El cielo oblicuo

CieloEl cielo oblicuo

Belan Garcia Abia – Errata Naturae

Se podría leer como un poema con epílogo. Un poema que busca nombrar para entender. En El cielo oblicuo una mujer lucha contra, y en, la fatiga de convivir con la maternidad impuesta. La imposiblidad de ser  entronca con un lenguaje voraz, bello y destructivo a la vez. Hay una potencia implícita, una ira, en la voz la narradora que arremete con fuerza contra aquello que la rodea. Y el lector no sale indemne.

El útero es un arma de doble filo, un cubículo en el que es posible la armonía y la enfermedad. La escritura es un posible vehículo de salvación.  Aunque no siempre. La realidad es la crudeza de los días y el vano asir con el que las palabras buscan un sentido de lo que acontece. Los miomas, los pechos, la vulva… el mundo femenino convertido en monstruo.

Belén García Abia ha escrito una novela poética, y breve, salpicada de referencias literarias. De la Yerma de Lorca a la exquisita locura de Pizarnik, pasando por Lispector, santo y seña de identidad de muchas poetas. De la mujer que busca a través de la escritura el sentido de la vida y de sus dificultades para ser y estar en un mundo de cicatrices y costuras parece tratar El cielo oblicuo. Son duras las palabras que supuran poesía. Porque es eso, poesía, lo que el lector encontrará en este cielo en desequilibrio.

David García

 

La edad de merecer

La edad de merecer
Berta García Faet – La Bella Varsovia

“Todo tanteo es tanteo a ciegas”.

La edad de construir, de merecer, es una expresión que siempre parece algo del futuro cuando eres joven. Un momento que aún tiene que llegar, porque todavía las heridas dejan huellas blanquecinas en la piel. Ya se conocen los cuerpos desnudos, la contradicción teje con los hilos de las expectativas un tapiz decepcionante. Los recuerdos están calientes, manchan los días pero ya son habitantes del pasado.

Crecer son dientes (que crecen)” dice Berta García Faet (1988). En La edad de merecer la intimidad es una experiencia que se recita bajito, como una oración capaz de resucitar los recuerdos. El sexo y sus miedos, el paso del tiempo y la música que se transforma en poesía son paradas de este recorrido por la madurez, un viaje lleno de tanta desesperación como la de Ingrid Bergman intentando escapar de Strómboli.

Y, en la cima de todos estos miedos y errores que construyen los cuerpos, como la caldera del volcán, está el amor. La última parte del libro condensa las palabras de amor que se guardan para cuando todo ha acabado, una correspondencia que recupera el desnudo sentimental de las cartas románticas del XVIII y XIX. Aquí “toda educación sentimental es básicamente lingüística“, se ama al otro porque se puede recitar su lengua, se aceptan los nuevos papeles en un hogar nuevo. Poemas que desvelan la intimidad de cada tarde de recuerdos, que recuperan otros tiempos con una sinceridad limpia, cuando lo perfecto podría desbancar a lo imperfecto.

En la La edad de merecer los poemas son pájaros que emprenden un vuelo hecho de ligereza y aires de otros tiempos. Un libro capaz de llenar la lectura de una brisa fresca, donde los temas más clásicos se mezclan con una visión y un discurso propio de la poesía joven, pero esta vez sin que los rasgos impostados sean los que dirigen la escena. Un libro para disfrutar de la ardua tarea de crecer, que mancha de sangre y garabatos las estanterías de La Buena Vida.

Pilar Torres

Club de Lectura en julio. Mis lecturas de verano: los restos de un incendio

Nos despedimos de un fantástico curso 2014/15 de nuestro Club de Lectura con una siempre heterogénea selección de lecturas para el verano.

Julio es un mes perfecto para atacar libros pendientes y descubrir nuevos registros.

Las sesiones tiene lugar, durante este mes, los jueves a las 20:30 horas y, como siempre, las disfrutamos con algo fresquito, picoteo y un buen descuento en los libros. Puedes inscribirte en la librería o en este enlace.

