La vegeteriana

La vegetariana
Hang Kang
Traducción de Sunme Yoon
:Rata_

Yeonghye, el personaje sobre el que pivota esta novela, ha decidido hacerse vegetariana, dejar la carne de lado e ir abandonando poco a poco las necesidasdes alimenticias de cualquier ser vivo. La carne es «signo de bonanza, de poder, de nutriente necesario para seguir creciendo y compitiendo entre la elite», explica Gabi Martínez en el prólogo.

Una de las curiosidades de La vegetariana es que la voz de la protagonista apenas se manifiesta. El lector tiene cierta información de ella a través de unos sueños que la mantienen en estado de letargo. Son precisamente esos sueños, y la interpretación que hace de ellos, los que la apartan de la ingesta de carne. Los narradores, por tanto, son otros tres personajes: el marido, el cuñado y la hermana -en ese orden.

En clave de tríptico, Hang Kang cuenta la experiencia de los familiares junto a esta joven que va perdiendo el brío, belleza y la gracia -si alguna vez la tuvo-. La montaña se desmorona, se dice varias veces en la novela, y con ella arrastra a todo aquel que en algún momento la coronó.

Tanto la parte que narra el marido, como la que narra el cuñado, tienen el pulso del thriller. En ella se deja ver una narradora con punch, donde la acción ocupa gran parte de texto. Es fácil caer en el spoiler si uno se extiende en el argumento. Puedo decir, para compensar, que la novela se precipita por lugares inusuales que producen, por momentos, fascinación y sorpresa.

La tercera parte está narrada por la hermana de Yeonghye. Ésta es más pausada y melancólica. En ella se aprecia el patriarcado en el que vive la sociedad surcoreana, la desprotección y el abandono al que se ven abocados sus personajes.

La convivencia, la familia, el deseo, la tensión sexual, el cuerpo, el arte y sus peregrinas y necesarias contradicciones, así como esa extrañeza que a veces es vivir, caminan cogidas de la mano.

Conforme la narración se desarrolla, los hechos  se van haciendo su hueco irremediable  en la realidad que desborda a todos los personajes de esta novela inquietante y provocadora.

El libro lo complementa abundante material extra, algo inusual en este tipo de formato. Además del prólogo al  hice alusión al inicio, cuenta con una entrevista con la autora y un texto de la traductora. La vegetariana recibió el Man Booker International 2016.

@cercodavid

Tiene que llover

Tiene que llover
Karl Ove Knausgard
Traducido por Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo
Anagrama

Título húmedo el que ha utilizado  Karl Ove Knausgard para la quinta entrega de Mi lucha. Y aunque es el menos poético de todos, razón no le falta, porque si deja claro algo en este volumen, el más largo hasta ahora, con 691 págs. en la edición en español, es que la geografía y el clima también le han forjado el carácter.

En Tiene que llover se comienza narrando un viaje de vuelta a casa sin dinero y sin comida, con las hechuras de un  beatnick nórdico que busca con deseperanza su propio On the road.  El escritor noruego relata las andanzas de 1988 a 2002, con la ciudad de Bergen como epicentro, cuando las dudas, el miedo y la frustración del veintañero que fue rezuman como gotas de sangre en la piel.

Knausgard se acerca al estereotipo de escritor atormentado, bebedor y autodestructivo que, en la lucha por encontrar su camino en el mundo de la literatura, se enreda hasta dar de bruces con borracheras que degeneran en violencia, autolesiones y una diversidad de pérdidas de control que el escritor cuenta al detalle.

En Bailando en la oscuridadla cuarta entrega- ya había dado claras señales de su incipiente vocación de escritor. En esta entrega la lucha contra la hoja en blanco se vuelve  tema principal -también en Un hombre enamorado lo fue-, así como sus relaciones de pareja, el azote de su padre, sus miedos más íntimos: ahí están la eyaculación precoz, el complejo de inferioridad subyacente y una baja autoestima punzante y desoladora  a la que combate como puede.

Todas estas cuestiones se abren paso en la novela y crean un microcosmos adictivo, que de pedestre en la realidad, se convierte en  literatura.

