La Buena Vida – Café del Libro

A una llamada de tus libros: (34) 915429142

El triunfo de las ciudades

El triunfo de las ciudades
Edward Glaeser – Taurus

Este libro se ha ganado una merecida fama como ensayo sobre las consecuencias que tiene y ha tenido para el hombre y nuestras sociedades la organización en ciudades. Cómo afecta nuestra vida urbana a la cultura, la economía, el flujo de las ideas y nuestra organización social. Desde los datos macroeconómicos, sin olvidar las consecuencias directas en la vida de las personas, este ensayo hace un buen recorrido por la historia de nuestras ciudades. Muy centrado en el urbanismo americano, pero analizado tomando en perspectiva la experiencia europea y otras en la India u Oriente, tanto actuales como en el pasado, el libro se lee con facilidad y nos ayuda a entender la ciudad como una forma de organización que se ha desarrollado de muchas formas diferentes, y que de esta diversidad, nos permite sacar consecuencias de por qué unas ciudades han aguantado en lo más alto de desarrollo durante largas eras y otras, han vivido temporadas de esplendor para luego ser paradigma de la miseria. Un buen libro para todo tipo de interesados en el tema.

Filed under: Ensayo, Historia, , , , ,

Fueras de serie

Fueras de serie
Malcolm Gladwell – Taurus

Vamos a empezar diciendo que este autor no pertenece a la serie de oprotunistas charlatanes de la nada. Detrás de su libro, Inteligencia intuitiva y de éste que nos ocupa, hay datos, investigación y bastante de reflexión y análisis ingenioso. Este libro nos cuenta qué distingue a las personas que destacan por encima de la media, que se salen de la norma. Como tengo un pasado oscuro, diré que El efecto Mateo., lo he comprobado y lo sigo poniendo en práctica con mis hijos. Sobre la regla de las 10,000 horas, qué decir, después de leer los libros sobre los inicios de los Beatles o después de haber asistido anonadado a un concierto de las Agent Ribbons en la librería en el día de libre que les dejó sus 22 conciertos en 25 días en España que se incluían en sus 400 conciertos en los dos últimos años. Este libro desde luego hace reflexionar y permite dejar a un lado algunos mitos sobre la educación elitista, las dotes innatas y los entornos de éxito. Divertido, bien escrito y para darle una vuelta si el tema te interesa. Estoy pensando en este momento en que cuántos escritores acutales cumplirían la regla de las 10,000 horas o la que  se creara equivalente a la misma. Uhmm.

Filed under: Actualidad, política, periodismo y ciencia, Ensayo, , , , , , , , ,

Postguerra

Postguerra
Tony Judt – Taurus

Entiendo bien, después de devorar este libro, porqué dicen que los historiadores ingleses son los mejores. Esta historia de Europa desde el momento en el que termina la II Guerra Mundial se lee de corrido y en cada párrafo, uno encuentra las claves para explicar el presente de nuestro país, el de Italia, el de Inglaterra o Francia, Suecia o Finlandia y, comprender el devenir de la antigua URSS. Fantástico libro, de verdad. Para todas las edades, no hace falta ser un fanático de la Historia, simplemente tener interés en saber. Judd hará el resto. No en vano, le han elegido en Ingalterra el mejor ensayista el año 2008

Filed under: Ensayo, Historia, , , , , , ,

Isaiah Berlin. Una vida

Isaiah Berlin. Una vida
Michael Ignatieff – Taurus

Pearl Harbor
. Estaba en Nueva York destinado como funcionario del Ministerio de Información británico. Mi trabajo consistía en aportar a los periodistas americanos y demás datos sobre el esfuerzo bélico inglés. Ese domingo almorcé en un hotel en Lexington Avenue, y tomé un taxi de regreso al Centro Rockefeller, donde estaba mi oficina. El taxista me informó sobre Pearl Harbor. No puedo negar que, tras el shock inicial, me sentí entusiasmado. [Ya] no había duda sobre qué bando ganaría la guerra. Al llegar a la oficina, me encontré a una colega inglesa escribiendo a un americano que había sido voluntario en la aviación británica y había caído prisionero en Alemania, y justo en el momento en que estaba a punto de compartir mi entusiasmo con ella, comprobé que lloraba. [...] Ella había creído, como Roosevelt, que América podía ganar la guerra sin entrar en [combate], y pensar en las pérdidas que Estados Unidos iba a sufrir la angustiaba profundamente. Hice lo que pude por convencerla de que compartía sus sentimientos, pero no era sincero del todo. La dejé para ver a mi jefe, que estaba exultante, como [...] casi todos los británicos que vivían en América.

