El tiempo reversible

reversible1El tiempo reversible – Francisco Umbral – Círculo de Tiza

Francisco Umbral se pateó todos los barrios de  Madrid  hasta colonizar el Puente de los Franceses al sur y Plaza de Castilla al norte. Era otra época, otro ciudad y otra manera de hacer los periódicos. Porque los periódicos se hacen, igual que se hace el pan, de madrugada. Todavía los lectores tenían la costumbre de bajar por la mañana  al quiosco para saber si seguía en pie el planeta tierra. Internet y la web 2.0 era un proyecto todavía en desarrollo.

Se ha escrito mucho sobre este  escritor y periodista hijo de madre soltera. Se habla de su estilo, de su uso del lenguaje, de su dandismo y de la imagen que proyectó. Dió los pespuntes justos para adecuar el personaje a la persona. Todo era Umbral. Un hombre autodidacta que se hizo a sí mismo. No quiero imaginar que hubiera hecho el escritor de Mortal y rosa (1975) si hubiera tenido acceso a las redes sociales.

En la prensa dejó un reguero de columnas. Escribió en periódicos de provincias como El Norte de Castilla. Pero la ambición le pedía otra cosa. En Colpisa,  la agencia fundada por Manu Leguineche,  diseminó su lirismo por toda la geografía española.  Durante más de una década fue el fichaje estrella de El País. Allí hizo entrevistas, columnas, reportajes junto al fotógrafo Gigi Corbetta. También crónicas. Le dio más de un quebradero de cabeza al director. Pasó de puntillas por ABC , para dejar el arpón último de sus metáforas  clavadas en las página del diario El Mundo. Entre medias: colaboraciones, rollos, jaqueos, libros inolvidables, premios, zancadillas, gatos, más libros, más premios y una casa en  Majadahonda que bautizó como la dacha, con jardín, gladiolo y piscina.  De su matrimonio con María España nació Pincho, un niño que no superó la leucemia.  A todos cantó en su larga carrera.

Ahora, casi coincidiendo con la publicación que Planeta ha hecho de los textos que  el autor de Días felices en Argüelles (2005) escribió para radio en León, la editorial Círculo de Tiza publica  El tiempo reversible, una selección a cargo  Eduardo Martínez Rico que, además de una relación de efímera amistad, le une con el escritor madrileño dos libros de entrevistas publicados recién entrado el siglo XXI.

El libro que aquí se trata se divide en tres períodos de tiempo. Tres épocas, el mismo Umbral: incisivo, atento, lírico, literario, divertido, serio, polémico. Diario de un snob y Spleen de Madrid atraviesan la transición española y el primer socialismo, una época de la historia reciente de esta España convulsa –La belleza convulsa, por cierto, fue el título de otra columna que mantuvo en los años 80 en El País, además del título de un diario publicado a mitad de esa década-.  El último bloque, titulado como su columna de el diario El Mundo, Los placeres y los días, abarca un amplio período de tiempo, 1989-2007.

Francisco Umbral, como diría Manuel Vilas, es el último rinoceronte negro en extinción. Ya no quedan escritores así. No es que ahora sean peores, son distintos. Más asépticos. Más certeros, quizá. Menos polémicos y populares. Umbral clausuró una manera de hacer periodismo que venía de muy atrás.  La marca se ha impuesto a la firma.

En El tiempo reversible leo al entomólogo de sensibilidad  castiza que fue Umbral. Disecciona la sociedad, penetra en la voz del español medio, lo barroquiza. El barroco es la profundidad hacia afuera, dejo dicho Rafael Alberti mientras se le encanecía el pelo en las arboledas. Umbral es  escritor con sensiblidad de poeta. Se zambulló  con su olivetti en el idioma y puso en negrita -otro de sus aportaciones al periodismo- a toda ese bestiario que lo acompañó en sus columnas. De Ramoncín a Fernando Sabater, de Felipe González a José Mª Aznar, pasando por Maradona, Picasso, Dalí, la gente guapa… y acabando en el propio autor. Umbral es uno de los pilares de la literaturas del yo en la España del siglo XX.

El prólogo de El tiempo reversible corre por cuenta de Antonio Lucas, poeta y periodista de El Mundo. Aunque muy cerca del estilo ‘umbraliano’,  Lucas ha sido de los pocos que  ha asmilado al autor de Las ninfas (1975) y ha sabido dar a su escritura una impronta propia. Muchos otros se dejaron devorar por esa forma tan personal que Umbral tenía de narrar el mundo.

No hace mucho, un buen cliente de La Buena Vida que vivió de primera mano los años voyantes del Café Gijón y conoció personalmente al escritor, me confesó con cierto desaire que “Umbral hubiera sido muy buen escritor si no se hubiera dedicado al periodismo”. Y yo me dije, entonces, menos mal que tuvimos la suerte de que aquel niño que trabajaba de botones en un banco, un día se propuso ver su firma impresa en el papel de periódico. Desde ese momento, muchos lectores en este país empezaron a leer  el diario por la columna de Francsico Umbral.

@cercodavid

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