El fraseo largo, los párrafos cortos alternados con grandes bloques, junto a los diálogos, le dan una textura, a esta quinta parte de Mi lucha, más que sugerente. Entiendo que el trabajo de los dos traductores para que el todo fluya de esta manera ha sido importante.

Tiene que llover, para mi gusto, no es la mejor de las cinco partes.  Pero es tan necesaria como las otras. Aun así  hay momentos de gran lirismo y aborda las descripciones y los paisajes con gran sensibilidad.

Por otro lado, tiene la elegancia de engarzar con finura cada escena y cada página, a pesar de la voluminosidad. Construye breves ensayos literarios que iluminan el relato de lo cotidiano. Tiene un gran ojo para el detalle, siempre de lo macro a lo micro.

Aunque quizá, lo que convierta a Karl Ove Knausgard en un escritor arriesgado y valiente, son esas páginas en las que ahonda en la complejidad del ser humano, donde no duda en exponerse personalmente, como un cordero abierto en canal. Pero no por la falta  de pudor, sino por la hondura de su apuesta.

Si Michael Leiris hablaba de La literatura  considerada como tauromaquia, donde el escritor es un tipo que en cada párrafo se juega la vida, no hay duda, Karl Ove Knausgard es uno de ellos.

@cercodavid

 

 

 

La fabulosa taberna de McSorley

La fabulosa taberna de McSorley
Joseph Mitchell
Jus Ediciones
Con El secreto de Joe Gould (Anagrama, 2000) el periodista norteamerciano Joseph Mitchell pasó a formar parte del canon de muchos cronistas aspirantes a escribir el relato no oficial de su propia ciudad.
Mitchell buscaba en las rostros ajados, en las callejones, en las tabernas historias que mostraban la cara b de un Nueva York alternativo, a veces sucio y pobre, marginal y bohemio.
Eran relatos que por cotidianos, o por no ser protagonizadas por personas con renombre, aunque no por ello carentes de interes, se perdían en el barullo inasible de la Gran Manzana. Mitchell encontró en el perfil y en la crónica local su espacio como periodista. Y en las publicaciones locales, y más tarde en el New Yorker, su plataforma para dar a conocer ese universo tan personal y tan humano.
La fabulosa taberna de McSorley es una selección de textos que Jus Ediciones ha publicado y que rompe con el silencio depués de la muerte del periodista en 1996 -al margen de la edición de Anagrama por su 50 aniversario-. Es precisamente con ese mismo título con el que arranca la primera crónica del libro.  El título  ya había sido utilizado en una de sus anteriores recopilaciones.
Con gran exquisitez, Mitchell reconstruye la historia de esta taberna mítica, la de McSorley, que pasa de padres a hijos, y pasa por las manso de un policía que había formado parte de la clientela. Buena cerveza, cebolla y huevos duros como aperitivo se mezclan con el olor a serrín en este bar que pasó de rositas por la época de la ley seca.
Esta primera narración es un muestra de la manera que tiene Mitchell de mirar el mundo. Paciencia, un buen enfoque, la capacidad para transmitir ambientes y las conversaciones bien colocadas, aunque quizá diluidas en vagos recuerdos, consiguen que el lectoresté sentado ahí mismo y con un codo apoyado en la barra de la taberna.
Antes de que cayera en un bloqueo absoluto, que duró 30 años, Mitchell se había recorrido “la Gran Puta de Babilonia y la madre de todos los engrendros”. Su caracter afable y su don de gentes ayudó a que entrara en las vidas de las personas.
En esta selección podemos leer sus encuentros con Jane Barnell, la Mujer barbuda, o con la niña prodigio, remilgada y pedante, Phillippa Duke Schuyler, que toca el piano y canta como un pajarillo oscuro. O leer pequeñas instantáneas que captan el espíritu de un bar como el Vissage o ser partícipe del cambio de humor en una pareja que ha ido a tomarse unas almejas con whisky o el de un tipo cualquiera que después de seis semanas de abstinencia vuelve a caer en la trampa del alcohol.
Las crónicas muestran a veces la propia experiencia del autor mientras se cuela en la intimidad de sus personajes. Las escenas cotidianas se nos presentan sin el letargo de las horas que Mitchell tuvo que gastar para llegar a esos encuentros y situaciones.
En Los cavernícolas Mitchell va tras una pareja con problemas económicos que no se toman nada bien lo que el periodista ha publicado sobre ellos. No le falta sentido del humor al periodista cuando intenta enviarle de regalo una botella de licor, después de que “el cavernícola” se la ha arrojado con todas sus fuerzas, con la fortuna de que se rompe contra una pared en vez de contra su cabeza.
Otras, en cambio, el cronista es un espectador que no aparece. O aparece sin aparecer, porque MItchell siempre está dando forma a las situaciones. Indicando qué es lo relevante, quien pasa a ser el protagonista.
Gran parte de los personajes que pasan por estas páginas son freaks, como si Mitchell buscara en los márgenes, en lo raro, su razón continua de búsqueda. Fue con Joe Gould, El Profesor Gaviota, incluído en esta selección, después de hacer una relectura de su propio artículo, que Mitchell obtuvo su mayor reconocimiento. No escribió nada más. New Yorker lo mantuvo en plantilla hasta su retirada, como un fantasma que da lustre al pasado.
La fabulosa taberna de McSorley se divide en tres partes. La primera, mucho más amplia que las dos últimas. Lo que las comunica es la ambición de querer captar lo que una ciudad como Nueva York da de sí, para un hombre que venía de Carolina del Sur. Es la historia que otros muchos han vivido, la del hombre de provincia que llega a comerse la gran ciudad y acaba encontrando en ella una forma de vida.