El programa es el siguiente:

VICENTE VALERO EL ARTE DE LA FUGA.cdr9 de  julio: El arte de la fuga, de Vicente Valero

Este bellísimo libro recrean, desde la ficción, tres episodios históricos singulares (no exentos de misterio y, por tanto, favorables a las hipótesis más arriesgadas) protagonizados por tres poetas míticos: San Juan de la Cruz, Friedrich Hölderlin y Fernando Pessoa. En el primero de ellos se narran los últimos días y la muerte del místico de Ávila en el otoño de 1591 en un convento de Úbeda. En el segundo se siguen los pasos del poeta romántico en su larga caminata desde Burdeos (adonde había llegado sólo cinco meses antes para ocupar un puesto de preceptor) hasta Stuttgart, en la primavera de 1802. En el tercero se describe la noche (8 de marzo de 1914) en que el poeta portugués concibió al primero de sus famosos heterónimos, Alberto Caeiro. Aunque nacidos en épocas muy diferentes, estos tres autores tienen en común, además del altísimo nivel de sus obras, un mismo impulso vital y poético hacia una plenitud que sólo parece poder alcanzarse en territorios extremos (la muerte, la locura, el desdoblamiento) mediante formas de autosacrificio y traspasando fronteras: la frontera de la vida, en busca de la unidad trascendente y definitiva; la de la razón, que llevará a una sintaxis nueva que funde y celebre un mundo sagrado y perdido; y la de la identidad, que propiciará el nacimiento de una voz multiforme que armonice los contrarios
Canciones16 de julio: Canciones de amor a quemarropa, de Nickolas Butler

Henry, Lee, Kip y Ronny crecieron juntos en el mismo pueblo de Wisconsin, Little Wing. Amigos desde niños, sus vidas comenzaron de manera similar pero han tomado caminos distintos. Henry se quedó en el pueblo y se casó con su primera novia, mientras que el resto se marchó en busca de algo más: Ronny se convirtió en un vaquero de rodeo, Kip en exitoso agente de bolsa y Lee en una estrella de rock de fama mundial. Cuando se vuelven a reunir en una boda, todos tratan de recuperar su vieja amistad pese a lo mucho que han cambiado. Entre la alegría del encuentro las antiguas rivalidades renacen y los viejos secretos amenazan con destrozar amistades y amores.

culebras23 de julio: Entre culebras y extraños, de Celso Castro

Entre culebras y extraños se abre con la muerte del padre del narrador, una muerte seca, repentina, sorprendente. Un hecho trágico que marca el recorrido vital del protagonista, un adolescente sensible hasta el extremo, propenso a cualquier enfermedad, demasiado consentido por su madre y constantemente agobiado por el mundo que le rodea. Para sobreponerse a ella se apoya en el amor de Sofía, una adolescente de su misma edad, a la que le une una delicada relación que se rompe y se rehace continuamente, que es a la vez lo más maravilloso y también lo más trágico. Todo cambiará cuando, poco tiempo después, una historia familiar oculta salga a la luz. Él tendrá que refugiarse en su hermana, Vera, una joven rebelde, ya universitaria, que experimenta con las drogas y el alcohol y que, en el fondo, está tan perdida como él mismo.

llamada perdida30 de julio: Llamada perdida, de Gabriela Wiener

Gabriela Wiener escribe sobre quién es y sobre lo que vive, y lo hace con un lenguaje y una sinceridad sorprendentes. En estos relatos autobiográficos cargados de ironía y humor nos invita a sumergirnos en el mundo y la mirada de una mujer que lucha contra sus demonios cotidianos. Aborda temas como la emigración, la maternidad, el miedo a la muerte, la soledad de los cuartos de hotel, la fealdad, los tríos, el misterioso número once, el alejamiento de los amigos… El día a día aparece como un todo complejo y rico dispuesto a revelarse de inmediato.

