Elogio del caminar

Elogio del caminar, de Le BretonElogio del caminar
David Le Breton – Siruela

Tantas rutas, tantos caminos, tantos pueblos, ciudades, colinas, bosques, montañas, mares, desiertos, tantos itinerarios por recorrer, sentir, observar, extender nuestra memoria en el gozo de estar allí.”

En el mundo de las prisas, practicar algo tan natural como el caminar debería ser una especie de tarea periódica autoimpuesta con el fin de no olvidar la satisfacción que produce. El libro de Le Breton nos enumera sus placeres con cuidado, citando a personajes tan diversos como Leigh Fermor, Camus, Breton, Nietzsche, Stevenson o Yanizaki, invitándoles a compartir una mesa imaginaria donde hablar sobre sus experiencias de caminantes.

Dividida en varias partes, en “El gusto del caminar”, la más extensa, reflexiona sobre lo que supone como vía de escape del mundo moderno. El placer de agotar el cuerpo y liberar la mente, de caminar por espacios desconocidos, de reencontrarse con el yo y preguntarle qué anda buscando, de pararse a averiguar el nombre de algún paraje o descubrir que algún otro no tiene aún quien lo haya bautizado, del encuentro en el caminar con algún historiador de la vecindad “feliz de contar al inocente viajero, por enésima vez, la misma anécdota convertida ya en crónica local después de tantos lustros”.

Habla también de la elección de realizar ese camino solo o acompañado; la necesidad de seguir el mismo paso que el acompañante, la charla más o menos continuada, las pausas consensuadas… frente a la libertad del viajero en soledad. Y la experincia de Philippe Delerm que se decanta por “compartir el silencio del camino con la mujer amada”. He aquí uno de los mayores placeres.

Le Breton no se olvida de hablar del equipaje, y aquí las opciones son tantas como el número de caminantes. Nos paramos también nosotros a pensar lo que sería imprescindible. Algún libro, claro, seguro un cuaderno y un lapiz para anotar… Pesadas cargas que arrastraremos en el camino, pero cada uno encuentra sus seguridades en las cosas más insospechadas.

Las heridas por el esfuerzo, las llegadas exhaustos al lugar de reposo y cómo entonces se agudizan los sentidos, los momentos en que nos atrevemos a cantar sin pudor (¿no es esto también síntoma de felicidad?), pasar la noche en los lugares más insospechados, a cubierto o bajo un manto de estrellas, despertarse con el amanecer o sorprendidos por algún otro caminante.

También el caminar urbano tiene su espacio en el libro. O quizá deberíamos hablar más bien del paseo, “una invitación tranquila a la relajación y a la palabra, al vagabundeo sin objetivo preciso, a retomar el aliento, a recordar un mundo tal como se percibe a la altura del hombre”.

La calma de los caminos sin delimitar, se opone a las aceras con personas desplazándose a diferente ritmo. El placer de la contemplación, del descubrir, nada tiene que ver con las rutas conocidas que hacemos en la ciudad. Pero también hay aquí una posibilidad de disfrute, de perderse por las calles de la ciudad de residencia o del inmenso placer de hacerlo en una recién descubierta, sin prisas, y quizá pararse y mirar hacia arriba, o a la cara de la gente, descubrir un nuevo olor o escuchar cómo suena aquel parque. Y así, un día cualquiera, el camino ya conocido nos lleva a un lugar diferente.

No se hace un viaje; el viaje nos hace y nos deshace, nos inventa.”

Llego hoy a La Buena Vida por una ruta algo más larga de lo habitual. Caminando. Redescubro el placer del paseo urbano. La primavera me acompaña y yo, feliz, me dejo inventar.

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