Tierra de campos

Tierra de campos
David Trueba
Anagrama

Hay dos tipos obvios de reseñas sobre novelas (positivas y negativas), pero uno diría que debería existir un tercer tipo de reseña: para las novelas que cuentan historias que importan. Sobre la gente que importa. Sin necesidad de defenderlo así, ni de reivindicarlo. Simplemente en un recorrido por el tiempo que sucede dentro de un viaje por Castilla, y que adquiere tintes de retrato generacional.

Hay algo muy especial en esas novelas, que solo de tarde en tarde nos caen en las manos, en las que los personajes nos parece que podrían haber formado parte de nuestro círculo de amigos. Y nos hacen caer en la cuenta de que, más allá de nuestra etiquetado social (y por lejos que estemos de la vida de un guitarrista de rock), a la gente nos van pasando y nos van concerniendo las mismas cosas (aunque siempre de una manera diferente, por eso sigue habiendo novelas, y buenas conversaciones, y encuentros).

Gus, Dani, Animal… es inevitable encabezar con Gus, el recuerdo de los amigos que forman el grupo musical, Gus, ese chaval deslumbrado por el éxito y la posibilidad súbita de reinventarse frente, a la marginación del pasado, en un personaje irresistible que arrasa con todo por un mundo donde todo vale. Dani Mosca, el centro de gravedad de este relato generacional, es un tipo que toca y toca la guitarra y sigue tocando sin angustias creativas y a la vez sin tregua, alguien que va escribiendo la novela, en primera persona, pero a menudo contándonos las historias de otros, de sus amigos, de sus padres, de las chicas que quiso, de las cosas que le pasaban a la gente en medio de un país que, como se dice en algún lado, transitó de la dictadura franquista a la dictadura del éxito económico sin demasiado avance moral, con las consecuencias conocidas. En cuanto a Animal, al que su apodo ya define, es el tercer amigo imprescindible para el equilibrio, el especialista en eliminar falsas trascendencias con un comentario zafio, pero certero.

Mención especial merece el padre de Dani, representante emblemático de una generación que mantenía el empeño de llamar a las cosas por su nombre (“procura no trabajar para ricos, nunca van a apreciar tu trabajo porque ellos no saben lo que es”) y que nunca ha perdido el instinto de vivir pegado a la tierra y de charlar con los vecinos en la calle.

