Qué vergüenza

Qué vergüenza

Paulina Flores – Seix Barral

La protagonista de “Teresa”, uno de los nueve relatos de este libro, se mira al espejo varias veces y se pregunta si su cara es de ladrón o de fantasma. Se llama Claudia pero, desde niña, cuando quiere vivir una aventura le dice a quien pregunta unas referencias inventadas. Se disfraza y se mete en otra vida con el nombre de su mejor amiga de la infancia. No inventa, pero se imagina que ha podido seguir otro camino, otro que habría llevado alguien con otro nombre y al que le ha robado la vida o su espíritu.

Los relatos que crean la ópera prima de Paulina Flores están plagados de estos fantasmas que todos llevamos dentro, los que crecen cuando las habitaciones están desordenadas y las puertas tienen el pestillo echado. Son historias que guardan claves en la infancia, en los recuerdos de las tardes eternas viendo dibujos o comiendo sandía con los amigos, que hablan de la soledad, los impulsos, el amor y su duelo, los desengaños y la fidelidad a la familia. Todo con un tono fresco, que siempre mantiene la fascinación aunque mute la voz y la forma en cada relato. Qué vergüenza está quieto en una de las mesas de La Buena Vida preparado para sorprender, para flotar en la tina de letras en la que está metido.

Sorprende ante todo la construcción de los personajes infantiles y su mirada en los distintos relatos. En “Qué vergüenza”, las dos niñas protagonistas quieren que el amor que sienten por su padre le reflote del fracaso, pero sus álbumes llenos de ofertas de trabajo no consiguen más que borrarle los rasgos de la belleza. Los niños que habital “Talcahuana” pasan un verano traduciendo a los Smiths y las calles con nombres mapuches, con sueños de ser músicos, felices de ser “a un mismo tiempo tan vulgares como increíblemente superiores”. La mujer que flota como isla (pero que quiere ser piedra) de “Olvidando a Freddy” actuó de niña por un poco de atención, sin atender a las evidencias para que así no doliera la realidad, como le ocurre en su abandono actual. “Tía Nana” enseña a su pequeña sobrina las marcas de la edad y la magia del silencio, su belleza, a entender el sufriento infantil, cómo ese sentimiento “visible y exagerado, con motivos inocuos pero concretos”, va cargándose de un resentimiento que pesa pero que no se ve. El niño de “Últimas vacaciones” escala socialmente, descubre los libros y sus desafíos, pero miente y tira la máscara que prometía un futuro mejor. Y en “Afortunada de mí”, el relato con una estructura paralela donde infancia y madurez de tristeza melancólica se superponen como el juego de espejos al que se dedica su protagonista en la intimidad, la amistad infantil de los gestos íntimos se estropea por los enredos adultos, por sus fracasos y derrotas.

Qué vergüenza es un libro que, como Caro, la protagonista de su último relato, quiere ser “lo más común y corriente que se pueda” porque en él viven seres de clase media que se paran y se observan en sus rutinas, pero que consiguen despertar un destello especial en la mirada, fruto de la convicción de que en la vida los golpes, los fracasos y las heridas llaman a los días de credulidad y limpieza en las retinas.

Pilar Torres

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