La octava vida (Para Brilka)

La octava vida (Para Brilka)
Nino Haratischwili
Traducción del alemán de Carlos Fortea
Alfaguara, 2018
Todo lo racionalizado en esta novela le pesa. Le pesa su deseo de hacer una gran epopeya familiar (la necesidad de contar uno a uno cada fase vital de cada personaje), la necesidad de, a través de ella, contar la historia de un siglo desde la periferia de un imperio, la Rusia soviética y sus territorios adheridos, ocupados, invadidos, sovietizados (y la obligación por ello de llegar a cada fecha históricamente señalada a cada evento significativo de la historia de la nación hasta conectarlo con un miembro de la saga) y, finalmente, los macguffin (la receta del chocolate), los aspectos creados artificialmente para unir una trama pero que no tienen finalmente ninguna importancia en su desarrollo. De todo ello hay en esta novela, pero eso no nos permite desecharla.
De hecho, las mil páginas se leen con facilidad e interés, descubriendo puntos de vista que nos han sido vetados por nuestra historia europea, como es el punto de vista de los habitantes de esa periferia soviética (en este caso Georgia con su capital Tiflis de la que se decía que era la Viena del Este y que un día volverá a dejar salir la alegría de su cultura a caballo entre oriente y occidente) y los efectos sufridos por ese centralismo comunista. Quizás es la parte más enriquecedora de la trama, que a veces se ve forzada a ejercicios de aceleración forzosa para dar cabida a tantos momentos puntuales que desean incluirse y que hacen que algunos personajes necesiten años de Historia para llegar a tener un perfil psicológico que en una novela más libre se habría conseguido con una conversación en un parque de una página.
Toda la saga familiar sufre por el silencio de los supervivientes y sus familias ante la imposibilidad de hablar del horror. Un mutismo aplastante que sirve en cierto modo de escape de la realidad a generaciones enteras, pero que acaba siendo una mutilación psicológica y afectiva incluso para sus descendientes. Esto está realmente logrado.
Hay algún interludio donde el narrador se descubre e interpela al lector objetivo de la novela, haciendo una apología del recuerdo “subjetivo” y “selectivo” y del poder del relato que acaba siendo un “hacha” que atraviesa las épocas de la historia de una nación, de un pueblo, de las personas, reivindicando al mismo tiempo la necesidad de contar la Historia a través de las vidas de personas anónimas, y no solo de los poderosos. Esta intención fortalece todo el esquema narrativo y permite sortear todos los problemas de una narración tan extensa.
Finalmente, el último tercio de la novela tiene algo de catártico, y ya con el comunismo respirando como los peces fuera del agua, permite centrarse a la narración en unos personajes que encuentran en el pasado, la explicación de su presente y la fuerza de sus familias para haber sobrevivido, una motivación y poder para afrontar el porvenir. Vagar por las fuentes de uno mismo en la adolescencia hasta elegir el propio medio para afrontar la vida pasa a ser un lema de cada uno de los personajes, a los que conduce a replicar el pasado, a la huida o a una meritoria felicidad.
Una novela necesaria para entender los efectos de esa apisonadora comunista en la gente de a pie, una perspectiva diferente a la que no se nos ha permitido acercarnos por mor de una guerra fría que unificaba al enemigo detrás de una bandera, de una frontera, por más artificial que fuera, sin permitirnos como esta novela logra, adentrarnos en las diferencias entre las regiones, las psicologías y las culturas de la gente ordinaria.
Una Brilka adolescente cierra la novela y le da sentido, como la juventud que debe conocer el pasado para poder cambiar su destino escrito. Una Kitty, mito por accidente, representa la humilde condición de cada individuo en la Historia, cómo el destino nos dibuja gracias al azar entreverado con la voluntad de sobrevivir. Una gran saga para un invierno lluvioso o unas vacaciones que nos permitan concentrarnos.
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