Robinson Crusoe

Robinson Crusoe
Daniel Defoe e ilustraciones de Tulio Pericoli – Sexto Piso

Antes de leer Relato de un náufrago, ya había leído este clásico de la literatura universal apoyado sobre algún cocotero en una de las playas vírgenes abandonadas de la adolescencia. Buscando a Viernes, me perdía entre las rocas y ponía la mano haciendo de gorra, para ver si así divisaba una barca de salvajes en el horizonte, y, aunque la playa estuviese llena de domingueros con la fiambrera desbordada por tortilla de patatas, parecía que era el único superviviente en aquella costa masificada del sur de España. Por eso, cuando vi la nueva edición y traducción de Robinson Crusoe en la mesa de novedades de La Buena Vida, no pude resitir la tentación de volver a revivir la aventura del náufrago más popular de la literatura.

Daniel Defoe, entre otras cosas, fue cronista, viajero, periodista y novelista. Con este libro puso su granito de arena para definir lo que fue la emergente novela europea del siglo XVII y XVIII, en la que el modelo a seguir era el de aquellos viajeros, ya fueran misioneros o embajadores, colonizadores, piratas o exploradores, que llevaban el reflejo de la picaresca en la mirada. Si bien Crusoe no es un pillo, es un joven que decide lanzarse a la aventura con la censura previa de sus padres. Ese calor que la familia asegura, esa tranquilidad de la clase media de la época, se evapora en cuanto el viaje y el mar iluminan y oscurencen la existencia del protagonista. Junto a  Don Juan y Fausto, Crusoe es uno de los mitos más destacados de la novela moderna.

Inspirado en un relato verídico, Defoe pone voz, nombre y alma a la desdicha de un hombre que vive durante casi 30 años apartado de la civilización, en una isla, la de la Deseperación, frente a la costa de Brasil. Ahí se enfrenta a sí mismo. Se cuestiona las grandes preguntas que cualquier ser humano se haría. Y es curioso cómo la organización y un orden marcial le permiten sobrevivir, a pesar de la violencia tácita y selvática de la naturaleza.

Con ilustraciones de Tullio Pericoli y traducción a cargo de Carmen M. Cáceres y Andrés Barba, tenemos la posibilidad de volver a aquella isla en la que la razón y La Providencia se miran cara a cara, otra vez, como aquel día perdido de la infancia en el que me preguntaba por qué lado de la costa aparecería el barco en el que podría embarcar y huir a alguna isla en la que poder dejarme crecer  las barbas.

David García

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