Conversaciones y entrevistas con Lev Tolstoi

Conversaciones y entrevistas con
Lev Tolstoi – Fórcola

Qué difícil es vender libros de nuevos escritores. Los que están abiertos a ello, en gran medida sucumben mediatizados a la publicidad y a los cientos de periodistas a los que se paga para citar un libro o para que traten en sus artículos y tertulias el tema base del lanzamiento (patético ejemplo el del porno para mamás).

El caso es que parece que los buenos lectores prefieren un inédito más de Nemirovsky, una pequeña edición de un cuento de Cortázar una antología de poesía española a un autor nuevo. Pero en algún sitio alguien desconocido está escribiendo la literatura que se recordará en 100 años, ¿por qué no?

Y por eso nos acercamos a esta recopilación de entrevistas y conversaciones con Lev Tolstoi  aparecidas en periódicos rusos y extranjeros a principios de siglo. Porque aunque algunas son muy malas y no sobrepasan la anécdota, en otras podemos descubrir el pensar tranquilo y sosegado del anciano Tolstoi, respondiendo a las preguntas de los amedrentados periodistas que se acercaban a su casa rural. Y es que, a lo mejor, también preferimos leer la entrevista de hace cien años a un Tolstoi antes que la del último escritor en la revista o suplemento literario de turno. Perfecto para curiosos, tolstones (forofos) y para cualquiera con curiosidad. Un librito de bolsillo que nos mete al viejo y mágico escritor en nuestra mochila.

“…el almuerzo fue interrumpido: se escuchó a lo lejos el sonido de unos cascabeles y se acercó una troika veloz al porche. Anunciaron que había llegado el señor B-v, joven, juerguista y bebedor empedernido. Salió a verlo Mijaíl Lvóvich.

– Y bien, ¿qué pasó? – preguntó con itnerés Lev Nikoláievich, irradiando todo él una cierta y suave sonrisa interior.

– Sí, llegó completamente borracho – respondió Mijaíl Lc¡vóvich-. Un compañero lo trajo consigo, pero no puede ni caminar, apenas balbucea … Dice que quisiera conversar sobre el alma.

– Y tú, ¿qué le has dicho?

– Le dije que venga cuando se le haya pasado la borrachera, después de dormir.

– ¿Y qué dijo?

– Que sólo puede venir cuando está borracho. En su sano juicio tiene miedo.

Lev Nikoláievich sonrió silenciosamente y dijo con extrema benevolencia, sin dirigirse a nadie en particular:

– Me gustan los borrachos.

Y largo rato lamentó que no hubieran aceptado al borracho.”

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