre soy, nada humano me es ajeno” dice Terencio nada más abrir este libro. Una sentencia que se clava en el cerebro cuando comienzan a pasarse páginas de este libro que ha consagrado a Leslie Jamison, autora también de El armario de la ginebra (Sexto Piso). Aquí, mediante un uso personal y pasional de la crónica, el reportaje, la investigación y las memorias, Jamison construye el crisol autoficcional de una obsesión: el dolor humano, esa fuerza que puede arder por dentro pero a la que es tan difícil dar palabras.

Los distintos capítulos que arman este libro tienen en común que son, como el título del primero de ellos, exámenes de empatía. Cada uno de los artículos intenta comprender y verbalizar un sufrimiento distinto, un dolor físico, psíquico o social. Todos se sumergen en una situación de una forma única, utilizan distintan fórmulas narrativas para crear este puzzle del ser humano, poniendo voz al interior que no quiere pronunciarse.

Ese primer ensayo, ‘La empatía a examen’, se lee como el pretexto de todo el libro: la autora narra su experiencia como actriz médica, cuando tenía que representar síntomas de distintas enfermedades y la reacción de los supuestos enfermos ante los médicos examinados. Es ahí cuando debe cambiar de piel, asumir lo que un desconocido calla y conseguir que sus silencios sean elocuentes para el doctor que tiene enfrente. Esto, relacionado con su temprano aborto y la incapacidad de que otros comprendan su sufrimiento, es la alarma que despieta este interés por la empatía, el poder humano de conseguir que los problemas no pasen desapercibidos.

El sufrimiento que retrata Jamison puede ser tremendamente físico, como el que retrata en ‘Morfología del golpe’ donde, utilizando las funciones del cuento de Propp relata cómo su mínimo acto heroico, el año que pasó en Nicaragua dando clase en una escuela, termina con su nariz rota tras un atraco nocturno. La nariz que ya no volverá a ser la misma, que hay que rehacer y deja la marca invisible el hueso roto, es en ‘El anzuelo del diablo’ la duda de una enfermedad incomprendida, el síndrome de Morgellons, un mal entre lo físico y la demencia. Esta sombra de dolor es en el norte de México, en los suburbios de Los Ángeles o en una cárcel de Virginia el retrato de algo que falla y que duele, esta vez no físicamente pero sí en lo social.

Todos estos exámenes que se adentran en el dolor se completan con dos ensayos, ‘En defensa de lo edulcorado’ y ‘Gran teoría unificada del dolor femenino’. Aquí los sentimientos, el dolor, las metáforas que quieren hablar de lo inefable y el cliché de lo femenino se analizan desde distintas posturas siempre pasionales. Estas investigaciones literarias empujan al lector a llenar los márgenesd e preguntas y comentarios apasionados, trazan un mapa de un mundo que es a la vez íntimo y literario con precisión y referencias que van desde Anne Carson o Susan Sontag a Girls.

El anzuelo del diablo es la prueba de un trabajo obsesivo sobre un mundo, el del autodescubrimiento, que en La Buena Vida vemos cada vez más en nuestras mesas. Un libro que abre las cicatrices de la literatura, despierta la pasión del dolor sin necesidad de ver sus páginas manchadas de sangre.

Todos deberíamos ser feministas

chimamandaTodos deberíamos ser feministas – Chimamanda Ngozi Adiche – Literatura Random House

Los TED son unas charlas de entre seis y quince minutos aproximadamente en la que una persona con una idea o un tema sube a un escenario y se la cuenta a un público expectante.  Se graba en vídeo y después se cuelga en la red. A grandes rasgos ese es el formato. El subtítulo de estos simposios o conferencias es: Ideas que merecen ser la pena difundidas.  Tratan todos los temas posibles de manera bastante brillante. Es la evolución más digna e interesante que ha podido surgir de aquellos vendedores de pócimas que recorrían norteamérica encima de un carromato.