Crisis de los misiles. Era profesor visitante en Harvard [...]. Escuché las noticias por la radio en compañía de un gran número de estudiantes que se habían congregado en una de las salas de la Universidad. Los estudiantes, al igual que uno o dos profesores, estaban muy deprimidos. La guerra les parecía inevitable y, con ella, la utilización de armas nucleares y los horrores más inimaginables. Yo estaba convencido de que la Unión Soviética no se arriesgaría a una guerra global, que no había nada que temer, excepto algún acto de un loco en el poder, y que ni Kennedy ni Kruschev estaban locos [...]. Salí a cenar con un químico francés y dos o tres historiadores americanos e intenté convencerles de que no había ningún motivo para inquietarse y mucho menos desesperar; que el único problema era lograr que los rusos no sintieran que estaban cediendo demasiado y brindarles la posibilidad de una retirada digna. Poco después, me di cuenta de que mi enfoque era totalmente erróneo, que el destino de la humanidad pendía de un hilo, que la posibilidad de una guerra global era mucho mayor de lo que cualquiera con autoridad en los Estados Unidos estaba dispuesto a admitir. Permanecí en mi propio paraíso de los tontos durante otros cuatro días, fui visto [...] como un poco trastornado, como sin duda debí de estar. Mis amigos parecían preocupados por mi equilibrio mental.

Debo subrayar que estaba [...] en una cena de despedida al señor Charles Bohlen, quien había sido nombrado embajador de Estados Unidos en París; una cena a la que asistieron el presidente Kennedy y su esposa. Ese fue el día en el que las fotografías de las bases de misiles rusos en Cuba fueron mostradas al presidente. Se comportó con mucha sangre fría durante la cena, habló sobre política y las noticias del día de una forma (aparentemente) ligera, y en un tono más serio cuando las señoras se levantaron y él salió al jardín, donde comentó con Charles Bohlen, y solo con él, la situación tan crítica. Pero como ninguno de los presentes sabíamos lo que había ocurrido, nuestro estado de ánimo no se vio afectado. La crisis, en lo que respecta al público, solo estalló después de que volviera a Harvard.

Asesinato de JFK. El 22 de noviembre de 1963 llegué a la Universidad de Sussex para dar una conferencia sobre Maquiavelo. [...] Caminaba hacia la sala de conferencias cuando alguien me preguntó: «¿No es terrible?». Pensé ingenuamente que quería decir que era una cosa terrible el tener que ir a dar una conferencia, ya que él sabía, como el resto de mis amigos, la agonía que sufro cada vez que tengo que hablar en público [...]. Por lo tanto, dije: «Sí, me siento fatal, pero supongo que tendré que pasar por ello». Unos minutos más tarde, otra persona me comentó: «Son noticias terribles». Me di cuenta de que algo había pasado y me enteré de que el presidente Kennedy había sido asesinado.

Me resultó imposible continuar caminando. La última vez que me pasó esto fue cuando leí la noticia de la muerte del presidente Roosevelt, en 1945. [...] No me sentí tan violento cuando me enteré de la muerte de Kennedy, pero él también, con todos sus errores, fue un libertador y un héroe [...]. Rogué que me dejaran un intervalo de un cuarto de hora más o menos antes de comenzar mi conferencia. Bebí dos vasos de agua fría, entré en la sala y di mi conferencia con toda normalidad. Estas dos muertes [...] fueron los momentos más oscuros de mi vida. [...]

Guerra de los Seis Días. Durante la Guerra de los Seis Días estaba en Londres. Como muchos otros hombres y mujeres decentes, y particularmente por supuesto mis compañeros judíos, me sentí desesperadamente preocupado por la supervivencia del Estado de Israel. No tenía duda de que Nasser no habría proclamado la Guerra Santa, y sus hombres no habrían hablado de tirar a los judíos al mar o arrasar sus pueblos, sin asegurarse de que tenían suficiente apoyo militar para derrotar a los israelíes. [...] Daba la impresión de que sería una guerra de exterminio, un segundo Holocausto. El hecho de que ningún otro país ni tampoco las Naciones Unidas levantaran un dedo para ayudar a los israelíes era muy mala señal. Escuché la noticia de la victoria israelí después de una cena con el embajador americano en Londres. Los políticos británicos y americanos presentes expresaron alivio por el resultado. Sentí un entusiasmo irreprimible y dije a mi vecino, el editor de un conocido periódico: «Después de todo, hay un Dios en el Cielo». [...] Momentos como este no pueden durar, aunque algunas veces, si uno tiene suerte, vuelven.

Filed under: Biografías, , , , , , , , , , , , ,

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.

Únete a otros 660 seguidores