Día 37: Cráter de subsistencia bolchevique

La seguridad es un pasaporte.

Un libro de cromos que empiezan a estar repes y tienen como puntos de intercambio las terminales de los aeropuertos y las embajadas. Esos asilos políticos y espirituales con megafonía.

Cuando la seguridad internacional -el espionaje y sus tácticas, hablemos claro-, se convierte en gritar bajito poniendo el cuerpo como única protección, la geografía se pierde y los cables se confunden con agregados, acentos y polifonías tax free. Una moviola donde es difícil discernir las capitales de las provincias y los pecados de sus purgas. La realidad de lo que no lo es.

A esta Rusia a la que acaba de llegar Snowden, con trabajo y casa asegurados -menos mal, nos tenía preocupados- en el fondo es como un trozo de Gibraltar, como la visión del ecuador londinense de Assange, como el plutonio que usan para lavar más blanco sin dejar huella los estrechos colaboradores de Putin, como Qatar fuera de los centros comerciales.

En un momento como este donde Keanu Reeves ya no convencería con un nuevo episodio de Matrix, por mucha tecnología que hubiera de por medio, es de obligado cumplimiento leer Limónov (ed. Anagrama), la biografía del inclasificable personaje que Emmanuel Carrère retrata de manera excepcional. Con esa capacidad gráfica y envolvente que permite viajar desdibujando las fronteras, profundizar sin sentir dudas, como si se tratara de saltar a la comba.

Premio Renaudot, Prix de Prix 2011, Premio de la lengua francesa, Limónov es un atlas histórico, que ilustra y conecta las consecuencias que se derivan de las gestiones geográficas. De un ser en el tiempo. Cuya existencia nos hace entender, entre otras cosas, la estrategia que hay más allá de la política. La (in)seguridad terrible y diletante en la que se nos hace flotar.

He aquí un plan de estudios integral para cosacos.

 

Agosto. En Madrid.

Suciedad. Ecos limitados como velocímetros.

Mucha luz y poca gente.

Una ciudad cerrada por vacaciones.

El abismo sigue tomándose unos días de descanso.

Los autobuses turísticos hacen su ruta por las calles vacías y las zonas verdes resecas.

Ahora son amarillos, quizá para captar la atención de los mosquitos.

Los mendigos amplían la extensión de sus cartones y ante la escasa vigilancia policial,

emigran a otras sombras, a otros soportales, a los parques.

Por la noche, los cartones de vino se sientan en los columpios a impulsarse y hay gente que a falta de aire acondicionado en sus casas, se baja a dormir desnuda en los toboganes.

En la parte de abajo de la plaza de los Cubos han puesto una cama supletoria. Con patas y todo. Para cerrar los ojos, embozarlos, aprovechando la corriente subterránea.

Los chinos de la plaza de Oriente se masajean entre ellos. Viéndoles duele comprobar que son el único programa de variedades de este Madrid agostado en el que Sabatini prefiere no levantar la cabeza porque si lo hiciera se la cortaría en mitad de una actuación de los Veranos de la Villa, para asegurarse al menos los aplausos.

 

Mañana miércoles 14 de agosto, a las 22.30 horas, en la sala 1 de la Filmoteca, Four Lions, de Chris Morris (2010). Demostración de cómo domesticar a unos terroristas apandadores. Prueba-error desternillante.

 

¿Eres de compás, de esos que le sacan jugo a lo que tienen alrededor o de compasillo, de los que prefieren confeccionar rutas, tener un sitio para cada cosa? Hacednos el honor y devolvednos el saque.

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