Ismael Belda, licenciado por La Universidad Blanca

Belda (2)Ismael Belda es valenciano (1977), aunque parece haber salido de la película Quadrophenia. Corte de pelo a la inglesa, educación complutense. Acaba de publicar su primer poemario, La Universidad Blanca (Ediciones La Palma), un ave delicada y extraña que ya vuela por la segunda edición. Como recién salido de un bosque de palabras, este joven residente en Madrid cuenta que lleva 10 años escribiendo, además, Vesperal, “una novela monstruosa donde he creado un mundo particular, con colores muy especiales, en la que he probado muchas cosas”.

-¿Cómo surge La Universidad Blanca?

Desde siempre me han atraído las novelas que mezclan prosa y verso. Mientras escribía la novela, se me ocurrió probar con una parte en verso. De repente, los poemas tomaron forma propia, se imantaron en torno a este núcleo del poema largo y me pareció que formaban un libro. La universidad Blanca es una especie de spin off de Vesperal, un sitio de aprendizaje que tiene que ver con los sueños y con esa sensación extraña que tenemos de que nuestra vida no nos pertenece del todo. La Universidad Blanca es un su sitio al que vamos sin darnos cuenta o dándonos cuenta sólo a medias.

De pequeño, se pasaba las horas en la biblioteca de su padre. Mientras en su barrio los niños se descascarillaban las rodillas tirándose por las cuestas con el monopatín, el niño Belda sólo tenía que estirar el brazo para pasear con Rilke, con Baudelaire, con Rimbaud, con Lorca, con Juan Ramón Jiménez o con los hermanos Machado. La poesía era un rayo incansable, siempre estaba ahí. Aunque fue su abuelo el que le inoculó la afición por la literatura, explica Belda con voz animosa. Con la Ilíada entre sus manos, le llegó la primera pulsión como escritor: “Recuerdo leerla y no entender más que una pequeña parte, pero su lectura me dio un deseo enorme de escribir. Todo lo que tenía que ver con temas mitológicos era importante. Supongo que de todo eso algo queda”.

La Universidad Blanca se divide en tres partes. En la primera el personaje del autómata recorre  una California onírica y fantasmal, busca el calor humano, pero lo que encuentra es una inhumanidad corrosiva. Este personaje, desvalido y bienintencionado,  acaba topándose  con La Hermandad del Dolor, un grupo de macarras especializados en el asesinato.  A este Pinocho de tintes beldianos  no le espera un buen final.  “El autómata es un personaje que por alguna razón me emociona profundamente. Nosotros no somos humanos del todo, sólo en ciertos momentos. Esa sensación de ser seres humanos mecánicos, creo que es algo universal.  Por eso estas historias tienen atractivo.  El autómata es un ser muy ingenuo que me cae bien“,  responde el poeta, dejando pequeños silencios solapados de emoción. La segunda parte es el motor del poemario, además del que le da nombre;  la voz narradora cambia y la rima toma las riendas. La tercera parte, titulada Canciones de Vesperal, la conforman una serie de poemas con vocación de  cancionero anónimo que, más que escrito, parecen haber sido encontrados a la orilla de los sueños.

Belda1Como si de un músico se tratase, Belda ha desarrollado la técnica de las variaciones en La Universidad Blanca.  “A mí me gusta un mecanismo narrativo que es el de dar distintas versiones de la misma cosa.  Primero expones un tema y luego haces variaciones del mismo”. Al igual que con el cancionero,  mirar desde diferentes puntos y distancias la misma escena es otro de los motores que propulsan el poemario. A lo Pynchon, el autómata y los demás personajes recorren la ciudad de Los Ángeles, pero también Carcasona, Suiza y su lago Leman. Madrid. “Convertir los lugares en símbolos es muy tentador”,  expone el poeta con un entusiasmo creciente, “tiene que ver con la poesía de Cirlot y con Lord Dunsany, que escribió un relato llamado, precisamente, Carcassonne. Me gusta mucho la poesía de Cirlot y ese mundo medieaval hecho de fantasmas que nunca llegan a encontrarse.” Además de los espacios geográficos, La Universidasd Blanca avanza a golpe de latidos narrativos.

El amor está muy presente en el poemario…

El amor es el motor de todo. Hay muchos tipos de amor. Vivimos en un mundo hecho a partir de fragmentos, en esos fragmentos reside la nostalgia de ser un todo. Eso es el amor, el deseo de los fragmento por unirse. Un robot está hecho de piezas que no saben nada la una de la otra. El autómata quiere ser humano porque se ha enamorado. Ismael, en la segunda parte, está enamorado de Guada y siente amor por esa hija, que apenas le pertenece, y por su amiga que ya no  está.

En la dialéctica que todo escritor mantiene consigo mismo en soledad, Ismael Belda no se considera más poeta que narrador ni vicerversa. Aunque ha escrito más narrativa que poesía, “en términos materiales”, no entiende a los novelistas  que carecen de un sentido lírico y son incapaces de plasmar la poesía que está en la vida. Para Belda, la única diferencia entre los dos géneros es la técnica que se usa para escribir, pero por lo demás, cree que todo sale “de un mismo foco común .”

La camisa abrochada hasta casi el último botón le imprime al poeta un aspecto monacal que contrasta con el efecto de unos calcetines  rojos de rayas. Es como ese aire  a lo Gallagher que se rompe en cuanto Belda habla de poesía, de la función del poeta y ese camino que debe de tomar “hacia lo desconocido, en busca de nuevos territorios”, como si este fuera un Ernest Shackleton en busca de tierras vírgenes por explorar.

Belda trabaja como corrector. También colabora en Revista de Libros, una publicación digital en la que escribe reseñas y largos artículos sobre arte, literatura y todo aquello que le interesa. Tras 10 años cosiendo a solas las costuras de su novela, confiesa que la publicación de La Universidad Blanca ha sido gratificante y le ha servido para tomar aliento al final de Vesperal.

El sol muerde con gracia la tarde y entra a destajo en la primera planta de La Buena Vida.  Belda posa para las fotos junto a su libro.  El reflejo en los cristales de las gafas, el tictac pausado del tiempo  y la música rota subiendo desde la plaza de Ópera imprimen a la charla unos instantes extraliterarios. Entonces, Ismael Belda sonríe como uno de esos recién licenciados, en no sé qué carrera,  por La Universidad Blanca.

David García

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