La prosa de la novela remite al pulso rebelde de ese chaval de barrio que no olvida sus fuentes por el éxito y que renuncia a adquirir los códigos más estilizados de cierta pose intelectual; tiene un punto de generación beat. Es la prosa de una literatura real, sin preciosismos ni moralejas sentimentales, la que escribe un tipo a los cuarenta y tantos años para repasar el tiempo sin más, sin un porqué; una prosa que no mitifica ningún recuerdo ni se deleita en sí misma y que no obstante logra que nos leamos cuatrocientas páginas en una semana, a pesar de un sinfín de ocupaciones.

En las páginas finales, asoman dos reflexiones que iluminan la novela y le dan una cierta trascendencia, una profundidad de la que el autor parecía haber huido hasta ese momento. No puede adelantarse aquí mucho más, para el que aún no haya leído hasta ahí. Solo que uno siente que esas páginas finales podrían llevarnos a un tiempo de más verdad.

Sí vale la pena repetir ese agradecimiento a las novelas que nos llevan por las vidas de la gente que importa, que no es noticia pero que hace importantes las vidas de quienes tienen cerca. Un amigo en el momento adecuado, nuestros padres, los libreros de La Buena Vida… personas humanamente extraordinarias que se empeñan en parecer normales, como seguramente le pase también al autor (lo que distingue además a David Trueba, entre otras cosas, con perdón, es que sabe contar historias de puta madre).

Emilio T.

Escribir, tan solos

Escribir, tan solos
Carlos Skliar
Mármara

La soledad es el dulce castigo al que está condenado el escritor, también el lector. La soledad como campo de batalla, como amigo al que mimar y, en ocasiones, como enemigo al que combatir. ¿Cuántas veces se ha explayado alguien tanto a solas que cuando ha querido levantar la vista no ha encontrado a nadie? Se dice que la amistad hay cuidarla, cultivarla. Lo mismo ocurre con la soledad. Carlos Skliar (Buenos Aires, 1960), escritor e investigador, se ha adentrado en este territorio de sombras para “sugerir una suerte de biblioteca de la soledad”. Con esta sugerente idea, el escritor argentino nos ha dejado un libro complejo, poético, filosófico y hermoso.

Si bien al principio, en este recorrido anatómico por la soledad, como experiencia universal, el lector se puede ver algo perdido, sólo se tiene que dejar acompañar -qué paradoja- por las elucubraciones que su autor va hilando, hasta verse envuelto en una suerte de ambiente en el que  afloran pequeñas y jugosas certezas. La soledad, viene a decir Skliar, puede ser virtud, deseo, salvación, silencio o secreto propio.

Los episodios se agavillan con escritores con nombre propio. De Rimbaud a Juarroz.  Sin olvidar a Herzog. El escritor argentino brujulea a través de la literatura universal. Se para con Leyshon y aquel libro que tanto nos gustó en La Buena Vida titulado Del color de la leche. O si no, profundiza en la novela de Coetzee, Esperando a los bárbaros.

El mito de la existencia de los bárbaros se ha hilvanado de generación en generación y es el miedo aquello que hace respirar a una ciudad que cierra su alma cuadno cae el sol y la noche no resiste la brisa de las sombras.

Por momentos da la sensación de que el autor olvida su primer propósito y su única intención es seguir repasando aquellos libros de los que en algún momento se enamoró. Porque Escribir, tan solos es un libro que habla sobre otros libros de un hombre que vive para los libros. Y es verdad que el poeta -Skliar ha publicado libros de poesía-  encuentra, entre iluminaciones y metáforas, el momento adecuado para volver al tema central.

Escribir, a veces, porque no hay nada que decir, y encontrar allí el sentimiento sobre todo aquello de todo lo qeu no se está sintiendo: escribir en le tedio sustancial del aislamiento, escribir como soledad ensimismada.

Escribir, tan solos es un libro que seduce al lector. Sus reflexiones, su parsimonia, como queriendo luchar contra el sino de nuestro tiempo, su singular vocación de manual de literatura, su complejidad y su sencillez -valga la contradicción-,  hacen de él un libro que se abre en canal, un animalario hondo y abierto con la soledad como centro.

