La Buena Vida – Café del Libro

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Percy Jackson

Percy Jackson
Rick Riordan – Salamandra

A veces en La Buena Vida nos sentimos como se debían sentir los milagreros. Se te acerca una madre que compró el libro que le recomendamos para su hijo con total escepticismo en la Feria del Libro. Él quería el de Pablo Motos, pero la madre pensó eso que hacen todos los padres: tengo que intentarlo. Y un día aparece por la librería y te dice eso de: “tú no te acuerdas de mí pero nos recomendaste este libro para el niño y no sabes cómo le ha gustado. Ya puedo decir que lee. Otros le gustan menos pero al menos ahora los empieza con ganas para ver si le gustan tantos como aquel.” Y tú piensas -¡ups!, hoy da gusto ser librero – y no olvidas el título.

Y eso es lo que nos pasa con las novelas de Percy Jackson. Nos da pavor recomendar series a chavales, porque estamos en contra de ese filón de enganchar a los niños con unos personajes y repetir la fórmula hasta que tengan toda la colección. Pero lo cierto es que hay alguna serie que lo consigue de manera digna y, además, con perfiles muy variados de lectores jóvenes. Este joven mitad humano mitad dios, que debe enfrentarse además de a su adolescencia, a los peligros de estar en dos mundos al mismo tiempo, acerca a la mitología con imaginación y con unas tramas que atrapan a sus lectores. Para los chicos, además, hay menos títulos habitualmente en el mercado, porque las que son negocio son las chicas (fuera de los libros obligatorios del colegio). Pues eso, si tienes un hijo (también es para niñas, eh) entre 10 y 15 años (depende de lo lector y maduro que sea), aquí tienes una posiblidad de apagar la Wii o la Psp. Lo difícil será acertar con lo siguiente, pero para eso estamos los libreros ¿no?

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Tierra desacostumbrada

Tierra desacostumbrada
Jhumpa Lahiri- Salamandra

Creo que este libro es de los que pasan de mano en mano. Cuando lo termines se te ocurrirán varias personas que “tienen” que leerlo.

La manera de narrar de Jhumpa Lahiri me recuerda a cuando era pequeña y los domingos por la tarde mi abuela y mis tías se sentaban a hablar en la sobremesa. Hablaban de gente, de historias pasadas, de lo que les había ocurrido a aquella prima o a tal amiga, de sus matrimonios, de nacimientos, de muertos.

Nunca lo viví como un cotilleo, pues el énfasis no estaba en ridiculizar a alguien o en contar el chisme más jugoso, sino simplemente en desplegar historias de la vida real, contarlas bien, secuenciando la inevitable continuidad en la que estamos atrapados, para reconstruir un sentido en el tiempo.

Hilaban y deshilaban estas historias, observando otras vidas, aprendiendo de ellas, tal vez con la promesa de no cometer los mismos errores.

Las de mi abuela eran las que más me fascinaban, porque podían extenderse durante horas, atravesar un siglo, saltar de un continente a otro, repletas de saltos. Podía empezar con una mujer que había nacido en un pueblo de Extremadura y de repente cambiar al sobrino de ésta que había viajado a Cuba para ganarse la vida, y después sucedía que moría su hijo, y entonces la esposa de éste se volvía a España, etc., etc.

La conclusión de estas historias entrecruzadas nunca era del tipo moraleja clara. Era mas bien como que la totalidad de ellas tenían que tener algún sentido puestas en relación.

Venían a mostrar cómo es el amor, cómo es la amistad, cómo es la pobreza, cómo son las cosas según lo que hemos visto o nos han contado.

El interés de estas sesiones se mantenía en lo esencial, la pregunta básica era “¿y qué pasó?”. Uno tras otro, cada protagonista añadía un nuevo “qué pasó”, y a veces había que esperar a que desfilaran cuatro personajes antes de volver al primero para descubrir lo que había pasado.

Pues bien, así leo yo los cuentos de esta escritora inglesa de origen bengalí. Cada uno despliega una de esas historias, caminos de vida de personas “normales”, cada vida una aventura sin héroes ni grandes conclusiones filosóficas.

El amigo que me recomendó este libro lo relacionó con Natalia Ginzburg, y  coincido en que ambas autoras comparten ese conocimiento de la vida que no se aprende en la escuela o la universidad, que tiene que ver con mirar las cosas desde un sexto sentido, el que utilizamos todos en mayor o menor medida para guiarnos por la vida.

Pero ninguna de las dos se olvida de los demás sentidos, porque saben que el sabor del té, el tacto de un sari viejo, o la visión de un teléfono que no para de sonar tienen tanta o más fuerza para desvelar sentimientos y emociones que largas explicaciones psicológicas sobre un personaje; del mismo modo que mi abuela sabe intuitivamente, que la mejor manera de contarme la guerra de España es formar en mi cabeza la imagen de una olla hirviendo mondas de patata o de una radio arrojada a un pozo.

Me los he leído con el ansia del “qué pasó” y del “por qué”.

Y me quedo con la sensación de que todos nuestros caminos han sido transitados ya, de que seguiremos entusiasmándonos con nuevos proyectos, emigrando para tener una vida mejor, llorando a los muertos, buscando el amor.

Y de que puede que esta vez, tal vez, tengamos más suerte que ellos, porque al menos ya sabemos lo que les pasó.

Pero no hay ninguna receta. P.

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La cena

La cena
Herman Koch – Salamandra

A ser padres se aprende dudando a diario, separando el cariño de la moralidad, la admiración de la necesidad de poner orden en las cabezas y en la escala de valores de los hijos. El autor no se anda con chiquitas y desde la primera página de su libro les pone mesa y mantel a los pensamientos, los miedos y decepciones que esto implica.

