Día 29: Vivir a cobro revertido

Espacios abiertos y mucha luz. Esa fue la recomendación del médico para combatir un problema ocular severo. Y eso hizo Bruce Chatwin. Lo que no imaginó es que sus ojos se recuperarían tan pronto y contraerían otra enfermedad: la de volverse nómadas, buscadores incansables del arte en el mundo real, que no tenía nada que ver con el que catalogaba y sacaba a subasta en Sotheby’s.

Bajo el sol. Las cartas de Bruce Chatwin (ed. Sexto Piso), es una recopilación de las que escribió a sus más íntimos, de 1948 a 1988, un mes antes de morir, desde los puntos más remotos del planeta. Los encargados de hacer esta selección postal, han sido su viuda, Elisabeth, y Nicholas Shakespeare, que ya nos brindó hace trece años un excelente primer plano biográfico de Chatwin.

Las cartas actúan como una bisagra que completa sus narraciones y el halo que ya nos habíamos hecho de este dandy-aventurero-investigador privado de sí mismo y de lo que le rodeaba. Un ser centelleante, que mantuvo intacta hasta el final su capacidad para vagar y ser sorprendido. Para ser uno más en cada viaje. Tantos personajes que entraban y salían de él, a la vez, en corriente continua: a través de sus conversaciones, sus cuadernos de notas, sus cartas. Chatwin por tierra, mar y aire.

La confirmación de que el sol “ya” no es gratis, ha coincidido con la noticia de que van a empezar a hacer controles a los gondoleros. Mal asunto. Nueva preocupación para los libreros. Más en un verano como este en el que se ha vuelto a eliminar la operación asfalto y desde algunos socavones se deja ver la Catedral de San Marcos.

¿Quién es el guapo que nos garantiza que no vamos a tener a un vigilante jurado que valore si cumplimos con nuestras tareas? Por ejemplo:¿cómo atendemos a un cliente que nos pregunta por un libro? ¿Qué mecanismos de agudeza visual, qué instrumental, manejará dicho representante de la ley para saber si nuestros movimientos son adecuados o confusos, un don de la ebriedad al ir al ordenador a comprobar si tenemos el libro en cuestión, si queda algún ejemplar, buscarlo donde debería estar y, en caso de encontrarlo, ir a por él hasta la estantería y/o mesa correspondiente y entregárselo al cliente? ¿Qué pasa si tenemos ciática: nos harán ponernos el libro en la nariz para comprobar cómo estamos de equilibrio?

Como de momento lo de la uniformidad lo tenemos parado, hemos decidido eliminar las rayas de la indumentaria, por si acaso.

En estas circunstancias en las que remar se ha vuelto un ejercicio en el fango, nos volvemos por naturaleza malpensados. Normal. Quizá nos equivoquemos esta vez y no todo sea tan ¿confuso?

Puede que para incentivar a los libreros que más vendamos -imaginamos que para saberlo también habrá controles en las rotondas y en las calles anexas a la librería, para hacer una batida de bolsas y contenido-, nos incluyan en la lista de candidatos a Miss Diáspora, ese nuevo concurso de belleza y talento natural que premia a los que se fueron, resistieron y lograron abrir mercado. Si ganamos, accedemos al Olimpo de los gondoleros-libreros-con banda. Ancha muy ancha. Da miedo imaginarlo.

Llegado el caso, sólo una paciencia a prueba de clembuterol nos ayudará a soplar rápido en este vidrio editorial que pierde canales por momentos y está intentando mojarnos la camiseta e implantar dispensadores de Ambipur bajo las aguas. Lástima que los controladores no hayan tenido en cuenta que el agua también se paga.

Después de esto no vamos a poner la canción de Hombres G, tranquilos.

 Mañana martes 6 de agosto, a las 20 horas, Julie Bertucelli transplanta desde Australia a  la sala 1 de la Filmoteca, El árbol (2011). El relato sobre la higuera en la que Simone decide instalarse tras la repentina muerte de su padre, convencida de que él se ha quedado allí echando raíces. Transmigración para almas rampantes.

La pregunta de esta semana tiene miga. ¿Creéis que la librería debería impulsar la creación de un lobby de asociados, con derecho a espacio y actividades propias? Tomad partido y financiadnos con vuestras ideas.

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