 

 

Setecientos millones de hundimientos

Vilas1Es media tarde, Manuel Vilas llega a La Buena Vida en chanclas y con vaqueros. El calor no le permite llevar esas cazadoras de cuero que tanto le gustan. A lo Lou Reed. Dicen de él que es el escritor más salvaje del panorama español. Y sus dos últimos libros dan fe de ello. En El hundimiento (Visor, 2015), el poeta no sólo pone la otra mejilla, sino que se inmola con un aluvión de palabras. Certero y decadente, pierde el equilibrio sobre su “siniestra alineación de años”. En Setecientos millones de rinocerontes (Alfaguara, 2015), se sirve de esa mole de animal para crear una metáfora enorme y bestial, donde se guarecen los enigmas de la condición humana. Dos libros y tres temas: el divorcio, el alcoholismo y la pérdida de los padres. Dos libros que conversan y se relacionan, eso que los críticos denominan interliteraridad. Al fondo, la sombra de El crack-up de Scott Fitzgerald.

Cuenta el poeta de origen aragonés (Barbastro, 1963) que el niño Vilas tuvo sus primeras alucinaciones poéticas con Rimbaud y Baudelaire. Después llegaron Machado, Cernuda, Gil de Biedma… Aunque la epifanía más brutal fue con los discos de las bandas pop y rock de la década de los 60 y 70. Y su conjunto de sinfonías lisérgicas aulladas desde el lado salvaje. La combustión que generaban batería, bajo, guitarra y voz le fascinaba más que cualquier conflicto que pudieran contener Los episodios nacionales. “Entiendo a quien le guste, lo respeto, pero yo prefería tragarme toda la discografía de The Velvet Underground“, señala. Desde que el escritor decidió consagrarse a las letras, ha buscado emular la fuerza, la icnoclastia y la pulsión que desprendían esas bandas de rock.

P- Todavía hay gente que se escandaliza cuando dices que la música pop y rock te ha influenciado tanto o más que la literatura.
R- Sí, es cierto. Pero es porque España no ha tenido una literatura pop. La literatura más prestigiosa le ha dado la espalda. No ha sido permeable. Sólo hay que ver la iconografía de los escritores españoles, su manera de vestir y su forma de hablar. En Estados Unidos, escritores como Allen Ginsberg o W. Burroughs desbarataron la academia y pusieron, en cuanto a prestigio, su literatura al mismo nivel. Esto aquí no ha ocurrido. Estar influenciado por estrellas del rock no debería sorprender, es lo normal, vivo en el mundo que me ha tocado vivir y para mí la musica ha sido impotantísima. He vivido en mi tiempo, lo que no he hecho ha sido vivir en el tiempo que vivieron otros. Creo que los dos modos artísticos pueden converger. Porque sean disciplinas diferentes no tiene por qué estar apartadas.

En su infancia, pendían de las estanterías del salón las obras completas de Hemingway, Dos Passos, Kafka o Zweig, pero en la familia, excepto el niño Vilas, no había lectores. Era esa España tardofranquista que veía en la literatura y la cultura un vehículo de redención, de ascensión social.

P- Cuando dices en tu casa que quieres ser escritor, ¿cómo se lo toman?
R- Vengo de la clase media baja, más baja que media. En mi casa no leía nadie, pero a mi padre, desde que era pequeño, le fascinaba el mundo de los libros, aunque no pudo dedicarse a estudiar. A los 12 años tuvo que abandonar la escuela. Pero sí que compró libros. Se los debió de comprar a un viajante. Aunque quería que yo fuera médico, le hacía ilusión lo de escritor. Presuponía que me iba a ir mejor que a él.

vilasEstas dos últimas publicaciones son un descenso a las tripas del yo. “Lo que cambia es el tratamiento”, apunta. Con un pie en la poesía y otro en la prosa, Vilas mancha el papel con las tripas y el corazón. En ellos, el narrador conversa con su padre, lo mira a la cara, se afeita junto a él, lo increpa, lo llora. Aunque es un padre que ni escucha ni ve, porque es un hombre muerto. Tanto en El hundimiento, como en Setecientos millones de rinocerontes, su figura es esencial. Un padre que arde en el recuerdo y recorre España en un Seat 1430. “Mi padre vivió durante todo el franquismo, a veces lo pienso, eso te determina como persona para siempre”, explica. Aunque de una manera menos obsesiva, también hay tiempo para la madre. El poema titulado 974310439 es un canto desgarrado a aquella mujer que no se dió cuenta de que su hijo se había hecho mayor. “Mi madre era de esas mujeres que te llamaban dos veces al día. A veces yo estaba en la otra punta del mundo. Aquellas llamadas me salían por un riñón. Pero sabía que habría un momento en que su número dejaría de iluminar la pantalla del móvil”.

