La cena

La cena
Herman Koch – Salamandra

A ser padres se aprende dudando a diario, separando el cariño de la moralidad, la admiración de la necesidad de poner orden en las cabezas y en la escala de valores de los hijos. El autor no se anda con chiquitas y desde la primera página de su libro les pone mesa y mantel a los pensamientos, los miedos y decepciones que esto implica.

Koch elige un restaurante como escaparate perfecto para diseccionar el comportamiento humano a través de un menú degustación de lo que les ocurre a dos parejas aparentemente normales, de clase media alta, cuando sus hijos, ante la imposibilidad de sacar dinero de un cajero, matan a una indigente que dormía dentro.

La autopsia es limpia, exhaustiva e hiriente. Un baño de contrastes donde hasta lo que parece más sentido produce tiritona y pavor. Donde las causas son un simulacro, el  del egoísmo como caldo de cultivo de dos familias de tantas, un germen que demuestra que son los hijos los que, a su manera díscola y aparentemente inmadura, dominan y reeducan a los padres. Aquí no son solo los adolescentes los que cruzan la línea y los que intentan crear un estado de bienestar basado en la violencia urbanizada. Ellos son la extensión de unos adultos que pretenden que el incidente se purgue en casa, democráticamente, alejado de los focos de los programas sensacionalistas y de una sociedad que olvida pronto.

La cena es un espejo donde los padres se sienten cogidos en falta porque ven en sus hijos aquellas huellas de nacimiento que no han podido –ni han querido- borrar y que son altamente peligrosas. Bestias que saltan de generación, ocultas bajo gorras de Nike, alentadas en vídeos exhibicionistas en YouTube. En una vida cotidiana que transcurre en dormitorios con la puerta cerrada, en móviles que pierden su privacidad, en un éter que reconstruye lo que parece que ha ocurrido desde un ángulo caprichoso y mordaz, a menudo humorístico, que deja al lector con esa mezcla de duda y de culpa propia del testigo indiscreto.

El libro de Koch es la muestra brutal de que muchas veces los hijos, para poder huir de sí mismos y salvarse, terminan por parecerse más a sus padres, para neutralizar cualquier acción racional que lleve al castigo y al cumplimiento de una pena. Porque como con tanta certeza apuntó Javier Cercas en su último artículo de El País Semanal, “quizá no hay ética sin empatía”. Obligatorio

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