Hay páginas que brillan por sí solas. Son las ideas y la poesía que todo lo desborda lo que hace que uno se deje arrastrar hasta lo más profunda de la soledad, esta vez no impuesta, sino elegida.

La soledad es como un oleaje, pero el mar nunca sabe que es el mar.

@cercodavid

Las barbas del profeta

Las barbas del profeta
Eduardo Mendoza
Fondo de Cultura Económica

Lo advierte el escritor catalán antes de empezar: esto no es un comentario sobre la Bilblia. Sí lo es sobre aquella asignatura que impartían en el colegio denominada Historia Sagrada. Por eso, y porque fechas tan señaladas como éstas son inmejorables, me he acercado a la revisión que el Premio Cervantes hace sobre alguno de los pasajes que más le marcaron, y sobre el conjunto de mitos que tanto han influído en la cultura occidental.

Le presta mucha más atención a la primera parte de los textos sagrados. Para un descreído, el Antiguo Testamento es una fuente inagotable de sorpresas y un motivo constante de reflexión, explica Mendoza que, a su vez, navega por este paisaje mítico con la mirada de un humanista, sin más bagaje que sus lecturas y la capacidad de no verse atrapado por el significado trascendete de sus símbolos.

No exento de ironía, el autor de Sin noticias de Gurb se acerca a la creación, a la Torre de Babel, al diluvio universal, entre otros acontecimientos. De este último confiesa que, después del castigo diluviano, es el único episodio digno de mención. “Según la doctrina cristiana, Dios creó el universo, compuesto de billones o trillones de glaxias, agujeros negros y muchas más cosas tremendas con la única finalidad de poner en un planeta insignificante a un ser pensante que desde el primer  momento no le iba a causar más que nmolestias”.

Glosa a Caín y a Abel. Caín fue fundador de la primera ciudad. Por eso en el imaginario cristiano la ciudad siempre ha tenido mala fama, un lugar de perversión donde las almas se corrompen. No hay más que echar un ojo al la Puerta del Sol a hora punta o pasar un verano en Magaluf, al calor sonoro del chunda chunda. Al contrario que en la cultura Clásica, donde la ciudad era el espacio en el que representaba los valores más excelsos de la ciudadanía.

No podía dejar fuera a Abraham y a su hijo Isaak. Y a sus nietos Esaú y Jacob, este último en la línea de Caín: un malo malísimo que también dejó huella en el imaginario de Mendoza: “(…) un tipo trapacero, emprendedror y sin escrúpulos”.

También pasa por el periplo del pueblo judío y sus profetas. Y así hasta llegar al Nuevo Testamento, del cual deja un testimonio anecdótico.

Mientras leía Las barbas del profeta, no  he dejado de recordar el magnífico libro de Roberto Blatt, Biblia, Corán, Tanaj (Turner, 2016), un ensayo que pone en común las tres grandes religiones monoteístas que partían de un mismo punto, aunque la historia y el hombre las alejó. Si bien son dos libros diferentes, son complemetarios, y ayudan a pasar la Semana Santa de otra manera, al margen del folclore y de los tópicos.

@cercodavid

La noche, la resaca y el Día del Libro de 2017

Como cada año, con toda la pereza que da preparar una fiesta y con las ganas de que llegue y poder disfrutarla, hemos preparado nuestros suculentos planes para los días 21, 22 y 23 de abril.

Ven a disfrutar del 10% de descuento en la compra de libros con la excusa de nuestras propuestas:

Viernes, 21 de abril, a las 21:00 horas
“Una habitación propia”, de Virginia Woolf
La versión teatral que reestrena en el Teatro Español dos días después de venir a la librería, en versión de María Ruiz interpretada por Clara Sanchis
Una escritora da una conferencia ante unas jóvenes estudiantes, sobre el tema de “las  mujeres y la literatura”, en 1928. Sus palabras, irónicas y afiladas, son el relato vivo de un  descubrimiento: para dedicarse a la literatura, una mujer necesita dinero y una habitación propia. Sólo hace nueve años que se le ha concedido el voto a la mujer.