Además del amor por sus padres, el poeta maño tiene una obsesión por los coches, alusión simbólica del poder y el capital. Y por el dinero, un tema que parece tabú en la literatura contemporánea española. Vilas es un experto de la economía familiar. A todo le pone precio. Y si no le pone precio, al menos opina si le resulta caro o barato. Acercarse a sus libros, o a las crónicas que ha escrito para el Cultural de ABC, sobre los viajes por el medio oeste norteamericano es, en parte, la visión que un español medio tiene sobre el precio de las cosas. “El dinero es fundamental en toda mi literatura. Todo el mundo lleva el dinero en la cabeza. El dinero está abrasando el cerebro de la gente, abrasa las relaciones sentimentales. Cuando un hombre y una mujer se apasionan, una vez que ha pasado la pasión, miran a ver cuánto gana el otro. Es como cuando veo una película y no explican de dónde sale el dinero que tienen los protagonistas, o no se sabe en qué trabajan. El dinero es una metáfora del capitalismo, de la mediación y la determinación que ejerce en nuestras vidas. Es la plasmación real cuando el capitalismo se hace carne”, reflexiona.

Si al humor carnavalesco, tan Vilas, le sumamos una sed desaforada -y no es agua precisamente lo que bebe este yo eufórico y poliédrico-, el lector se encuentra con dos libros atravesados por los calambres del alcohol. Tanto en el poemario, como en el libro de relatos, se pasean Faulkner, Dylan Thomas, Fitzgerald, Lowry y el propio Vilas. Una cofradía que, con una mano, deshilacha con la Underwood el alma humana, y, con la otra, descorcha una botella. “La gente, cuando lee a esos escritores, se olvida de que está leyendo a alcohólicos. Tienen las mentes distorsionadas, en el mejor sentido de la palabra”, dice Vilas, mientras destaca que algunos de sus textos muestran una euforia desbordante.

P- En alguno de tus poemas y de tus relatos se cogen grandes melopeas, el lector puede sentir la desmesura de los efectos alcohol.

R- He escrito poemas bajo la euforia alcohólica. La literatura y el alcohol siempre han tenido una relación muy especial. Los vincula la exaltación de la vida y se comunican muy bien. Hay un escritor español al que le debo mucho, Fernando Marías. Cuando leyó el Gran Vilas (Visor, 2012) , me dijo que ese era el libro de un alcohólico. Hasta entonces no me había percatado de eso. El alcoholismo tiene su parte festiva, pero también su lado oscuro.

P- Además de esos escritores mencionados y las estrellas de rock que pasan por estos dos libros, aparece un escritor español, el último rinoceronte negro le llamas, ¿por qué elegiste a Francisco Umbral?

R- Porque es un modelo de escritor que ya no ha continuado. El de ahora es más aseado políticamente, más certeros en su opiniones, mucho más exactos, pero muy aburrido. También quería recordar al escritor popular, tipo Quevedo, que ya se ha perdido. Umbral era el escritor que se montaba en un taxi y el taxista lo reconocía. Era un escritor que llegaba a un montón de capas sociales que no tenían que ver con la literatura, donde no había ni libros ni nada.

P- ¿Ha sido también una manera de tirar de uno de tus grandes temas como es España?

R- Umbral me ha servido para tirar del hilo. Es como cuando la madre de la niña del exorcista insiste en cuidar a la hija y sale la bestia. Pues cuando tiras de cualquier hilo de la transción española, te sale el fantasma.