Koch elige un restaurante como escaparate perfecto para diseccionar el comportamiento humano a través de un menú degustación de lo que les ocurre a dos parejas aparentemente normales, de clase media alta, cuando sus hijos, ante la imposibilidad de sacar dinero de un cajero, matan a una indigente que dormía dentro.

La autopsia es limpia, exhaustiva e hiriente. Un baño de contrastes donde hasta lo que parece más sentido produce tiritona y pavor. Donde las causas son un simulacro, el  del egoísmo como caldo de cultivo de dos familias de tantas, un germen que demuestra que son los hijos los que, a su manera díscola y aparentemente inmadura, dominan y reeducan a los padres. Aquí no son solo los adolescentes los que cruzan la línea y los que intentan crear un estado de bienestar basado en la violencia urbanizada. Ellos son la extensión de unos adultos que pretenden que el incidente se purgue en casa, democráticamente, alejado de los focos de los programas sensacionalistas y de una sociedad que olvida pronto.

La cena es un espejo donde los padres se sienten cogidos en falta porque ven en sus hijos aquellas huellas de nacimiento que no han podido –ni han querido- borrar y que son altamente peligrosas. Bestias que saltan de generación, ocultas bajo gorras de Nike, alentadas en vídeos exhibicionistas en YouTube. En una vida cotidiana que transcurre en dormitorios con la puerta cerrada, en móviles que pierden su privacidad, en un éter que reconstruye lo que parece que ha ocurrido desde un ángulo caprichoso y mordaz, a menudo humorístico, que deja al lector con esa mezcla de duda y de culpa propia del testigo indiscreto.

El libro de Koch es la muestra brutal de que muchas veces los hijos, para poder huir de sí mismos y salvarse, terminan por parecerse más a sus padres, para neutralizar cualquier acción racional que lleve al castigo y al cumplimiento de una pena. Porque como con tanta certeza apuntó Javier Cercas en su último artículo de El País Semanal, “quizá no hay ética sin empatía”. Obligatorio

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La huella del ángel

La huella del ángel
Nancy Huston – Salamandra

Nancy Huston ya nos había gustado mucho en Marcas de nacimiento. De nuevo una historia con mujeres heridas, esta vez dramáticamente, que luchan por vivir con libertad y siguen su camino intentando no dejar mucha sangre en el camino. Una historia de una infidelidad total, radical, pero tan humana … Personajes misteriosos y herméticos a lo Modiano, pero una historia poblada de acción: los personajes huelen follan, comen, odian, pasean, ríen, sienten.

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Marcas de nacimiento

Marcas de nacimiento
Nancy Huston – Salamandra

Tres generaciones de mujeres. Un pasado que atraviesa su ADN. Un relato sobre las heridas de la historia y las cicatrices que deja en la piel y el alma de las personas… incluso generaciones después. Nancy Huston es una canadiense que escribe sobre personas heridas, en especial mujeres. Pero lo mejor es que sus personajes, aún condicionados por sus pasados, construyen vidas de verdad. Uno piensa en todas las personas que hay detrás de las guerras y desastres que aparecen en los personajes y ve en cada una de ellas, en sus hijos y en los hijos de sus hijos, historias de Nancy Huston.

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Lecciones de abstinencia

Lecciones de abstinencia
Tom Perrotta – Salamandra

En la América de Bush, los fondos federales financian programas de educación sexual en los colegios que recomiendan la abstinencia y la virginidad hasta el matrimonio y consideran la homsexualidad una enfermedad del espíritu que Dios puede curar. En este entorno tan local y americano, los maravillosos personajes de la novela nos introducen en sus vidas, que son las nuestras. Una profesora divorciada que lucha contra el extremismo religioso y su entrada en las aulas y las mentes de niños; un exmúsico exdrogadicto, extodo, salvado por un pastos incendiario y el mensaje divino. Y alrededro de ellos, adolescentes confusos que buscan en adultos igual de confusos una guía para crecer. Una historia fantástica contada por un escritor a quien en algunos comparan con Chéjov, y que desde luego tiene mucho de Ford, Updike, … Os al recomiendo … la novela, ¡no la abstinencia!

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La soledad de los números primos

La soledad de los números primos
Paolo Giordano – Salamandra

Creo que es verdad lo que ha dicho el autor en alguna entrevista y que todos tenemos algo de número primo. Todos alguna vez nos hemos sentido solos, completamente perdidos intentando encajar en las circunstancias como un circulo de madera en la hendidura triangular de un puzzle muy simple; aislados de los demás por una fina capa de película transparente, como la que conserva el olor y el sabor de los alimentos. Nadie puede probarte.
Los fantasmas de esta novela son de carne y hueso y se sienten siempre solos, especialmente cuando están acompañados. Deambulan en un perímetro muy pequeño porque están encandenados a un pasado que dilata el presente y vuelve el futuro inalcanzable e insípido.
La novela está hecha a base de pequeños detalles que son al mismo tiempo la envoltura y el fundamento de los personajes; dónde fijan la vista, qué pensamiento tienen asociado a cierto objeto, sus manías. Y a medida que pasamos las páginas sentimos que les conocemos con una extraña familiaridad.
Hay una historia de amor muy triste, carente casi por completo de dramatismo. Un amor seco del que no brotan las lágrimas (el dramatismo es todo mío) y que es, sin embargo, un amor romántico.
Y no hay moraleja. El resultado es incomprensible y predecible al mismo tiempo, exactamente igual que la infinita progresión de números primos. Adictiva. Paula

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