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Isaiah Berlin. Una vida

Isaiah Berlin. Una vida
Michael Ignatieff – Taurus

Pearl Harbor
. Estaba en Nueva York destinado como funcionario del Ministerio de Información británico. Mi trabajo consistía en aportar a los periodistas americanos y demás datos sobre el esfuerzo bélico inglés. Ese domingo almorcé en un hotel en Lexington Avenue, y tomé un taxi de regreso al Centro Rockefeller, donde estaba mi oficina. El taxista me informó sobre Pearl Harbor. No puedo negar que, tras el shock inicial, me sentí entusiasmado. [Ya] no había duda sobre qué bando ganaría la guerra. Al llegar a la oficina, me encontré a una colega inglesa escribiendo a un americano que había sido voluntario en la aviación británica y había caído prisionero en Alemania, y justo en el momento en que estaba a punto de compartir mi entusiasmo con ella, comprobé que lloraba. […] Ella había creído, como Roosevelt, que América podía ganar la guerra sin entrar en [combate], y pensar en las pérdidas que Estados Unidos iba a sufrir la angustiaba profundamente. Hice lo que pude por convencerla de que compartía sus sentimientos, pero no era sincero del todo. La dejé para ver a mi jefe, que estaba exultante, como […] casi todos los británicos que vivían en América.

Crisis de los misiles. Era profesor visitante en Harvard […]. Escuché las noticias por la radio en compañía de un gran número de estudiantes que se habían congregado en una de las salas de la Universidad. Los estudiantes, al igual que uno o dos profesores, estaban muy deprimidos. La guerra les parecía inevitable y, con ella, la utilización de armas nucleares y los horrores más inimaginables. Yo estaba convencido de que la Unión Soviética no se arriesgaría a una guerra global, que no había nada que temer, excepto algún acto de un loco en el poder, y que ni Kennedy ni Kruschev estaban locos […]. Salí a cenar con un químico francés y dos o tres historiadores americanos e intenté convencerles de que no había ningún motivo para inquietarse y mucho menos desesperar; que el único problema era lograr que los rusos no sintieran que estaban cediendo demasiado y brindarles la posibilidad de una retirada digna. Poco después, me di cuenta de que mi enfoque era totalmente erróneo, que el destino de la humanidad pendía de un hilo, que la posibilidad de una guerra global era mucho mayor de lo que cualquiera con autoridad en los Estados Unidos estaba dispuesto a admitir. Permanecí en mi propio paraíso de los tontos durante otros cuatro días, fui visto […] como un poco trastornado, como sin duda debí de estar. Mis amigos parecían preocupados por mi equilibrio mental.

Debo subrayar que estaba […] en una cena de despedida al señor Charles Bohlen, quien había sido nombrado embajador de Estados Unidos en París; una cena a la que asistieron el presidente Kennedy y su esposa. Ese fue el día en el que las fotografías de las bases de misiles rusos en Cuba fueron mostradas al presidente. Se comportó con mucha sangre fría durante la cena, habló sobre política y las noticias del día de una forma (aparentemente) ligera, y en un tono más serio cuando las señoras se levantaron y él salió al jardín, donde comentó con Charles Bohlen, y solo con él, la situación tan crítica. Pero como ninguno de los presentes sabíamos lo que había ocurrido, nuestro estado de ánimo no se vio afectado. La crisis, en lo que respecta al público, solo estalló después de que volviera a Harvard.

Asesinato de JFK. El 22 de noviembre de 1963 llegué a la Universidad de Sussex para dar una conferencia sobre Maquiavelo. […] Caminaba hacia la sala de conferencias cuando alguien me preguntó: «¿No es terrible?». Pensé ingenuamente que quería decir que era una cosa terrible el tener que ir a dar una conferencia, ya que él sabía, como el resto de mis amigos, la agonía que sufro cada vez que tengo que hablar en público […]. Por lo tanto, dije: «Sí, me siento fatal, pero supongo que tendré que pasar por ello». Unos minutos más tarde, otra persona me comentó: «Son noticias terribles». Me di cuenta de que algo había pasado y me enteré de que el presidente Kennedy había sido asesinado.

Me resultó imposible continuar caminando. La última vez que me pasó esto fue cuando leí la noticia de la muerte del presidente Roosevelt, en 1945. […] No me sentí tan violento cuando me enteré de la muerte de Kennedy, pero él también, con todos sus errores, fue un libertador y un héroe […]. Rogué que me dejaran un intervalo de un cuarto de hora más o menos antes de comenzar mi conferencia. Bebí dos vasos de agua fría, entré en la sala y di mi conferencia con toda normalidad. Estas dos muertes […] fueron los momentos más oscuros de mi vida. […]

Guerra de los Seis Días. Durante la Guerra de los Seis Días estaba en Londres. Como muchos otros hombres y mujeres decentes, y particularmente por supuesto mis compañeros judíos, me sentí desesperadamente preocupado por la supervivencia del Estado de Israel. No tenía duda de que Nasser no habría proclamado la Guerra Santa, y sus hombres no habrían hablado de tirar a los judíos al mar o arrasar sus pueblos, sin asegurarse de que tenían suficiente apoyo militar para derrotar a los israelíes. […] Daba la impresión de que sería una guerra de exterminio, un segundo Holocausto. El hecho de que ningún otro país ni tampoco las Naciones Unidas levantaran un dedo para ayudar a los israelíes era muy mala señal. Escuché la noticia de la victoria israelí después de una cena con el embajador americano en Londres. Los políticos británicos y americanos presentes expresaron alivio por el resultado. Sentí un entusiasmo irreprimible y dije a mi vecino, el editor de un conocido periódico: «Después de todo, hay un Dios en el Cielo». […] Momentos como este no pueden durar, aunque algunas veces, si uno tiene suerte, vuelven.