También puedes sacar entradas para verlo a partir del 27 de abril en el Teatro Español (sala Margarita Xirgu)

Sábado, 22 de abril, a las 18:00 horas
Presentación de “Zona Reservada” la primera revista cultural juvenil, hecha por y para jóvenes de 12 a 17 años.
Los autores de sus textos y miembros de la redacción presentan el número 0 de esta publicación que aspira a crear una espiral de jóvenes inquietos que atraiga a toda una comunidad interesada en la literatura, el cine, el cómic, la música, los videojuegos y la creación artística en general. Están invitados fundamentalmente chicos de esas edades, pero también profesores, editores, …

y a partir de las 21:00 horas
Os invitamos a compartir una copa de vino y algo de picar mientras nos celebramos eligiendo próximas lecturas y disfrutando de la librería entre amigos.

 

 

 

Domingo, 23 de abril, a las 12:30 horas
Javier López Facal y Germán Huici. Un aperitivo para pensar.
No se conocen, residen en Madrid y no comparten generación ni movimiento creativo ni intelectual alguno. Pero hemos decidido juntarlos en un aperitivo porque la lectura de ambos es de las cosas más positivas que hemos tenido en la librería. Nos permiten adivinar un talento, cultura y perspicacia que fluye libre debajo de este aparente páramo en el que vivimos. Si los conoces, no hace falta que te digamos mucho más. Si no los conoces, confía en nosotros y ven dispuesto a compartir un aperitivo divertido y estimulante que te dará qué pensar mientras hablamos de sus respectivos útlimos libros “La hoja del olmo no es perfecta” y “El dios ausente”.

Puedes reservar tu plaza para las actividades del viernes y del domingo en la librería o en este enlace

 

Los días raros

Los días raros
Ovidio Paredes
Trabe

Octavio vive en Oviedo. Tiene una vida de provincias que podría ser serena y apacible. Y aunque en realidad lo es, hay todo un mundo ahí afuera que lo aflige. Los días raros es un diario que encuentra en las cosas sencillas, en las pequeñas dificultades del día a día, su razón de ser.

La homosexualidad, las lecturas y el cine, la música, los recuerdos de haber trabajado en un librería, el anhelo por atrapar con palabras  las tardes de lluvia, como si sus gotas se deslizaran como una sonata de Satie en busca de un oído que le preste  atención, se desencadenan en estas reflexiones que cubren la primera mitad del año 2106.

Paredes despliega sensiblidad impresionista en cada trazo que esgrime. Sus comentarios por la enfermedad de su gata Francesca, la relación con su marido Íñigo, los paseos con su madre,  los cumpleañso familiares, las injusticias que ve en el mundo, las impertinencias de los otros y sus temores, las traiciones, generan empatía por la sencillez y la honestidad que respiran.

No hace falta leer muchas páginas para advertir el carácter hedonista del escritor asturiano, siempre al acecho de un asiento en una terraza con un buen libro y, a ser posible, con un vino o un gin tónic. En oposición, asoma la sombra de la depresión por la que pasó el autor, y las desventuras que una persona puede sufrir por su condición de homosexual en un ambiente opresivo.

El escritor también ejerce de crítico en diferentes medios. También de poeta, aunque eso es otra cosa. Por lo que las lecturas se suceden y se engarzan. Son ese paquebote que lo salvan del tedio, de la rutina, de las largas horas de los lunes al sol. Los comentarios de libros van de allá para acá, sin aparente orden ni control, más allá del buen gusto y de ese espíritu arbitrario y aventurero en el que todo librero, o lector abierto y sin prejuicios, se puede reconocer.

Mientras tenía entre mis manos  Los días raros, sentía la extrañeza de leer algo cercano pero a la vez muy diferente a aquello que ocurre en la gran ciudad. Me gustó especialmente el texto en el que visita las librerías de Madrid, con la esperanza de que en algún momento nombrase La Buena Vida entre sus incursiones literarias. No fue así. Pero tampoco importa porque la lectura se disfruta. Igual hay suerte  en la próxima entrega.