Manuel Vilas Vilas21sigue desguazando las cavidades del alma con una escritura autobiográfica y realista. Siempre está escribiendo un libro, dice. Tiene un concepto sartriano de la literatura en el que no distingue géneros. Acaso sea un género en sí mismo este poeta amante de los rinocerontes. Y como escritor total, confiesa que la literatura es su vida. Lo demuestra a diario en su perfil de Facebook. Lo usa como una herramienta literaria y de comunicación más. También en sus colaboraciones periodísticas. Se queja del sadismo cultural y la manía de las academias de premiar a los autores cuando son ancianos: “Cuando a Jaime Gil de Biedma le iban a dar el Premio Cervantes, hubo un miembro del jurado que dijo que era joven, que sólo tiene 60 años, y a los 3 meses murió. O el caso Nicanor Parra, que ni siquiera pudo venir a recoger el premio porque tenía 94 años”, explica el el autor de Aire nuestro (Alfaguara, 2009), mientras retumba en la sala el eco bronco de su voz.

La charla va llegando a su fin, e invito a Vilas a que recite algún poema de El hundimiento. Pasa el dedo por las páginas hasta que se decide por el poema titulado Daddy. Recita con pronunciado acento aragonés. Plisa con fuerza cada palabra. Suena hondo, como si de cada una de ellas surgieran setecientos millones de hundimientos.

No bebas ya más, papá, por favor.

Tu hígado está muerto y tus ojos aún son azules.

He venido a buscarte. Mamá no lo sabe…

David García

Tantos días felices

Tantos días felices
Laurie Colwin – Libros del Asteroide

Con las mejores amistades el tiempo no es un factor de riesgo, sino que consigue que maduren, que los lazos se afiancen hasta crear una segunda familia. Así que cuando conoces a alguien todos los esfuerzos están dirigidos a integrarle en tus rutinas: descubrirle libros en La Buena Vida, pasar las noches en nuevos rincones y, sobre todo, conseguir que tu amistad hecha familia amplíe un poco sus fronteras.

En Tantos días felices los protagonistas son amigos desde niños, comparten universidad e, inevitablemente, la confusión de enamorarse. Guido y Vincent pasan del campus a Manhattan y se enamoran perdidamente de dos mujeres con fuertes personalidades. Cada relación está llena de momentos de felicidad y de las ansias de no poder entender al contrario, de no saber descifrar sus silencios. Porque, aunque en el amor no haya forma de entenderse, siempre hay un reflejo en los ojos que arregla todos los problemas.

La primera novela de Colwin traducida al español es un libro decididamente feliz, donde los amagos de la tristeza se superan con tranquilidad, como van pasando los días del calendario. Escrita con diálogos ágiles, las conversaciones de los protagonistas consiguen vislumbrar una verdad epigramática que despierta siempre una sonrisa de complicidad. Una novela escrita para iluminar un poco más los días, para despertar la sonrisa sin trucos fáciles: Tantos días felices es una historia de la intimidad más feliz que nos enseña la alegría de brindar cada día por una vida auténticamente maravillosa.

Pilar Torres

Para acabar con Eddy Bellegueule

paraacabarconeddiePara acabar con Eddy Bellegueule
Édouard Louis – Salamandra

No hace mucho que los informativos y las páginas de los periódicos nos sacudían con noticias sobre el acoso que algunos jóvenes sufren en la escuela. Eran historias que acabaron trágicamente, lo que les dio ese espacio entre los acontecimientos destacados de la jornada. Esta es la sacudida, porque la realidad por desgracia es que estas historias se repiten con más frecuencia de la que imaginamos, aunque no siempre tengan su espacio como noticia del día.

Es más que probable que la historia de Édouard Louis, antes Eddy Bellegueule, tampoco nos hubiese llegado a La Buena Vida, de no haberse atrevido a contarla, ya con otro nombre, su protagonista. Porque quizá una de las peores cosas de estos casos es que no siempre salen a la luz, que el que sufre la violencia lo oculta por vergüenza o miedo y los que la contemplan, a veces giran la cabeza hacia otro lado, quién sabe si por los mismos motivos.