Precisamente,  este libelo recoge la charla que Chimamanda Ngozi Adiche dio en el TEDxEuston, invitada por los organizadores, su hermano y un amigo de éste, según cuenta en la introducción. La autora de Americana explica su experiencia como mujer, los problemas a las que éstas se enfrentan en el día a día y el porqué de su decisión de ser feminista, esa palabra tan denostada. La escritora nigeriana es clara y directa en sus planteamientos, e insta a que todos, hombres y mujeres, tomemos conciencia de la importancia del problema. Como reza el título,  es una cuestión de todos. La realidad está minada de connotaciones sexistas y machistas, ella misma pone numerosos ejemplos.  Esta charla, convertida ahora en librito, busca remover conciencias en cuestiones de igualdad. Y es verdad que biológicamente somos distintos, pero no es menos verdad que la “socialización exagera las diferencias.” Nada más que por eso, ya se merece un hueco en las estanterías de  este mundo incivilizado.

@cercodavid

Remando como un solo hombre

Remando como un solo hombre
Daniel James Brown – Capitán Swing & Nórdica

Cada año, los hermanos Moreno, editores de Capitán Swing y de Nórdica, nos regalan una edición conjunta de un libro. Como son dos sellos con mucha personalidad, uno se divierte viendo qué gustó a cada uno de la elección.

Este año, nos traen la historia del equipo de remo a 8 de la Universidad de Washington que ganaría el oro en las olimpiadas de 1936 en Berlín, que sirvieron para enmascarar las evidentes intenciones de Hitler y contener las reacciones internacionales a sus políticas ya realmente en marcha.

Nos encanta el recorrido que hace el libro sobre la vida de los remeros y los entrenadores del equipo. Un deporte abiertamente elitista que todavía hoy guarda sus tradiciones en los pabellones de lujosas universidades donde la élite procura que no se mezclen mucho las clases sociales. Pero en esta ocasión, muchos de los integrantes del equipo son remeros becados, cuyas familias habían sufrido en carne propia los estragos de la Gran Depresión y para los que la Universidad suponía una oportunidad y una permanente fuente de tensiones, puesto que la continuidad de sus estudios dependía de sus resultados deportivos, método que sigue funcionando hoy en día y que supone una de las pocas oportunidades de entrar en una universidad rica en EEUU para jóvenes de familias humildes.

El detalle de cómo la debacle económica afectaba individualmente a cada trabajador, a cada familia, a niños y mujeres, a las esperanzas de toda una generación es muy del gusto de Capitán Swing, una editorial que desde sus comienzos se empeñó en contar la historia con libros que hablan de personas de la calle y no la de los palacios, de los soldados en el frente y no de los generales en los despachos, de los que fabrican las cosas y no de los que amasan los beneficios. Leeremos pues, una historia de superación y una vista a pie de obra de la situación política, económica y social de un momento trascendental de la historia de los Estados Unidos.

Por otro lado, disfrutaremos de la narración sobre la construcción de un equipo de élite. Desde la selección de sus miembros, su formación, su entrenamiento, la resolución de conflictos y, cómo no, su supervivencia ante el fracaso y, también, al triunfo precoz. Conoceremos la mentalidad perfeccionista y los métodos artesanales de la construcción de botes, y la filosofía estética y humana que hay detrás de toda actividad humana realizada en busca de la excelencia. Lo que nos recuerda a algunos de los libros de la editorial Nórdica, en una búsqueda permanente de dignificar el libro objeto y darle mayor valor, en contra de la tendencia hacia la producción masiva en China o el deterioro de la calidad del papel y las encuadernaciones para arrancar décimas de beneficios (o reducir las pérdidas, seamos justos).

Así que tenemos un libro con una historia apasionante de trabajo, perseverancia y superación deportiva, mezclado con una mirada desde abajo por la sociedad de los EEUU durante la Gran Depresión y justo antes del estallido de la II GM, así como una fotografía congelada de lo que eran los días previos a que Hitler se convirtiera en el verdugo de Europa, cuando todavía había una admiración por la capacidad de transformación social del nazismo y sus personajes más destacados: Hitler, Goebbels, Riefenstahl.