@cercodavid

 

 

Drogadictos

Drogadictos
VVAA
Demipage

La mesura no es la característica principal de los adictos a las drogas. Aunque demonizarlas es tan  alarmante como ponerlas en un pedestal. Aun así, en el uso, y no el en abuso, en educar, en informar, en poner los medios adecuados, está el equilibrio.

Lo explica muy bien Antonio Escohotado en Historia general de las drogas: la misma soga que sirve al escalador para coronar la montaña le sirve al suicida para ahorcarse, concederle el mérito de lo uno o echarle las culpas de lo otro a la soga es una insensatez.

De esta misma cita echa mano Juan Bonilla en uno de los 12 cuentos de los que consta este volumen que hace de la adición a las drogas su piedra angular. El escritor y poeta gaditano cuenta su experiencia con el MDMA en lo que parece un relato biográfico. El viaje -en la jerga- lo hace  mientras trabaja en Barcelona  para la mítica publicación Ajoblanco, dirigida por Pepe Ribas. El cuento se titula Entre dos aguas, para mi gusto uno de los relatos más conseguidos. El personaje de Bonilla encarna al que busca en las drogas la experiencia de lo nuevo, el placer, pero también el conocimiento. El miedo y la angustia a verse embarcado en un mal viaje lo lleva a ambrazarse en una experiencia grupal, guía incluído.

Aunque no todas las adicciones que  Drogadictos muestra están tan planeadas e intelectualizadas. En el caso de Carlos Velázquez, el autor de la Biblia Vaquera narra su idilio con la cocaína peruana, una de las mejores del mundo, según explica. Vibra el cuento en el empeño de mostrar la peripatética imagen del escritor -el cuento también está teñido de aparentes toques biográficos- fuera de sí. Velázquez derrama gracia y desparpajo, mientras sus vida se consume por la nariz.

Peor suerte corre el personaje de Richard Parra, destrozado física y mentalmente por los abusos de base. No es el caso de Irazoki, el poeta navarro escribe  con brevedad el placer familiar del cultivo y consumo de tabaco.

Lara Moreno cuenta el idilio con el opio con una niña cuando se instala junto a su novio en un edificio del extrarradio. O la arqueóloga que Marta Sanz pone en relación con el orfidal. Estas  son algunas de las narraciones que conforman este viacrucis de las adicciones.

Cierra este volumen un cuento de José Ovejero. El autor de La invención del amor (Alfaguara, 2013) deja a un lado las sustancias y  cuenta su experiencia con su insaciable necesidad de tener sexo. Ficción o no ficción, la droga sigue siendo un tema literario. De Baudelaire a Valle-Inclán pasando por Huxley y la Generación Beat se ha escrito sobre cómo el hombre ha buscado extraños caminos de evasión al que ahora se suman este puñado de historias.

@cercodavid

Knockemstiff

Knockemstiff
Donald Ray Pollock
Literatura Random House
Traducido por Javier Calvo

Si entras en  Knockemstiff,  hay algo que va a cambiar en tu percepción del mundo. Este nombre de difícil pronunciación no es sólo el título de un libro con un puñado de buenos cuentos, sino el pueblo donde nació y creció su autor, en algún lugar perdido de Ohio.
En Knockemstiff no hay salida ni esperanza. La crudeza con la que Ray Pollock retrata a los personajes, y el entorno en el que los echa a andar, es ese lugar en el nunca desearías crecer: un microcosmos salvaje, amoral, donde alcohol, drogas, violaciones son moneda de cambio.
El autor de El banquete celestial maneja una prosa sutil y contagiosa, con imágenes certeras, para describir la vida de estos declasados que se dejan reventar las costuras por el día a día.
El lumpen es tan literario que ha habido  escritores que han hecho libros con los despojos humanos. Esa es la línea de Ray Pollock. Aunque él  levanta las alfombras y saca de debajo de ellas lo que pocos se atreven.
Mientras leía estas historias me preguntaba qué es lo que tanto me fascinaba. Supongo que era poder asomarme a un mundo tan horrible, salir vivo de él,  perplejo, pero sin una gota de sangre en la camisa.

@cercodavid

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