No se trata de una historia cruenta y sin embargo la violencia que aparece en la obra de Louis nos resulta terrible, nos estremece oculta bajo tradiciones, tolerada por la sociedad, y reforzada por algo en lo que no siempre reparamos, el uso que hacemos del lenguaje, tan importante para nombrar la realidad y un arma brutal para atacar al diferente, condenar al que no es como se supone que debe ser y en definitiva normalizar conductas discriminatorias.

Las páginas de esta novela están cargadas de violencia hacia Eddy, una violencia extrañamente consentida por él en ocasiones, como su autor ha reconocido en alguna entrevista. Pero también de censura hacia la mujer que no cumple con su papel de esposa y madre en la sociedad, contra chicos y chicas que no juegan a lo que se considera propio de su sexo…

Es mejor hacer una parada de vez en cuando en la lectura. Parar y recordar que lo que leemos está basado en la realidad, reflexionar sobre lo que aún nos queda por avanzar como sociedad y no pensar que esto ya sólo sucede en pequeñas poblaciones de costumbres arraigadas como la que nos describe Louis. Y si hay dudas, volver a los informativos.

Crónica de mí mismo

Crónica de mí mismo
Walt Whitman – Errata naturae

A Walt Whitman le crecían los versos en la barba, esa maraña donde dormían las mariposas. Su poesía vivía en sus grandes ojos azules, era el fruto del camino y los paseos de un hombre vestido de mendigo, un testigo de la Guerra Civil americana que vivió con pasión épocas convulsas, que soportó el declive del cuerpo y el aparente fracaso de sus versos.

Pero Withman no era un hombre preocupado por la posteridad más allá de Hojas de hierba, su monumental obra que reescribió y corrigió a lo largo de toda su vida y que era su verdadero aliento. Su vida estuvo marcada por la pasión más sincera, esa verdad propia que tanto nos hace admirarle en La Buena Vida. Era un hombre auténtico, cuyas relaciones eran intensas desde el primer momento, tanto que asustaba a los soldados a quienes cuidaba en los hospitales de Washington.

Sus paseos de Brooklyn a Manhattan, o su capacidad de revindicar su independencia incluso después de un derrame cerebal son muestras de la fuerza que gobernaba su interior, la que le empujaba a sobreponerse a los problemas familiares, económicos y de salud. Un fuego que se reflejaba, también, en sus relaciones con jóvenes para los que quería ser una figura admirable, un amor formulado en la sabiduría de la vida.

Crónica de mí mismo sirve como autobiografía de uno de los más grandes poetas americanos exenta de todo egoísmo, sin intentar retratar la génesis de sus grandes obras. El protagonismo lo tiene su carácter, su forma de descubrirse ante los amigos y familia, su afán vital que tocaba a todos aquellos que lo rodeaban. Una fuerza que ilumina sus líneas, que nos anima a despertar toda la electricidad que duerme en nuestros cuerpos.

Pilar Torres

Elogio del gato

stephanie hochet elogio del gato.cdrElogio del gato
Stéphanie Hochet – Periférica

Que nadie busque en esta obra de título tanizakiano un libro ñoño lleno de historias tiernas e insulsas de mininos. Todo lo contrario, Elogio del gato recorre la existencia del felino con cierto aire académico, aunque el tono sea narrativo. Hochet ha trabajado el libro como un TFM, más que como una ficción. Además de la distribución temática de los capítulos -el gato libertario, el autócrata, la mujer y el gato rellenito-, este elogio tiene conclusión y una bibliografía en la que se detallan las obras por orden de aparición.

La joven escritora francesa recorre la presencia del gato por la historia de la literatura, muestra las diferentes percepciones que se han tenido de él. Si en Egipto era un animal sagrado, más adelante era un animal maldito y perseguido. Igual que un periodo histórico simbolizaba la fememinidad o el misterio, en otras era el más vivo representante de la crueldad. Desde Rabelaise, que lo muestra como un traicionero, hasta algunos, como Patrick Rambaud, que ve al Gato con botas como la reencarnación de Napoleón.

Para los amantes de los felinos, Elogio del gato es un libro recomendable, porque además de hacer un recorrido por la literatura, aúna percepciones diferentes y muestra cómo, además de inteligente, el gato es un animal que ha sabido adaptarse a las necesidades del hombre para, al final, ser el hombre el que se adapte a las suyas. El gato como un pequeño dios, como un suspiro que aparece y desaparece y no se deja acariciar. El gato, caprichoso,  libre, salvaje y  literario.

David García 

Siete casas vacías

Siete casas vacías
Samanta Schweblin – Páginas de Espuma

Una casa es el reflejo más claro de lo que somos. En cada una de sus esquinas se transparentan nuestras costumbres, los rincones se tapizan de manías y las estanterías se llenan pronto de nuestras obsesiones. Un hogar pronto se convierte en nuestro mapa mental, construye sus propios castillos en el aire y se ordena por los criterios más prosaicos, igual que entre las estanterías La Buena Vida crecen nuestras locuras.

El ganador del premio Ribera del Duero 2015 es un libro que funciona como el plano de una casa: seis relatos breves, como pequeñas habitaciones en torno a una estancia mucho más amplia, un cuento central más extenso donde se condensa lo extraño y la locura, evidente y soterrada, que sopla por toda la narrativa de Schweblin.

Estos siete relatos están protagonizados por personajes desubicados, seres que han abierto una puerta a un edificio extraño que se construye sobre sus vidas. El estilo de la escritora argentina deja que poco a poco la locura asfixie a los personajes, que la culpa y la pérdida vayan ganando terreno en la vida de los protagonistas. Los personajes de estos relatos son seres desubicados que han perdido las coordenadas de sus caminos y nos les queda más que una lista con la que afrontar sus dilemas.

Siete casas vacías
tiñe el costumbrismo más íntimo de extrañeza, se asoma a la muerte o a la paternidad desde una perspectiva oscura y desubicada, repasa lo complicado de las relaciones familiares y se esconde en los cuartos más pequeños para escapar de las cargas, dejar paso a las obsesiones y esconder los deseos bajo la moqueta.

Pilar Torres

Barcelona. Los vagabundos de la chatarra

BARCELONA VAGABINDOSBarcelona. Los vagabundos de la chatarra

Jorge Carrión – Sagar. Norma Editorial

Barcelona es siempre un buen escenario para cualquier libro. En este caso Jorge Carrión y Sagar observan durante todo un año los alrededores del mercado de Encants Vells.

Tanto el guionista como el dibujante cuentan en primera persona, y dibujándose a sí mismos, como se habían fijado en el creciente número de chatarreros que había por la ciudad. Este llamativo hecho les condujo a investigar, a conocer a los “cabecillas” de estos negocios, a mezclarse con los inmigrantes y españoles que hacen de cualquier trozo desechado de hierro su sustento.

El guión de Carrión es muy periodístico, lo que se defiende en el cómic por la necesidad de dar a conocer y denunciar las malas prácticas de muchos empresarios durante la crisis, y muchos gobiernos, en referencia al tráfico de chatarra. A la vez, los trazos de Sagar son oscuros, los personajes tienen siempre una expresión fiera en el rostro, quizá porque eso fueron lo que percibieron durante sus visitas. Gestos y miradas hostiles de quienes ven como enemigos a todo aquel que se acerca, básicamente porque lo han pasado mal y no quieren perder lo poco que les mantiene.

El carácter “documental” de esta novela gráfica se cierra con una entrevista a Joe Sacco durante una de sus visitas a Barcelona. En esa conversación explican lo que para los tres artistas es el cómic de no-ficción, vinculado al periodismo donde lo que importa es el “compromiso”, que sí encontramos en esta novela, que nos pasea en bici por las calles de Plobre Nou buscando denunciar una situación conocida por todos pero tratada solo de soslayo.

Si vienes a La buena Vida y tienes ganas de mejorar el mundo nosotros estamos deseando de acogerte.

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